LABERINTO VISUAL

Melquiades Égido, obra rescatada

Su hijo Armando recuerda que su padre sentía “una nostalgia eterna de Bolivia”... pero nunca explicó por qué no quería regresar con ellos de visita”.
domingo, 27 de junio de 2021 · 05:04

Alfonso Gumucio Dagron 

En el texto anterior escribí lo indispensable para conocer a Melquiades Égido, el pintor boliviano que siendo muy joven fue invitado a trabajar como ayudante de Diego Rivera en el mural “El pueblo en demanda de salud”, que tuve oportunidad de descubrir en el Hospital del Seguro Social de La Raza, en Ciudad de México. También visité a su viuda y a su hijo Armando en marzo de 2013. Desde entonces estoy en deuda con ellos por haberme permitido entrevistarlos y fotografiar toda la obra de Melquiades que tenían en su departamento. 

Acceder a los murales de Rivera y Siqueiros en el Hospital de La Raza fue un dolor de cabeza, pues la burocracia estatal los tiene prácticamente secuestrados. A diferencia de otras instituciones como la Secretaría de Educación Pública o el Palacio Nacional, donde se puede visitar libremente e incluso fotografiar la obra de los grandes muralistas mexicanos, en el Hospital de La Raza algún burócrata dispuso que se solicite un “permiso oficial” para verlos y más aún para fotografiarlos, porque según la explicación que me dio el policía (que me dejó entrar luego de mucha insistencia) los murales están en “áreas de servicio”, lo cual es una mentira del tamaño de los murales, que están sin protección ni vigilancia en un lugar de paso. 

En el centro del mural, como un pilar, los dibujos de 164 hierbas medicinales con sus respectivos nombres. Es la herbolaria la que une a la medicina ancestral y contemporánea, pues ya sabemos que los medicamentos “occidentales” son el resultado del procesamiento de las plantas medicinales que ya eran conocidas por los indígenas en diferentes regiones del mundo. 

A partir de esa enriquecedora experiencia con Diego Rivera, el joven pintor boliviano voló con alas propias e hizo su carrera en México, y aunque no brilló como artista, participó en eventos culturales, varias muestras colectivas y por lo menos una exposición individual. En el segundo tomo (1950-1959) del libro Arte salvadoreño (2017), Jorge Palomo menciona brevemente al boliviano Melquiades Égido entre los artistas de la década y señala que junto al salvadoreño Camilo Minero y al hondureño Álvaro Canales participó en la muestra “3 pintores” que tuvo lugar en la Galería de Artes Plásticas de la Ciudad de México y posteriormente en la Escuela Nacional de Economía de la UNAM, donde el maestro Siqueiros ofreció la conferencia “El arte en la revolución”, con un largo y curioso subtítulo: “Los enemigos internacionales y nacionales de la pintura mexicana contemporánea”. 

Nada menos que Siqueiros comentó la obra del boliviano: “…Melquiades Égido, que sin duda alguna pasó por las preocupaciones de la representación estática a una representación más activa, sin perder nunca la temática humana, la imagen del hombre y del medio físico en que el hombre se mueve, se orienta hacia un realismo moderno, esto es, hacia un realismo que sin desentenderse de las dispensas útiles del formalismo (muy pocas, por cierto), se cuida bien de caer en el arte figurativo amanerado de la escuela de París”. 

Melquiades Égido tenía su estudio en la Avenida Insurgentes y era maestro de artes plásticas en varias academias y en la suya propia. Su obra está naturalmente marcada por sus maestros Rivera y Siqueiros, y por la pintura mexicana de la época, la más vigorosa y de mayor influencia en América Latina. Sus dibujos me parecen de particular valor, pero habría que cotejar la obra que quedó en su casa, con aquella que vendió a lo largo de los años y de la que no queda mucho rastro. 

La obra del artista boliviano es diversa, tanto por la temática como por las técnicas a las que recurrió en su proceso por encontrar un estilo propio. Entre la obra que pude fotografiar en su casa encontré dibujos al carbón, acuarelas, guache, óleo en formatos de diferente tamaño. A momentos uno tiene la impresión de encontrarse con la obra de artistas diferentes, ya que sus retratos al carbón pertenecen a una esfera completamente distante de sus estilizados desnudos en vivos colores o sus propuestas abstractas. Hay incluso experimentos de obras explícitamente políticas, como un homenaje a la carrera espacial de la URSS, Pinochet representado como buitre o “Los prometeos”, una obra que destaca las efigies de Bolívar, el Che y Martí. 

La vocación de Melquiades Égido era enseñar pintura, y a eso dedicó el resto de su vida. Algunos artistas mexicanos fueron sus estudiantes y lo recuerdan. Es el caso de Mariana Eréndira que en su página web escribe: “La técnica de óleo la aprendí con el maestro Melquiades Égido, con un grupo muy querido de compañeros pintores, y el inicio en la acuarela con la maestra Gloria Galindo”.  Y María Luisa Dollero, en ocasión de su retrospectiva “Creación sin reposo” en el Centro Cultural y Social Veracruzano, en julio de 2011, escribió en el catálogo que su actividad como artista autodidacta cambió cuando decidió en 1979 “buscar orientación y superación ingresando a la Academia de Pintura del maestro Melquiades Égido” donde se interesó sobre todo “por plasmar la figura humana”. 

Égido participó como “delegado de Bolivia” (aunque ya residía en México), en la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz, realizada en México en 1961, también llamada “Bandung de América Latina” por ser la continuidad regional de una conferencia similar realizada en 1955 en Java (Indonesia), que fue la matriz del Movimientos de Países No Alineados que nació en Belgrado en septiembre de 1961.  

Algo muy extraño es que Melquiades nunca regresó a Bolivia.  Hablaba todo el tiempo del país, en su casa su esposa e hijo mexicanos escuchaban todo el tiempo música boliviana, preparaban chuño en la nevera y elaboraban salteñas y papas a la huancaína. La cabeza de un cóndor que pintó, destaca todavía en un lugar prominente de la casa. Hablaba quechua perfectamente, quizás un quechua más puro y menos contaminado por el castellano, porque solía corregir a bolivianos que lo visitaban. 

Su hijo Armando recuerda que su padre sentía “una nostalgia eterna de Bolivia”, “una nostalgia a flor de piel”, pero nunca explicó por qué no quería regresar con ellos de visita a esa patria que evocaba todos los días. Armando viajó por su cuenta, años después, “en busca de mis raíces”, y encontró allí paisajes luminosos como los que había descrito su padre, y una comida deliciosa cuyos sabores todavía conserva en la memoria.

 

@AlfonsoGumucio  es escritor y cineasta. 
 

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