Historias de la ciudad a través de ojos paceños

Cerca de 400 obras participaron en la primera edición de este concurso de escritura organizado por Hierro Brothers.
miércoles, 15 de julio de 2020 · 00:04

Página Siete  / La Paz

La primera edición del La Paz Flash Fiction 2020 llegó a su fin y las tres historias que mejor representan el espíritu de la sede de Gobierno fueron elegidas: De barbas y ajíes, de María Soledad Fernández Murillo; El vuelo, de Hermes pico verde, y Momento azul, de Cesárea Tinajero. 

Esta iniciativa, que surgió de Hierro Brothers —fundadores de The Writers Coffee— con el objetivo de “contribuir a la creación y rescate de nuevas expresiones literarias”, superó las expectativas de los propios organizadores. En total fueron 396 las obras presentadas que repasaron la jerga, la gastronomía, los personajes y las tradiciones paceñas, pocas semanas antes de cumplir 211 años desde el grito libertario en la ciudad de La Paz.

“La Paz es el meollo del sincretismo más resguardado de Latinoamérica, es la más ecléctica del continente”, describió Boris Alarcón, representante de Hierro Brothers. “Creo que a través de este concurso hemos despertado a muchos Candias, muchos Tamayos y a muchas Zamudios. Eso es lo que queríamos”, destacó.

El jurado de la  competencia  fue elegido entre muchas personalidades internacionales y nacionales del mundo del turismo, mediático y literario, y    estuvo conformado por el escritor y periodista inglés Chris Moss, la fundadora y consejera delegada de la operadora turística Bolivia Milenaria  Janette Simbrón  y el director creativo y maestro licoristas de Gin La República, Joan Carbó.

 A la hora de elegir a los ganadores se tomaron en cuenta  varios aspectos, como  la coherencia de los textos, el estilo, la originalidad, la creatividad, la viveza criolla y otros aspectos técnicos.

De barbas y ajíes, la historia que se lleva el primer premio, fue descrito por Chris Moss como una ficción que “nos guía a un confín más local, más autóctono”. “Como periodista y amador de ciudades siempre trato de buscar pequeños secretos, cuentos escondidos, detalles olvidados y el texto ganador es un buen ejemplo de eso. Un escritor que descubre los mitos íntimos de La Paz”, apuntó.

 

 Primer lugar - Tecla TWC CHUQUIAGO 
 Autor:   María Soledad Fernández Murillo  

 De barbas y ajíes

A inicios del siglo XX en La Paz la barba en los varones era concebida como “una cosa poco noble”, tan importante era el afeitado que la leve sombra producida por la barba renaciente era el signo inequívoco del descuido en materia de aseo o, peor aún, falta de urbanidad. La moda indicaba que los caballeros debían recortarla al ras para mostrar su simpatía con la modernidad puritana o bien podían optar por mantener mostachos y patillas finamente recortadas para emular simbólicamente a los dandys europeos.

Dos barberos se batían a duelo diaramente por los favores de los caballeros paceños: Don Juan Álvarez de la calle Ayacucho y Don Bonifacio Arbors de la calle Mercado. El primero se destacaba por su ritual de la toalla caliente, que permitía aflojar los vellos más encarnados y abrir los poros más cerrados sin rostizar al cliente. Mientras que el segundo ofrecía aceites de leche para suavizar la piel y flores de habas para quitar manchas de la piel recién afeitada.

Sin embargo, un tercer fígaro femenino disputaba las atenciones de los barbudos caballeros desde una popular picantería localizada en el Choro de Santa Bárbara, encrucijada donde se unían las calles de Frías, Bueno, Illimani y Ballivian. La barbera, conocida como Anastacia Villamontes, era viuda de un reconocido abogado del presidente Campero, apodado el Ayrampu, por tener la perilla similar a las espinas de los cactus que crecían camino a Taguapalca. A fuerza de compartir el lecho con una tuna viviente, que disfrutaba de recorrer sus carnes frotando sádicamente su menton contra su piel, Anastacia había desarrollado una habilidad para suavizar y recortar vellos.

El secreto de su arte empezaba con someter a los clientes a un sauna hechos con los vapores de las ollas hirvientes de su comida. Luego, les servía un picante, tan picante que los clientes comenzaban a traspirar a tal punto de escurrirse entre sus ropas. Finalmente cuando el sudor era evidente y la lengua asomaba sinvergüenza por la boca, los rescostaba entre sus faldas y con una cuchilla diestramente afilada, rebanaba las cerdas de sus las caras. El resultado era inigualable, la piel quedaba lisa y el estómago satisfecho.

La fama de la afeitadora era tanta que sobre y bajo sus faldas cayeron conocidos barbudos burócratas, pero también uno que otro lampiño que sólo quería probar los picantes. Una tarde de agosto cuando descargaban las chipas de ajies de Chuquisaca en las puertas del local, una mula despistada pateó el rostro de la sin igual rasuradora, enviándola a un viaje sin retorno. La conmoción por su muerte se escurrió como el sudor de sus hervidos y llegó a las barberías de las calles Mercado y Ayacucho, donde se instauró, en honor a la difunta, el servicio de “rasurado con picante”. Este beneficio incluía un pequeño aperitivo de picante de pollo o res antes del afeitado, que aunque traía a la memoria del cliente el gusto al picante, nunca pudo lograr el sudor necesario para ablandar una barba.

Segundo lugar - Tecla TWC ILLIMANI 
  Autor:  Hermes pico verde (pseudónimo)

 El vuelo

Era la primera vez después de mucho tiempo que se encontraba en ese lugar, como en los sueños juveniles, pero sin el azul inmaculado. Las barandas amarillas se sentían como suyas, ajenas a la historia que tuvo lejos de ellas, cruzando el mar. Sus manos se enfriaron rápidamente con el contacto del metal, y junto al viento implacable de esa tarde, le recordaron que efectivamente, había regresado a su ciudad.

Miró con serenidad una vez más sobre su hombro y notó pocas personas que transitaban por allí. Esto se juró a sí mismo y ahora descubre con alegría que es verdad. Algunas cosas nunca cambian. Esperó a que las últimas dos personas se alejaran a una distancia considerable y empezó a moverse. Sus rodillas entumecidas le reclamaron la acción que otrora no les costaría tanto, pero que ahora resienten cada una de sus decisiones.

Sorprendido con un ímpetu que creía perdido, se vio a sí mismo parado sobre la barandilla, erguido e imponente, con los brazos extendidos cual ave que se entera que domina el aire. Escucha algunos gritos ahogados en el fondo, voces desesperadas que pretenden disuadirlo de su intención. Antes de que puedan hacer algo, él ya está en caída libre.

Ahora recuerda: en otras ciudades, países y continentes, esto era algo que no podía hacer. Le tomó 40 años entender que el viento no es el mismo en todo el mundo, y que no podría repetir sus aventuras en otra que no fuera La Paz. 

Como en sus recorridos oníricos, un vigor increíble toma su cuerpo. Casi ni duele cuando se transfigura. Se han ido el dolor y la visión borrosa. Ahora puede ver como nunca, cómo el Puente de las Américas se queda atrás, junto a Miraflores y su avenida interminable. Sus alas se alzan majestuosas entre los edificios que él desconoce. Cuando pasa por encima de Sopocachi, vislumbra las plazas que se han mantenido fieles a lo que recordaba, al igual que algunas casas que no han sido arrancadas por edificios grises.

Antes de lo que esperaba, está sobrevolando Obrajes y sus tejados coloridos. Para él la ciudad termina ahí, no tiene tiempo de ver cómo ha crecido su amada.

Ahora su único objetivo es llegar a donde debió ir desde el principio, su propia tierra prometida.

El gigante lo recibe con los brazos abiertos, mientras su poncho blanco ondea impetuoso. La tarde lo ha teñido de un naranja rosáceo. Sonríe.

Está en casa; esa noche dormirá por fin en la nieve que sus sueños le prometieron, abrazaría con su plumaje como en los viejos tiempos.

 

Tercer lugar - Tecla TWC RAZA DE BRONZE
  Autor:  Cesárea Tinajero (pseudónimo)

 Momento azul 

Sus ojos todavía brillaban. Estaban de vuelta en El Prado, él invitándole a comer y ella diciendo que sí, como si no hubieran pasado veinte años, ni matrimonios, ni hijos de cada uno por separado.

Atardecía en La Paz y comenzaba el frío, avanzaron caminando calle arriba como lo habían hecho tantas veces. Era la hora de la salida de las oficinas y la gente se volcaba sobre las calles para regresar a sus casas, caminaban de prisa como un gran hormiguero alborotado. Ni abrigos ni guantes ocultaban la vitalidad de la ciudad.

—Vamos por aquí —dijo ella y tomaron una calle perpendicular. Caminaron un par de cuadras y desde la esquina vieron al este. A lo lejos la montaña nevada, visible desde el corazón mismo de la ciudad con la luna a un costado queriendo alcanzar el sol que ya se escondía por el oeste.

Solían tener un ritual, se juntaban en esa esquina y antes que nada, iban a comer.

—Ya estamos viejos para esto —dijo él sonriendo.

Ella soltó una carcajada y lo tomó del brazo, ambos temblaban más de emoción que de frío. Retomaron El Prado hasta San Francisco y comenzaron la verdadera subida.

El comercio en las calles parecían las entrañas de un ser gigante. Tiendas, casetas y sobre todo esos toldos azules, pasillos de la memoria que parecían túneles al pasado.

Se movían entre la gente y los puestos como si todo eso fuera agua y ellos peces abriéndose camino. Ninguno de los dos hablaba, temían que al decirse algo se quebrara esa fascinación de acuario.

Por fin llegaron al lugar, entraron por el pasillo estrecho. El aroma de la trucha frita inundaba el lugar.

—Aquí es —dijo ella

Y el asintió. Se paró un segundo a reconocer el sitio. La casera era un hombre sonriente con cofia blanca que hablaba con voz feliz y vibrante invitando a los clientes.

—Sentate papito corazón, de cuanto quieres —dijo con su voz aflautada. Era la reina del lugar, la diva de los pescados. 

Carachi, Mauri, Trucha, Pejerrey, nombres de peces que no habían olvidado. El plato era una fiesta, la cama de mote blanco estaba coronada por el pescado frito, rodeada de papas pequeñas, chuño y caya.

Él tomó la caya con el índice y el pulgar y se la mostró como si encontrara una gema que ambos habían visto antes pero que solo ahora recordaban.

Ya no importaba que ambos se iban de la ciudad al día siguiente, que tal vez pasarían otros veinte años hasta que volvieran a verse. En esas calles, en esos sabores, estarían ellos para siempre.

 

Mensaje de Raúl Garáfulic, Presidente del directorio de Página Siete

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