Pedro Susz: “(El cierre del ministerio) daña a toda la colectividad boliviana”

El cineasta y miembro del movimiento “Para seguir sembrando, para seguir soñando” recalcó que la cultura no es un gasto, sino una inversión cuyos réditos colectivos se encuentran garantizados.
jueves, 11 de junio de 2020 · 00:04

Paz Monasterios  / La Paz

En la década de los años 90 surgió un movimiento denominado “Para seguir sembrando, para seguir soñando”, a través del cual varios artistas crearon un manifiesto que demandaba acciones concretas en favor de las culturas.  Cuando transcurre una semana de anunciarse el desmembramiento del Ministerio de Culturas y Turismo, el cineasta y actual miembro del Concejo Municipal de La Paz  Pedro Susz retoma varios puntos de dicho manifiesto y advierte  que la reducción es perjudicial para la sociedad en su conjunto.

 Susz es parte de la administración del alcalde Luis Revilla, aliado político de la presidenta Jeanine Añez.

 ¿Qué aspectos componen la cultura de un país?

Desdiciendo el obsoleto lugar común, que sabemos o debiéramos saber, es el lugar donde la zoncera se convierte en argumento de autoridad. Las culturas, así en plural, distan mucho de ser el sinónimo reductivo de  las bellas artes. Las mismas constituyen desde luego una de las manifestaciones de las culturas, pero éstas abarcan la totalidad de creencias, creaciones, visiones, intervenciones sobre el entorno y maneras de relacionarse con los otros. Son, en definitiva, la expresión de las diversas  cosmovisiones relativas al pasado, presente y futuro de una comunidad.  Por ello, la idea jerarquizante, ese otro lugar común de acuerdo al cual existe una cultura superior y lo demás son manifestaciones folklóricas, costumbrismo, exotismo o lo que se les quiera llamar, debe de igual  manera desecharse por prejuiciosa, racista, excluyente y perimida.

¿Por qué se debe invertir en ella?

Resulta de igual manera imperativo desembarazarse muy rápido de otra tontería de acuerdo a la cual el dinero destinado al fomento, al crecimiento, cultural -en el caso nuestro sobre todo al fomento del diálogo intercultural, vista la riqueza de los diversos afluentes que irrigan nuestra identidad- debe contabilizarse en la partida de gastos, en lugar de considerarlo una inversión fundamental para el tejido de la identidad todavía en proceso de tramado. Me atrevo a sostener sin duda que se trata de la única inversión cuyos réditos colectivos se encuentran garantizados por su contribución al desentrañamiento de quiénes somos y queremos ser, de nuestro lugar en el mundo, indescifrable si nos limitamos al mimetismo consumista promovido por la cultura entendida en tanto comercio o negocio.

A propósito de lo dicho me permito recordar que la primera línea del Artículo 1 de la “Agenda 21 de la cultura. Un compromiso de las ciudades y los gobiernos locales para el desarrollo cultural” aprobada el 8 de mayo de 2004 en el marco del Foro Universal de las Culturas reunido en Barcelona afirma “La diversidad cultural es el principal patrimonio de la humanidad”. De modo que no me atribuyo la invención del agua tibia.

¿Por qué es importante su institucionalización?

Por el simple hecho de que una materia a tal punto esencial para el  tejido a medio hacer de la identidad nacional así como  para la construcción de un mejor destino colectivo sustentado en la inclusión, la igualdad, la democracia participativa y para el diseño autónomo de un futuro soberano, con verdadera calidad de vida para todos(as) no puede quedar librado al capricho, la buena o mala voluntad política, la improvisación, ni al buen saber y entender de alguna autoridad de paso. Se trata de instalar en la agenda pública políticas permanentes, sostenibles, participativamente elaboradas para el fomento de las culturas y las artes, la preservación y valorización del patrimonio –vale decir de la memoria-, etc.

En este punto me permito traer a colación una consigna echada a rodar en marzo de 1997 por el Manifiesto público del movimiento Para seguir sembrando, para seguir soñando, decía: “la cultura es siembra no fuego fatuo, tejido paciente no espectáculo efímero”.

¿Qué consecuencias trae el cierre del Ministerio de Culturas? 

Por todo lo apuntado antes, las consecuencias de eso que pareciera una medida burocrática de racionalización del gasto, son enormemente dañinas y desde luego no afectan sólo a los artistas. Dañan a toda la colectividad boliviana, amén de representar una vuelta a los tiempos cuando la sordera pertinaz de los administradores de la cosa pública, aferrados a los lugares comunes de igual manera ya comentados, comulgaban con el aberrante criterio de que antes de “gastar” dinero en este rubro había  cosas más urgentes que atender haciéndose los desentendidos de la obvia importancia de saber colectivamente a dónde queremos ir, qué elegimos ser, precisiones sin las cuales los programas de “desarrollo” no dejan de ser malas copias o imposiciones de modelos ajenos. 

¿Qué medidas considera que se deben tomar a corto plazo para mejorar la situación  del sector?

Suponiendo que fuese un “sector”, en principio debiera borrarse con los dos codos y algo más la pifiada decisión del desmantelamiento del Ministerio de Culturas. Sería de igual manera preciso poner a la cabeza del mismo  a alguien con las competencias debidas, y no me refiero a títulos académicos u otros blasones equívocos, me refiero a sensibilidad, conocimiento de lo avanzado -aquí y en el mundo- en la materia, capacidad de interlocución y claridad de ideas para diseñar y defender políticas de corto, mediano y largo plazo en la materia.

En un plano más coyuntural deben pagarse de inmediato los premios de los concursos que el  ministerio auspició, amén de establecer un programa transitorio de ayuda a creadores, gestores culturales, artesanos y todos los(as) involucrados(as) en el tema, sean individuos, entidades, organizaciones, etc.

 

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