LABERINTO VISUAL

La huella de Melquiades

Las nuevas generaciones están convencidas de que los buscadores de internet permiten acceder a toda la información acumulada en el mundo, pero eso dista de ser verdad”
domingo, 13 de junio de 2021 · 05:04

Alfonso Gumucio Dagron

Personajes bolivianos de valor (en las dos acepciones principales de la palabra “valor”) pasan desapercibidos durante toda su vida para la mayoría de sus connacionales. Algunos son ignorados dentro de su propio país (“nadie es profeta en su tierra”) y a otros la vida los empujó o los invitó a desarrollar sus capacidades en el exterior. Pienso, por ejemplo, en el profesor Jaime Escalante, o en el poeta Primo Castrillo, para no citar sino dos de muchos ejemplos. 

Otros, desgraciadamente, todavía están por “descubrir”. Son como una isla misteriosa que existe en los mapas, pero nadie la ha visto todavía. Esta doble condición tiene también que ver con nuestras conductas sociales. Por una parte, hay quienes le han puesto una cruz definitiva a Bolivia y nunca quisieron regresar, y otros que han sido “ninguneados” por sus pares, ignorados injustamente, aunque fuera del país hayan descollado. 

Si nuestra memoria dependiera solamente de San Google, estaríamos en graves problemas. Las nuevas generaciones están convencidas de que los buscadores de internet permiten acceder a toda la información acumulada en el mundo, pero eso dista de ser verdad. “Búscalo en Google” es el mantra de los 20 años más recientes, pero la información que arrojan los “motores de búsqueda” no solamente enfatiza el tiempo histórico más inmediato, sino que además representa solo la punta de un iceberg que para ser descubierto en su totalidad requiere de otro tipo de “navegación”: una investigación tradicional, en papel y en vivo.

Hago la anterior reflexión pensando en Melquiades Égido, un nombre que a la mayoría de los bolivianos no le dirá mucho o sonará como un personaje de un cuento de hadas o del realismo mágico, porque las referencias sobre él en internet son tan escasas, que apenas es mencionado de soslayo. De medio centenar de referencias que aparecen al colocar su nombre y apellido entre comillas, más de la mitad son páginas que ya no existen o que en realidad no lo mencionan, aluden a otros. La otra mitad son páginas que repiten la información, consistente en menciones tangenciales en las que aparece dentro de un grupo de nombres como “pintor boliviano” y en alguna incluso como “mexicano”. Lo cierto es que, habiendo nacido en 1925 en Totora, Cochabamba, vivió la mayor parte de su vida en México y murió allí en 2007 a los 82 años de edad. 

Se ha escrito muy poco, casi nada, sobre Melquiades Égido, pero lo que más me molesta es que su existencia haya sido doblemente escamoteada por el destierro y por el olvido. Sin embargo, fue un boliviano que deberíamos rescatar porque tuvo una trayectoria de artista plástico en México, donde trazó un camino propio como ayudante nada menos que de Diego Rivera en el mural “El pueblo en demanda de salud”, que tuve oportunidad de descubrir en el Hospital del Seguro Social de La Raza, en Ciudad de México, un mural magnífico que pocos se detienen a mirar en medio del trajín hospitalario, y cuya visita está vedada para quienes ingresan a ese centro de salud sin estar enfermos. Tuve la suerte de escabullirme para observarlo en detalle. 

Una casualidad hizo que la familia de Melquiades Égido me contactara en la época que yo vivía en México. De esa manera conocí y entrevisté a su viuda (que falleció años más tarde) y a su hijo Armando, que vivía con ella en un departamento muy sencillo y estrecho en la calle Mercaderes 169, cerca del ovalado Parque de la Bola y de la iglesia del mismo nombre, en la Colonia San José Insurgentes a dos cuadras de la casa de amigos mexicanos muy queridos. 

A principios de marzo   del 2013 (para ser más precisos, el 3 de marzo), visité a la familia Égido y pasé un par de horas hasta el mediodía, fotografiando medio centenar de obras que tapizaban las paredes y realizando las entrevistas con la idea de “hacer algo” que sirviera para recuperar la memoria del pintor. Con su hijo Armando teníamos “un plan”: realizar en Bolivia una exposición retrospectiva que pudiera también montarse en México, con suerte en el Palacio de Bellas Artes. Además de fotografiar toda la obra disponible en la casa, establecimos una lista con las dimensiones y el título original de cada uno de los 63 cuadros y dibujos. 

Sin embargo, los esfuerzos de Armando y los míos no dieron fruto. Cuando regresé a La Paz hablé con el director del Museo Nacional de Arte, José Bedoya, quien me explicó que no era fácil montar una exposición retrospectiva, que habría que conseguir un gran auspicio para el traslado de las obras y el pago de los seguros, que la curaduría, que las fechas, que etcétera. En mis tiempos más antiguos, hacer una exposición consistía en conseguir un espacio con paredes blancas y colgar las obras, pero ahora todo es tan complicado y “profesional” que muchos proyectos terminan en saco roto y solo se concretan los que están de moda y tienen “auspicios”. De ese modo, Melquiades Égido sigue siendo un desconocido. 

El espacio literario es más generoso que el espacio de los museos, fortalezas inexpugnables y elitistas, y permite en pocas páginas y en breve tiempo recuperar la memoria de Égido en este breve collage de testimonios de su familia, alguna referencia publicada en los diarios de la época, una que otra fotografía que se salvó a través del tiempo, y por supuesto, la obra plástica como principal referencia. 

Melquiades Égido no había cumplido 30 años cuando en un evento internacional en Varsovia, a principios de la década de 1950, el gran mexicano Diego Rivera lo invitó a integrar su grupo de ayudantes. Participó en varios proyectos, pero sin duda el más importante fue el mural en el hospital público de La Raza. En esos años frecuentaba las casas de Diego Rivera en el pedregal de San Ángel y de Frida Kahlo en Coyoacán, y sentía por ambos una reverencia casi mística. Se consideraba “alumno” antes que ayudante de Rivera. A su hijo Armando solía contarle que aprendió con Rivera los secretos de la pintura al fresco. Su agradecimiento era tan profundo y sincero, que defendía a Diego y a Frida a brazo partido frente a los ataques que recibían por razones políticas o personales. 

En el Hospital de la Raza (venido a menos y dilapidado por arbitrarias ampliaciones y modificaciones estructurales) está el mural de Diego Rivera en el que Melquiades participó como ayudante, y que cambió la vida del pintor boliviano para siempre. En 1954, cuando se inauguró el 10 de febrero, el hospital de La Raza era imponente por su arquitectura y por los gigantescos murales que exhibía en su interior: “El pueblo en demanda de salud” de Diego Rivera y “Por una seguridad completa para todos los mexicanos” de David Alfaro Siqueiros. 

Por decisión del arquitecto Enrique Yáñez, Diego Rivera tuvo a su disposición el vestíbulo del que entonces era el acceso principal, para representar en su mural la historia de la medicina mexicana desde los pueblos prehispánicos, con sus tradiciones y hierbas medicinales, luego la medicina durante la Colonia hasta llegar a los avances científicos y tecnológicos de la medicina contemporánea. En la mitad derecha del mural está representada la medicina tradicional precolombina y en la mitad izquierda Rivera representó la medicina contemporánea. Melquiades Égido fue parte de ese equipo. 

@AlfonsoGumucio  es escritor y cineasta

 

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