Te estás muriendo

Cultura
Alfonso Gumucio Dagron
Por 
La Paz - domingo, 02 de octubre de 2022 - 5:00

laberinto visual

No es fácil para un crítico de cine abordar con objetividad a una obra que llega precedida de tanta repercusión internacional y tal cantidad de premios, algunos de ellos en festivales muy importantes. Tiendo a desconfiar de obras que generan tanta expectativa, pero me alegra haber encontrado, esta vez, una obra que merece los reconocimientos y la crítica favorable que durante meses se ha expresado sobre su valor cinematográfico y humano.

La primera secuencia de Utama nos sitúa en el amanecer del altiplano boliviano, excepcional por los paisajes donde se pierde la vista, “la región más transparente del aire”, como diría Alfonso Reyes para referirse al valle de México. Cada plano está cuidadosamente preparado, nada sobra, como en un cuento de Juan Rulfo.

De inmediato estamos en el micro universo de una pareja de ancianos del altiplano de Bolivia, Virginio y Sisa, que viven el proceso del cambio climático sin saber que afecta a todo el planeta. La falta de agua se agudiza año tras año, la esperada temporada de lluvias es cada vez más rara y es insensible a los rituales y a los sacrificios de llamas. El pozo de agua del pueblo está seco y hay que caminar mucho para llegar al cauce de un riachuelo donde se reúnen las mujeres para lavar la ropa, para recoger agua y para hablar, porque la palabra es un bien que no se extingue, aunque la tierra se quede muda. No es difícil entonces extrapolar este micro universo comunitario, en el macro universo de un planeta en crisis ambiental profunda.

Puedo identificarme con esa circunstancia que viví de cerca durante la producción de mi documental Amanecer chipaya. Los jóvenes abandonan las comunidades rurales y migran a la ciudad o a un país vecino en busca de oportunidades. Quedan solamente los ancianos y algunas mujeres, apegados a la tierra porque allí nacieron y allí quieren acabar su existencia. La mención a los chipaya no es gratuita, ya que en Utama hay ecos de otra obra visionaria, Vuelve Sebastiana (1953) de Jorge Ruiz.

En una pequeña casa completamente aislada, junto a un árbol raquítico, sobrevive esta pareja que se ama desde siempre con un modo silencioso y profundo. Si bien las miradas dicen mucho más que las palabras, el lenguaje corporal no siempre comunica verdades ocultas: Virginio está gravemente enfermo, tose todo el tiempo (tuberculosis, silicosis), su respiración cuando duerme es pesada, pero Sisa ya está acostumbrada y no distingue los anuncios de la muerte. Así como es seca la tos de Virginio y su falta de oxígeno, así está la tierra, exhalando lo poco que queda de humedad. “Te estás muriendo”, le dice Virginio a la montaña, pero también está hablando consigo mismo.

La llegada de Clever, el nieto, introduce otro elemento dramático que también tiene trascendencia local y universal: el quiebre generacional, o el desencuentro entre dos generaciones. La modernidad que más temprano que tarde llega a los centros urbanos margina aún más a los habitantes de áreas rurales. Al morir la agricultura y la precaria ganadería de camélidos (hasta las erguidas llamas mueren dignamente), muere también la lengua y la palabra que nombra las cosas, cuando la ciudad aparece como el espejismo del bienestar. Al final, la abuela quedará sobreviviendo al ritmo que de la propia tierra, y el nieto regresará a la ciudad con una mirada más amplia, armado de valores.

Los jóvenes migran y los ancianos permanecen atravesando un día a la vez. El apego a la tierra es cultural, más fuerte que el apego a los propios hijos. Cambiar la austeridad propia por las ofertas ajenas de la ciudad no es una opción para quien ha sacado frutos de la tierra, y ha vivido de ella, pero con ella. “El cóndor muere cuando siente que ya no sirve para nada”, dice el abuelo. El cóndor se deja caer de lo alto de un peñasco y muere con dignidad (la escena de Virginio con el cóndor es magistral). El ocaso de las comunidades en ciertas zonas del altiplano está representado por el ocaso del abuelo, y es también el ocaso de culturas milenarias. Una tormenta de agua tardía no puede solucionar lo irreversible, aunque la imagen aparezca al final de la obra como un señuelo de esperanza.

Utama, opera prima de Alejandro Loayza, es una obra madura, realizada con absoluta maestría a pesar de la aparente austeridad de su expresión plástica e interpretativa. La fotografía es sobria, pero destaca los paisajes impresionantes del altiplano boliviano, al mismo tiempo que nos lleva a la intimidad de los tres personajes principales, interpretados por actores sin experiencia previa en el cine. Una hebra de lana roja o una prenda turquesa sugieren en la imagen la sangre o el cielo. El director ha sabido dirigir a sus actores con respeto y humanidad, para expresar el dolor, la alegría y la duda existencial. No hay el menor asomo de victimización, por el contrario, una enorme dignidad que me hizo pensar en los personajes del film iraní La pizarra (2000) de Samira Makhmalbaf.

Todos los elementos técnicos y artísticos confluyen en hacer de la obra una propuesta impecable y equilibrada, con un mínimo de descuidos en el guion. La música de Cergio Prudencio se conjuga perfectamente con la progresión dramática, es eficiente pero nunca omnipresente, apoya pero no reclama protagonismo. Acompaña la respiración pesada de Virginio como un soplo de zampoña.

El tema de Utama es importante para Bolivia, pero también para cualquier otro país que vive el periodo de degradación que afecta al planeta: el cambio climático, la escasez de agua, la sequía irreversible de la tierra, la crisis alimentaria y el abandono de las áreas rurales para provocar el crecimiento desproporcionado de la marginalidad urbana. El drama de la madre tierra que ya no da frutos se vive en la frontera de la modernidad, cuando los recursos naturales se agotan y el agua es un bien más precioso que el combustible.

La película aborda todo ello desde una perspectiva local y a la vez universal. La vida de esa pareja de ancianos que se niega a abandonar su tierra árida y empobrecida, y la de su nieto que llega de la ciudad cargado de una cultura urbana adquirida y superficial, refleja el conflicto generacional que se vive en muchos países, no solo aquellos del sur global.

Algunos podrían pensar que esta película local está dirigida a un público internacional que nos mira con el cristal del exotismo. Sin embargo, una de las virtudes de Utama es su doble condición de local y universal. Lo mismo se pueden identificar con la obra espectadores de otros países, como bolivianos que no conocen su propio país (que son la gran mayoría).

Tiempo para la mirada, tiempo para la palabra, y tiempo para la reflexión. Aunque “el tiempo se ha cansado”, Utama se construye con valores humanos que se niegan a extinguirse, por lo que en el horizonte hay todavía rayos de luz y de esperanza.

Tiempo para la mirada, para la palabra, y tiempo para la reflexión. Aunque “el tiempo se ha cansado”, Utama se construye con valores que se niegan a extinguirse, por lo que en el horizonte hay aún esperanza”.

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