Zaratti, el científico creyente que creció en internados de Italia

Francesco Zaratti llegó a El Alto en 1973 para un voluntariado. Fue docente e investigador de la UMSA durante 41 años. Su libro de relatos permite descubrirlo.
domingo, 19 de septiembre de 2021 · 05:00

Mery Vaca / La Paz

De no ser por su acento italiano al hablar o por su maestría cocinando pastas, Franceso Zaratti podría pasar por un boliviano más. En el fondo lo es. Nació en un pueblo cercano a Roma hace 74 años, pero en 1973, cuando él apenas tenía 26 años, se instaló en la joven ciudad de El Alto, para hacer un voluntariado de tres años, al cabo de los cuales terminaría echando raíces en Bolivia para siempre.

 

Antes de viajar a Bolivia
( 1972).

Zaratti es un científico exitoso, pero de los  raros, porque profesa y practica fervientemente la fe católica, al punto que podría ser confundido con un cura, como de hecho lo fue en algunas ocasiones. Él no ve contradicción alguna porque considera que ciencia y religión se complementan y va por el mundo abrazado de sus dos creencias.

Este hombre que, a estas alturas de su vida ha servido a Bolivia desde la tierra, el cielo, los cometas, las estrellas y hasta desde el subsuelo, acaba de publicar un libro titulado  De Roma a La Paz. Relatos de mi vida, de mi mente y de mi fe, que fue presentado la semana pasada en la Universidad Católica y que estará disponible en la feria del Libro en la Editorial 3.600.

 

Francesco Zaratti firma su libro De Roma a La Paz. Relatos de mi vida, de mi mente y de mi fe . Quien recibe la firma es Juan Carlos Salazar (2021).

 

En este libro íntimo, Zaratti expone retazos de su vida que, línea a línea, van dibujando al ser humano, al científico, al hombre de fe, al esposo, al amigo y al docente que conviven en él. Página Siete aprovecha esos textos y complementa la historia con una entrevista al autor para conocer al hombre que bien puede hablar de lo humano y lo divino, conjuncionando cometas con virtudes, o pozos petroleros con citas bíblicas.

Vida de internados

Zaratti perdió a su padre cuando tenía seis años y, para que no diera problemas a su madre, fue enviado a educarse a diversos internados, donde vivió desde los siete hasta los 13 años. “Parece que de chiquito era más travieso que ahora”, bromea mientras rememora que, para él, quedarse sin padre debido al cáncer y separarse de su madre y de su hermana, “fueron golpes sucesivos”, pero cree que fue una decisión necesaria para poder estudiar con tranquilidad y seguridad económica.

La vida en un internado puede ser dura si los niños no se adaptan. El pequeño Francesco, en general, la pasó bien y llegó a ser el jefe de las escuadras que limpiaban los ventanales de vidrio con agua y papel periódico hasta hacerlos brillar.

 

En Venecia, con su madre
María (1980).

 

Pese a la distancia, los domingos o en fechas especiales recibía visitas de sus familiares, a cuyos brazos volvió siendo un adolescente para empezar a cursar la secundaria.

De aquella época, según se desprende de su libro, los recuerdos más queridos son de su nonna (abuela) Assunta, a quien dedica un capítulo lleno de dichos, chistes y refranes cargados de enseñanzas sobre la vida. “No hay que vender la piel del oso antes de haberlo cazado”, “la soberbia sale a caballo y vuelve a pie”, “la mejor venganza es el perdón”  son algunos de los dichos de la nonna, que también decía “lo poco que sé lo debo a mi ignorancia”. Zaratti hace suya esa frase y  agrega que también debe su saber a su nonna Assunta. La huella de la nonna sale a flote en cada chiste, ironía y dicho de Zaratti. Ya sabemos a quién heredó la chispa.

 

Nápoles, Francesco Zaratti
a sus 19 años

 

Físico y religioso

Mientras cursaba la secundaria con los salesianos, Zaratti se fue enamorando de la ciencia en general y de la física en particular. Fue por la misma época cuando descubrió su “vocación religiosa”, la que, sin embargo, no lo llevaría a convertirse en cura, sino a vivir su fe de una manera coherente, ocupándose de los que más lo necesitaban. Recuerda que, con un grupo de amigos, se reunían, por ejemplo, para llevar leña y leche caliente a las familias que no tenían calefacción para pasar el invierno, donde se quedaban escuchando historias de la vida del pueblo.

Graduado como físico, Zaratti tenía la obligación de hacer el servicio militar, pero él, que ya había descubierto lo que era un verdadero servicio, no estaba para perder el tiempo de esa manera, así que buscó un voluntariado para viajar a Sudamérica, que era la forma de reemplazar la obligación castrense.

La primera opción que le salió fue la ciudad de Natal en Brasil, la segunda en Cuenca, Ecuador; y la tercera, El Alto, en Bolivia. Las dos primeras opciones fueron descartadas por diversas razones y la tercera “me entusiasmó, me encantó porque se trataba de una obra salesiana, en favor de los jóvenes, con villas miseria, barrios en crecimiento y en evolución, acepté sin pensarlo dos veces”. Donde llegó no era una parroquia, sino un centro de capacitación para jóvenes que quisieran obtener un oficio con el que luego pudieran solventar sus estudios. 

Allá conoció a Sonia Chevarría, una joven boliviana que, como muchos otros, subía los fines de semana a El Alto, a ayudar en el servicio social en lo que hoy es la zona de Villa Adela.

Con Sonia formaría una familia y se quedaría a vivir para siempre en La Paz. Los planetas se alinearon para la joven pareja porque un grupo de estudiantes de la UMSA, que conocían a Zaratti en la obra social de El Alto, lo visitaron para pedirle que se convirtiera en docente de la carrera de Física. Aceptó y sirvió en sus aulas y en sus laboratorios durante 41 años, hasta jubilarse y convertirse en docente emérito.

El recuerdo de su primera Navidad en Bolivia está asociado a aquella obra de El Alto, donde guitarra en mano pasó cantando villancicos, entre ellos uno que había compuesto inspirado en la pregunta de un niño: “¿Por qué yo he nacido una sola vez y Jesús nace todos los años?”. “Fue mi primera composición en Bolivia que luego canté a mis hijos y ahora a mis nietos con mucha emoción”, escribe en el libro.

Francesco y Sonia tuvieron tres hijos, dos mujeres que viven en Santiago de Chile y un varón que radica en La Paz. A Sonia está dedicado un capítulo del libro, en el que relata la forma trágica en la que ella falleció en Santiago de Chile el día que iba a celebrarse la boda de su hija. Sufrió un accidente de tránsito y luego de estar intubada por cinco días, se marchó no sin antes recibir los abrazos y las despedidas de sus seres amados en la sala de cuidados intensivos.

“Sentí claramente el quiebre de cristal de mi existencia y de los últimos 36 años de penas y alegrías vividos con Sonia”, describe Francesco en el capítulo más conmovedor del libro, titulado “Una visita del Señor”.

La universidad y los hidrocarburos

Corría el año 1988 cuando Zaratti fue elegido presidente del “primer y único” congreso de la UMSA, cargo que le llevó a enfrentar un fugaz secuestro por parte de los estudiantes trotskistas que querían hacer fracasar el evento, para lo que irrumpieron en el paraninfo y tomaron de rehenes a los presentes.

“Apelando a mi formación bíblica, opté por el principio de no responder al mal con el mal, sino con pasividad, ‘endureciendo la cara’ y dejando que el mal se manifestara en toda su realidad o sea en su impotencia”, escribe el autor que, según cuenta, al día siguiente la noticia del secuestro se hizo pública y los trotskistas tuvieron que abandonar la sala luego de una noche sin lograr sus objetivos.

Zaratti había sido previamente dirigente de los docentes de la UMSA, para luego, en la década de los años 90, volcarse a la investigación. Tomó a su cargo el planetario Max Schreier  y creó el Laboratorio de Física de la Atmósfera, uno de los de mayor prestigio internacional. Temas como la capa de ozono, la radiación ultravioleta y las campañas que hacía el laboratorio aumentaron la exposición pública de Zaratti, que luego impulsó la estación para el cambio climático en el glaciar del  Chacaltaya, que ahora ya está sin nieve, para el estudio del cambio climático.

El mundo de la física lo tenía completamente atrapado, cuando de pronto empezó su interés por los hidrocarburos. ¡Y de cómo! La culpa la tiene el hidrógeno, que según su explicación, es el combustible de las estrellas. Y, como parecía que Bolivia tenía ingentes reservas de hidrocarburos, cuenta él, empezó a surgir el interés por el hidrógeno como combustible. Del hidrógeno de las estrellas al hidrógeno de la tierra suponemos que  debe haber un universo de distancia, pero  no para un científico como Zaratti  que, de tanto estudiar la materia, terminó por convertirse en experto en temas de hidrocarburos.

Estos estudios lo llevarían a aceptar el cargo Delegado presidencial para la Revisión y Mejoramiento de la Capitalización  durante el gobierno de Carlos Mesa, su único paso por un cargo cercano a la política.

Antes de ese periplo  fue colaborador del diario Presencia durante la dirección de la periodista Ana María Romero, a quien le unía la afinidad espiritual. Luego sería columnista de La Prensa, donde se explayaría sobre temas científicos, hasta que fue invitado para escribir su columna en La Razón, de donde salió para trasladarse a Página Siete desde el día de su fundación hasta la actualidad.

 

El Alto, 1974, Francesco
Zaratti con el padre Carmelo
y dos visitadoras.

 

Amigo de curas

Francesco Zaratti, a lo largo de su libro, hace constantes referencias a Dios, la Biblia y a sus amigos sacerdotes, que son muchos y que atraviesan toda su existencia. De hecho, cuenta que su hijo cuando era pequeño le preguntó “¿papi, por qué todos tus amigos son curas?”. Seguramente, dice él, el pequeño  ya estaba un poco incómodo de  tener que prestar su cuarto a algún sacerdote que estaba de paso en Bolivia.

Entre sus amigos cita, por supuesto, a monseñor Eugenio Scarpellini, el obispo de El Alto que para efectos oficiales murió de covid, “pero en realidad porque su corazón ya no aguantó el estrés de los sucesos de noviembre de 2019, desgaste físico y psíquico que supuso la pacificación del país y el impacto de la pandemia en los pobres de su diócesis”, escribe Zaratti.

Este científico es tan creyente que, en 2017, acompañado de Carolita Lara, con quién se casó después de la muerte de Sonia, hizo un largo viaje para subir al monte Sinaí, en Egipto, donde, según la Biblia, Dios se reveló a Moisés y le entregó los 10 mandamientos.

 

A los pies de la cumbre del Monte
Sinaí (2017), donde viajó con su esposa, Carolita Lara.

 

Pero, ¿cómo hace un científico para ser creyente de Dios? ¿No se supone que es una contradicción? “Se supone, pero en realidad no lo es”, contesta él. Y explica que, si bien a veces hay contrastes, entonces alguien tiene que ajustarse. En otras palabras, no hay verdades absolutas ni conocimientos que lo abarquen todo;  por eso, a veces el científico -y Zaratti no es el único- recurre a la revelación divina.

Tal vez la mejor explicación esté en un joven que tomaba clases de imprenta en El Alto cuando Zaratti hacía su voluntariado, donde se mezclaba la formación espiritual con el conocimiento técnico para que los jóvenes tuvieran un oficio para solventar sus estudios. Años después, cuando Zaratti visitó el campo gasífero  San Alberto, encontró allá a este joven, que ya no era tan joven, convertido en ingeniero. La fe y la ciencia habían obrado en él a lo largo de su vida. 

 

“Francesco nos lleva en un periplo por el mundo y por sus mundos. El de un europeo reformateado por el universo andino o el de un andino no del todo persuadido por su Europa Natal”.

Gonzalo Mendieta en el prólogo del libro de Zaratti

 

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