Tiempo de adolescer

domingo, 28 de noviembre de 2021 · 05:00

Alfonso Gumucio Dagron

Aunque la mayoría de los diccionarios solamente registra el verbo “adolecer”, otros reconocen “adolescer”, con “s”, como el verbo de las transiciones. No tendría sentido la palabra adolescente sin un verbo que la respalde y que no signifique enfermedad o carencia, como es el caso de “adolecer”, sino transición y tránsito de la inocencia a la madurez física y espiritual. Por ello prefiero usar “adolescer” aunque me digan que no existe.

Adolescer significa un desgajamiento del ámbito familiar en el proceso de crecer hacia otro estado. Así lo entiende la psicoanalista argentina Cristina María Calcagnini cuando habla de “oscuras transiciones” de la pubertad, una metamorfosis que no solo tiene la felicidad del descubrimiento, sino que se asemeja a una cuerda de equilibrista sin red, donde abajo espera el suicidio y al frente está la posibilidad de llegar a la edad adulta con dolor, pero con esperanza.

La película “98 segundos sin sombra” (2021, 94 minutos), título dotado del misterio de la poesía, es precisamente un retrato de adolescencia en el sentido de tránsito hacia una etapa de la vida en la que las responsabilidades individuales se conjugan con los cambios del cuerpo y con las circunstancias de la independencia personal.

El largometraje más reciente de Juan Pablo Richter es una propuesta temática diferente en el cine boliviano de años recientes, bien nutrido de películas sobre las dictaduras militares (“Cuando los hombres quedan solos”, “La casa del sur” o “El novio de la muerte”) o sobre la guerra del Chaco (“Boquerón”, “Fuertes”, “Chaco” o “Tres pasos al frente”). En el panorama del cine reciente de Bolivia, la obra de Richter destaca porque no se deja llevar por ninguna corriente, es una expresión propia y renovadora.

“98 segundos sin sombra” se construye a partir de una novela de Giovanna Rivero, y por lo tanto ofrece una calidad literaria y testimonial muchas veces ausente en películas donde los diálogos parecen de relleno, como si los silencios fueran temidos. En este caso hay silencios y hay tiempos para los diálogos y sobre todo para los monólogos del personaje principal, la joven Genoveva Bravo (Irán Zeitun), adolescente que vive una peculiar situación familiar en el “culo del mundo” (“shithole”) un pueblo en algún lugar del oriente de Bolivia.

El tiempo está en el título y está en cada minuto de la obra. Es a la vez un leit motiv argumental y una manera de hacerlo transcurrir, de una vez, para llegar a otro estado. El juego de Genoveva consiste en medir desde su mundo interior los segundos de las acciones en el mundo exterior. “Cuento los segundos importantes, segundos en los que sucede o va sucediendo un cambio radical”, dice el personaje protagonista en el plano de apertura del filme.

Su medición de los segundos es también un tiempo de reflexión, un tiempo secreto que solamente comparte con dos o tres personas, ni siquiera con su padre y su madre, extraviados en circunstancias personales que los agobian y que no pudieron resolver. De alguna manera ambos siguen encerrados en una adolescencia no resuelta, algo que Genoveva está determinada a no repetir.

La familia de Genoveva es disfuncional desde donde se mire: la madre (Patricia García) está sumida en un transe místico casi permanente, incluso cuando tiene que atender a Nacho, su hijo recién nacido y repudiado por el padre (Fernando Arze), que pasa sus noches en bares y parece estar implicado en el tráfico de cocaína. Aunque no me parece un personaje que incida realmente en la historia, tanto la madre como Genoveva acuden a la casa/templo del “maestro” Hernán, un joven que posa como guía espiritual con un aire de misterio que seduce a las mujeres.

No solo la familia es disfuncional, sino el pueblo donde reina el machismo, la violencia sexual, y la corrupción que nace del narcotráfico. El colegio de monjas no constituye un espacio libre de presiones: los profesores abusan sexualmente de las adolescentes, el bullying entre estudiantes es moneda cotidiana, y las monjas actúan con hipocresía imponiendo una disciplina absurda e ineficiente.

La obra describe en primera persona, con mucha profundidad y a la vez sin dramatismo exacerbado, la vida adolescente de Genoveva y sus amigas del colegio. Cada una de ellas tiene una vida interior compleja, que adivinamos a través de las excelentes interpretaciones que ofrecen las actrices, pero solo podemos penetrar en la intimidad de la protagonista. La realidad que le ha tocado vivir a Genoveva la obliga a refugiarse en un mundo de fantasía que comparte con una amiga íntima y la abuela Clarita (Geraldine Chaplin), dependiente de un tubo de oxígeno probablemente luego de una larga trayectoria como fumadora.

La obra retrata my bien la amistad y la solidaridad entre mujeres adolescentes que comparten problemas y valores. Sin recurrir a la violencia explícita, ni en el lenguaje ni en la imagen, el relato aborda temas tan vitales como el acoso sexual, la anorexia o el tráfico de drogas.

La solidaridad entre adolescentes es un refugio, una cueva para aislarse de una sociedad hostil. Inés (Florencia Ramírez), anoréxica, la mejor amiga de Genoveva, y Vacaflor (Luciana Carrasco), embarazada por el profesor de historia, comparten ese escudo defensivo, y lo hacen también con su imaginación. La obra incluye pinceladas de poesía tejida con la realidad, como el cometa que cruza la noche que nace Nacho, hermano de Genoveva, repudiado por su padre y no deseado por su madre.

La interpretación de Irán Zeitun es estupenda, muy madura como actriz, a tal punto que a su lado los personajes de la madre, el padre y la abuela parecen caricaturas. Supongo que el director quiso rodearse de actores conocidos para promocionar mejor su obra, pero en términos dramáticos no tiene mucho sentido la presencia de Fernando Arze, Patty García y Geraldine Chaplin en papeles secundarios bastante planos, que distraen de la joven protagonista. No se explora el potencial de Arze o García, y Geraldine Chaplin queda para el anecdotario de que ha actuado en dos películas bolivianas.

Es inevitable establecer relaciones con otras obras que hablan desde la perspectiva de mujeres adolescentes. Pienso en “Noche de fuego” de Tatiana Huezo (aunque el ámbito en que se desarrolla es muy diferente), y “Las niñas” de Pilar Palomero, con la que tiene varios puntos de conexión, para no mencionar sino dos obras recientes y excelentes, de México y España respectivamente.

“98 segundos sin sombra” cuenta con una banda sonora muy cuidadosa, enriquecida por once composiciones de Gabriel Lema (dos son canciones), creador versátil, cuya música apoya de manera incidental muchas escenas de la obra, sin buscar protagonismo propio y sin distraer al espectador de la pantalla.

 

@AlfonsoGumucio  es escritor y cineasta

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