Gabo y Gaba

lunes, 17 de agosto de 2020 · 00:03

Alfonso Gumucio Dagron

El texto que sigue lo escribí pocos días después de la muerte de Gabriel García Márquez, y estaba seguro de que lo había publicado en alguna parte, pero parece que se quedó, como tantos otros, en el archivo de los recuerdos (y de los olvidos).

Ahora es el momento de publicarlo, porque este sábado 15 de agosto falleció en México la Gaba, Mercedes Barcha, la compañera de uno de los escritores más queridos de América Latina. Digo bien “querido”, porque más allá de su obra enorme, Gabo era, como Julio Cortázar, uno de esos seres humanos de los que uno se enamora instantáneamente. 

Así va este texto, con algunas variantes, que rescaté en el arcón de los secretos: 

Ahora que ya pasó el tsunami de homenajes póstumos a Gabriel García Márquez, quiero decir un poco de lo mucho que significó para mí su existencia y sus obras. Cada quien tiene su Gabo, hay un Gabo para todos, nos permite apropiarnos de él, tanto de su obra como del personaje.

Y quiero hablar también de la Gaba, que fue según el propio Gabo lo más importante que le pasó en la vida: Mercedes Barcha, la mujer sin la cual García Márquez no sería lo que fue ni como persona ni en la literatura. 

En una carta de 1950 que Gabo escribió a su amigo Francisco Padilla antes de casarse con Mercedes Barcha, estaba este hermoso párrafo: “La tengo aquí, atravesada como un venablo en la bomba circulatoria, en una terrible cosa entre tiempo y espacio, viento y marea, que no sé si sea amor o muerte. De todos modos, es algo tan tenebroso que no habrá más remedio que disolverlo en una buena pócima matrimonial, con cucharaditas suministradas tres veces al día, hasta la hora de la muerte, amén”. 

Me remonto a la década de 1960, cuando éramos jóvenes con pretensiones de escribir, ávidos lectores en cualquier caso, todavía no deformados por la televisión que iba a aparecer recién en Bolivia a fines de esa década. 

Esperábamos como una revelación mística cada obra de los escritores del “boom” de la literatura latinoamericana. Cada libro nuevo de García Márquez, de Cortázar, de Carlos Fuentes y de Vargas Llosa lo adquiríamos y lo compartíamos con algarabía, pero también las novelas y los cuentos de Guimarães Rosa, de Alejo Carpentier, y otros que aprendimos a querer como si fueran hermanos mayores.

Para alguien que a sus diez años se leyó la colección completa de novelas de Agatha Christie, descubrir durante la década de 1960 El coronel no tiene quien le escriba (1961), La mala hora (1962) o Los funerales de la mama grande (1962) de García Márquez constituía un inmenso placer. Recibíamos cada libro de “los nuestros” con genuino entusiasmo: Todos los fuegos el fuego (1966) de Cortázar, las novelas de Vargas Llosa de esa década, La ciudad y los perros (1963) o La casa verde (1966), y la narrativa de Carlos Fuentes con Aura (1962), Cantar de ciegos (1964), Zona sagrada (1967) y Cambio de piel (1967). 

En mi caso, sentía la misma excitación cuando salía un nuevo disco de The Beatles, precisamente en esos mismos años.  Qué gran década para la literatura y para la música. 

Tener la primera edición de esos libros era como adquirir un tesoro, y no por el valor, insospechado entonces, que tienen hoy esas ediciones, sino por la fortuna que sentíamos de poder contarnos entre los primeros lectores de libros que tantas generaciones han venerado después. 

Solíamos reunirnos con Jaime Nisttahuz, Manuel Vargas y Pedro Shimose (unos años mayor que nosotros), en la trastienda de la Librería y Editorial Difusión, que tenía en la avenida Mariscal Santa Cruz nuestro querido Jorge Catalano, a quien le debe tanto la literatura de Bolivia. 

Cuando en 1967 se produjo la explosión deslumbrante de Cien años de soledad sus chipas nos llovieron como un regalo de los dioses. Sentimos tanta alegría estética y entusiasmo literario como el que habíamos sentido cuando cuatro año antes, en 1963, nos llegó Rayuela, de Julio Cortázar, una obra que no tenía comparación con ninguna otra en la literatura latinoamericana. Teníamos la primera edición (las mías desaparecieron entre exilios y asaltos) de esas grandes obras que nos deleitaban y nos desafiaban.

Puedo decir que mi generación mamó de la teta literaria de esos grandes escritores que no solamente nos hicieron gozar la literatura, sino que nos abrieron los ojos sobre la realidad de nuestra región. 

A Gabo lo vi varias veces en Cuba, casi siempre en diciembre cuando aparecía con o sin Fidel en las actividades desarrolladas alrededor del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Muy pocas de esas muchas veces tuve oportunidad de saludarlo, aunque cuando lo hice siempre se mostró amable y cordial, a diferencia de otros (Benedetti, por ejemplo).

Una de sus últimas apariciones públicas fue la noche que se inauguró el Museo Soumaya, un evento al que solamente se podía entrar con invitación (sobre el que escribí una nota para la DPA). Allí estuvo Gabo con Mercedes, junto a Larry King y cerca del anfitrión y dueño del museo, Carlos Slim.  

La última vez que vi a Gabo fue con Gaba, y eso me parece importante decirlo. Gaba me invitó a su casa en el No. 144 de la calle Fuego en el Pedregal de San Ángel, una calle estrecha, larga y tranquila a pesar de encontrarse a espaldas muy cerca del Estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria de la UNAM. 

Era una mañana soleada a fines de enero de 2013, que compartimos con Jaime Muñoz Baena, amigo de Gabo y Gaba. No era la primera vez que visitaba a Mercedes, pero en las anteriores Gabo no se había dejado ver. 

Luego de conversar con Jaime y Mercedes, apareció Gabo que acababa de desayunar y se sentó junto a nosotros luego de preguntarme de dónde era yo. No olvidaré lo que me dijo cuando le comenté que era boliviano: “Aahh, menos mal”.  Nunca supe que quiso decir con eso.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta 

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