Cine, pandemia y otros dramas

domingo, 26 de diciembre de 2021 · 05:00

Alfonso Gumucio Dagron

Luego de la accidentada edición No. 26 –que tuvo lugar en Madrid en enero de 2021, con tropiezos pandémicos y en medio de una intensa nevada– los organizadores de la edición 27ª del Premio José María Forqué decidieron adelantar unas semanas la premiación de 2022, que se realizó (también en la capital española) el sábado 11 de diciembre pasado.  Como se sabe, la importancia de estos premios cinematográficos radica en que son la alfombra roja o la antesala de los Premios Platino y sobre todo de los Goya, el equivalente español del Óscar. Es más, la película más nominada a los premios españoles tiene mejores posibilidades de llegar a la selección de “Mejor Película en Idioma Extranjero” para el Óscar, tal como ha sucedido este año con El buen patrón de Fernando León de Aranoa, que a mi juicio es inferior a Mediterráneo de Marcel Barrena, pero ciertamente más comercial, negocio asegurado.

Noche de fuego

Al igual que en años anteriores, tuve la posibilidad de ver como jurado internacional las películas seleccionadas para optar por el premio al Mejor Largometraje Latinoamericano. Entre las cuatro obras nominadas a esta categoría, le dieron el premio a Noche de fuego (2021, México) de Tatiana Huezo, mi favorita desde que la vi. 

No me equivoqué con Noche de fuego, que narra una historia muy dura, pero muy frecuente en México, país sometido por el narcotráfico, la extorsión, la violencia armada, la explotación de niños, el tráfico de personas y los feminicidios. En los altos de Jalisco, en la comunidad de San Miguel, los niños trabajan en la explotación minera o en los cultivos de amapola y las niñas adolescentes tienen que esconderse para no ser secuestradas y usadas como carne desechable en la trata y tráfico de personas, que generalmente acaba en una muerte violenta. La deshumanización de quienes detentan el poder real en esas comunidades rurales aisladas, es escalofriante. Ninguna película de ciencia ficción con monstruos imaginarios, aliens babosos y otros similares, podría igualar al horror del narcotráfico que sabemos que es real y cotidiano y que no se resuelve con “abrazos”, como prometió en campaña el populista presidente mexicano.

La historia está narrada desde la perspectiva de Ana, una niña a la que su madre le hace cortar el cabello como muchacho, para que los secuestradores no se la lleven. Desde su mirada, vemos la pobreza extrema, la violencia, la incertidumbre, el abandono de las mujeres, la ausencia del padre, los abusos cotidianos, la sexualidad torcida, la falta de esperanza en el horizonte y el miedo de todos a todos. Los militares son tan temidos como los narcotraficantes, ambos mantienen las mismas prácticas, pero los primeros les temen a los segundos: cuando aparecen, los soldados se esconden. A pesar de la inseguridad cotidiana, la educación es importante para las madres, pero los maestros arriesgan su vida cada día en San Miguel y algunos prefieren ya no llegar. Son pueblos sin hombres, pues han migado para trabajar de jornaleros en Estados Unidos y se han desentendido de la mujer y de los hijos que dejaron detrás.  Lo que ha quedado es un silencio cruel que flota en el ambiente, porque no se puede confiar en nadie y el miedo obliga a callar. En medio de ese silencio impuesto, las mujeres aprenden a escuchar, a reconocer sonidos casi imperceptibles para evadir el peligro inminente.

La narrativa de Noche de fuego es potente y todo contribuye a ello: el guion, la dirección, el extraordinario elenco de intérpretes mujeres, la fotografía con claroscuros, la banda sonora y la ambientación: es una obra madura y de enorme valor para estos tiempos de mucha demagogia y poca esperanza.

98 segundos sin sombra

En mi calificación como jurado coloqué en segundo lugar a 98 segundos sin sombra (2021, Bolivia), de Juan Pablo Richter, porque me pareció una obra diferente, que no apela a lugares comunes y a clichés que muchos esperarían del “cine boliviano” for export. Ya publiqué antes mi opinión sobre este filme, por ello no abundaré aquí en consideraciones.

En tercer lugar, puse a Lavaperros (2020, Colombia-Argentina), de Carlos Moreno Herrera, una película sobre narcotraficantes llena de lugares comunes y violencia explícita innecesaria.  Es una obra cruel con veleidades de comedia, dirigida a un sector cada vez más aficionado a la violencia irracional del narcotráfico como distracción. Entre Freddy Kruger y estos personajes tenebrosos no hay más diferencia que el lenguaje popular y la descomposición social. Parece que no hay camino de retorno, el narco está para quedarse y está metido en toda la sociedad, desde los muertos de hambre que matan por cuatro pesos, hasta los reyezuelos de barrio que se sienten muy poderosos cuando decapitan a alguien. Los intentos de darle espesor psicológico a los personajes están medianamente logrados, pero el conjunto termina saturando al espectador: drogas, prostitución, asesinatos, chantaje, pobreza, lugares lúgubres, miseria espiritual… Ciertamente, es un retrato de lo que ocurre, pero no propone nada y, de alguna manera, glorifica a los pistoleros del western narco.

Los lobos

Los lobos (2019, México-USA) de Samuel Kishi Leopo transcurre en Estados Unidos y  es un ejemplo de filme transfronterizo y migrante. Una madre soltera con dos niños migra a Albuquerque, sin dinero, pero con esperanza. Sale a trabajar y deja solos a los niños en un departamento precario donde todo el día pasan pegados a la ventana esperando que regrese la mamá con algo de comida. Hay poca progresión dramática, hasta la mitad del filme no pasa nada fuera del departamento, salvo las escenas de explotación de los latinos en una maquiladora, sobre todo mujeres, y ciertos apuntes sobre la calidad de los migrantes, ya sea latinos como asiáticos.

Esas fueron las cuatro obras preseleccionadas, pero, como en años anteriores, varias otras quedaron fuera de la lista de nominadas para el premio de Mejor Largometraje Latinoamericano (que incluye tanto ficciones como documentales). He visto varias interesantes, incluso mejores que alguna de las nominadas. El acceso a la plataforma VeoForqué, me permitió visionar la mitad de las 25 películas latinoamericanas presentadas este año. Algunas de las que no fueron preseleccionadas merecían estar en esa lista corta que es como el último tramo de una escalera hacia el premio.

Sumergible

En Sumergible (Colombia-Ecuador, 2020) de Alfredo León León, tres narcotraficantes improvisados, esclavos de otros muy poderosos, navegan casi invisibles en un sumergible artesanal que transporta droga desde las costas del pacífico colombiano hacia México. Además de la carga de cocaína, sellada en un compartimiento, descubren que además llevan a dos mujeres jóvenes, una ya muerta. Aunque la historia está inspirada en hechos verídicos, la obra es una parábola del submundo sórdido del narcotráfico: los cuatro personajes son víctimas de un sistema que los sobrepasa y tratan de sobrevivir en condiciones muy precarias a la turbulencia de un mar que acabará con casi todos ellos. Al igual que su existencia miserable, viven enclaustrados en un espacio oscuro y asfixiante del que no pueden escapar. A lo largo del filme, los papeles de cada personaje evolucionan de manera convincente, mientras adquieren espesor sicológico gracias a la profundización en su condición humana: delante de ellos sólo hay la tenue esperanza de sobrevivir. El precario sumergible enfrenta una tormenta eléctrica, sufre desperfectos, incendios, se inunda. Mientras adentro crecen las tensiones, la desconfianza y la violencia, afuera aguardan mafiosos implacables y en el mejor de los casos la ilegalidad en un país que es una trampa gigantesca.

En el terreno de la comedia, me atrajo Charlotte (2021, Paraguay) de Simón Franco, con Ángela Molina (Charlotte) e Ignacio Huang (Lee), personajes interesantes sobre los que descansa la historia. Lee, chino argentino, obsesivo-compulsivo, todo lo clasifica y etiqueta. Es leal a Charlotte, su escudero en las buenas y en las malas, una versión inédita del Quijote y Sancho. Una casa rodante donde la diva pasada en años reposa confortablemente o ensaya un guion, mientras el asistente-escudero se ocupa de resolver todos los asuntos mundanos, es el escenario ideal para una road movie con ingredientes de humor, amistad y esperanza. Charlotte y Lee se comunican por walkie-talkie incluso cuando están muy cerca, ambos en el mismo vehículo. Otros personajes (por ejemplo, una joven boxeadora) ingresan episódicamente en ese mundo donde los dos protagonistas sobreviven gracias a su fantasía y devoción mutua. Lee le cuenta cuentos en chino a Charlotte para que se duerma, ella hace como que lo maltrata, pero en realidad no puede vivir sin él. En su género, una obra sensible e inteligente.

Otra comedia que funciona, aunque cae demasiado en la caricatura, es La teoría de los vidrios rotos (2021) de Diego Fernández Pujol, coproducción entre Argentina, Uruguay y Brasil. Un joven inspector de Santamarta Seguros es asignado a la región 15, ciudad de frontera, lugar completamente alejado de todo, pero que reproduce los personajes de cualquier sociedad donde se imponen poderes fácticos. No falta el político local, Mendizábal, mafioso caricatural con aspiraciones de diputado, la mujer fatal del pueblo, el jefe de Policía siempre burlado, las viejas chismosas y los jóvenes díscolos. Desde su llegada el inspector de seguros enfrenta un desafío que lo obliga a convertirse en investigador y policía improvisado: cada noche incendian en el pueblo un vehículo asegurado. Su tarea será resolver el enigma, que deriva en una maraña de ajustes de cuenta personales. El pueblo “de mala muerte” (lo dice la canción de la película) es de esos donde los forasteros son recibidos con mala cara y hostigados hasta que se van. Un aspecto original del filme es la manera como las canciones que aluden directamente a la historia y al protagonista, Claudio Tapia, se integran en el desarrollo de la trama.

Como la categoría incluye largometrajes documentales, me aventuré en varios interesantes.

A última floresta (2021, Brasil) de Luiz Bolognesi, es un documental sobre los indígenas yanomami que habitan la frontera entre Venezuela y Brasil mucho antes de que existieran ambos países. Los “últimos hijos del bosque” viven aislados en la aldea Watoriki, pero el avance de la mal llamada civilización los obliga a comerciar con forasteros, o a protegerse de ellos mediante rituales (se cubren de pigmento negro) para espantar con arcos y flechas a invasores ávidos de oro. Por lo demás, la comunidad yanomami vive una vida apacible y rechaza la modernidad. Los indígenas cazan y pescan lo esencial para alimentarse, y el tiempo libre lo invierten para socializar en la familia extendida que comparte la armonía de un gran círculo habitacional. El filme no pretende más que mostrar una instantánea en la vida de la tribu, su vida cotidiana al margen de un mundo avasallador, pero todavía distante. Por la cantidad de escenas reconstruidas podía haber sido un filme de ficción con actores naturales, pero entonces no tendría el valor antropológico de la descripción de ritos y mitos: “cuando sueñas, organizas tus pensamientos”, dice uno de los líderes.

En una línea similar, pero de factura más artesanal es Apenas el sol (2020, Paraguay) de Arami Ullón, sobre la comunidad de ayoreos. “La naturaleza nos envía señales de peligro”, es la primera frase del filme que narra el trayecto y proyecto del viejo ayoreo Mateo Sobode Chiqueno para recoger canciones, testimonios y leyendas de ancianos que pueden hablar del pasado. El filme fortalece el proyecto de Mateo de construir un archivo audiovisual sobre los indígenas que están “en medio de dos mundos”, confrontados a la influencia perversa de la religión, de los invasores menonitas y de los ganaderos. “Nos parecemos a un árbol cortado”, dice Mateo a propósito de los incendios forestales y la expansión de la frontera agrícola sobre territorios indígenas. El relato se desarrolla desde la mirada del personaje central, por ello su manera de seccionar la realidad tiene el sentido de rescate de la memoria (para ellos mismos, no para festivales de cine). No hay búsqueda estética en la fotografía o en la edición, este es un filme sencillo y sin pretensiones.

Sergio Larraín: el instante eterno (2021) de Sebastián Moreno es un documental sobre la obra del gran fotógrafo chileno. El manejo del material visual del Larraín es muy creativo: sus fotos, por supuesto, pero también imágenes filmadas en el ámbito familiar desde que era niño, cartas íntimas, entrevistas con las hermanas, los hijos y amigos. De una familia burguesa, culta y amante del arte, la figura paterna era demasiado dominante para Sergio, quien encontró su camino alejándose a Estados Unidos y luego a Francia. Apadrinado por Cartier-Bresson, de quien heredó la paciencia, se convirtió en un excelente fotógrafo, capaz de dar vida (en blanco y negro) a las sombras, contrastes y composiciones más osadas. “Pesca el aire”, solía decir, aludiendo a los espacios entre los personajes y al momento preciso en que debía apretar el obturador.

@AlfonsoGumucio  es escritor y cineasta

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