Con una feria nocturna, el contrabando vence hasta las zanjas de la frontera en Pisiga

Cada 15 días se hace la feria de Colchane, desde donde cientos de personas incurren en el contrabando hormiga al ingresar mercancías a Bolivia.
domingo, 26 de septiembre de 2021 · 15:41

Ivone Juárez / Pisiga

Nada detiene el contrabando hormiga en Pisiga, la frontera  de Bolivia con Chile. No lo logró la pandemia, tampoco las fiestas patrias del país vecino, que este año se celebraron el 17,18 y 19 de septiembre con un extendido feriado que coincidió con la fecha de la feria nocturna quincenal que se realiza en Colchane, territorio chileno, y en torno a la cual se mueve la actividad comercial ilegal.

El sábado 18 de septiembre, como cada 15 días, al amparo de la oscuridad, los compradores llegaron por el lado boliviano de Pisiga, en la provincia Sabaya de Oruro, caminando hasta el lado chileno, Colchane, atravesando a pie ese pedazo de desierto que todos conocen como “La raya”. También en la oscuridad compraron lo que llegaron a buscar u otra oferta que se presentó e igualmente, caminando, regresaron hasta la parte boliviana atravesando las profundas zanjas cavadas por decisión de ambos para frenar el contrabando.

 Las excavaciones de unos tres metros de profundidad no detuvieron en la oscuridad ni en el día a las cientos de personas que, cargando televisores, productos de línea blanca, cajas de decenas de zapatos, alimentos y fardos de ropa usada y otros se metieron y salieron de los huecos  ante la mirada de uniformados chilenos y la ausencia de las autoridades bolivianas.

Al otro lado de las zanjas está la población boliviana Pisiga Bolívar, donde tampoco se advirtió a ningún uniformado o autoridad  que haga cumplir la Ley 1053 de lucha contra el contrabando. Página Siete buscó al subalcalde del poblado, Jacobo Choque Flores, y logró contactarse con él telefónicamente.

La autoridad se comprometió a llegar a las puertas de la subalcaldía, que en sábado está cerrada, sin embargo, nunca llegó y no volvió a atender las llamadas.

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Página Siete también buscó al corregidor de la región, quien no quiso responder a ninguna consulta. Molesto, respondió que  era sábado,  no trabajaba en fin de semana y que estaba ocupado.

Se pudo constatar que la autoridad estaba muy ajetreada en la atención de su almacén ubicado en una de las esquinas de la plaza principal del pueblo, llena de vendedores y compradores.

El asambleísta por territorio de  Sabaya, donde se encuentra Pisiga, José Luis Araníbar Ayaviri, remarca que el control del flujo del contrabando en Pisiga corresponde a la Aduana, Fuerzas Armadas y Policía, en el marco de la Ley 1053. Asegura que ese control se da, sobre todo en la noche, pero en medio de excesos cometidos por los uniformados contra los pobladores de la región fronteriza.

“La Policía como las Fuerzas Armadas controlan; tal vez en el día no se lo ve actuar, pero en las noches se movilizan, cometiendo excesos, extorsionando y violando los derechos humanos. En la noche confunden a todo el mundo, disparan o torturan a inocentes. Sólo se dedican a eso y no a controlar la seguridad ciudadana en la frontera”, señala.

Araníbar informa que en la Asamblea Departamental de Oruro se analiza una serie de denuncias presentadas al respecto y se recopilan pruebas. Al mismo tiempo -indica- se trabaja una nota destinada a la Aduana Nacional pidiendo información sobre las atribuciones de los uniformados en el marco de la ley.

Página Siete se comunicó con el director de Lucha Contra el Contrabando, Bladimir Orellana, para conocer sus criterios al respecto de la problemática.

La autoridad pidió un tiempo para responder, pero no volvió a atender ningún requerimiento periodístico de este medio.

Oscuridad

Unos compradores  miran unas zapatillas deportivas que se ofertan en la feria nocturna de Colchane, en Chile.
Foto: Víctor Gutiérrez / Página Siete   

Son las cinco de la madrugada y El “rapidito” que partió tres horas antes de la antigua terminal de Oruro llega a “La raya”, como denomina al borde de la frontera entre Bolivia y Chile. En medio de la oscuridad que marca esa hora de la madrugada, como una señal de adonde no dirigirse, a lo lejos destella gracias a la electricidad el complejo fronterizo de Chile.

De inmediato aparecen otros vehículos y descienden varias personas, abrigadas de pies a cabeza. La temperatura bajo cero en el lugar lo exige.  Nadie enciende una linterna ni ningún objeto que rompa la oscuridad.

Automáticamente se forman pequeños grupos que comienzan a caminar apresuradamente en medio de la oscuridad. Los que no conocemos el terreno y seguimos al resto sólo sentimos que los pies se hunden ligeramente en el terreno. Al hacer lo que nadie hace, encender la linterna del teléfono celular, se descubre que se trata de arena fina en la que las huellas de los pies de los que pasaron antes están marcadas. La basura casi enterrada en la arena impresiona: botellas plásticas, bolsas nylon y hasta retazos de prendas de vestir, de pantalones e incluso ropa interior femenina. Con la referencia de que se trata de una de las fronteras más peligrosas de Bolivia, el panorama asusta.

En medio de la oscuridad y el ruido de los pasos apurados sobre la arena se escuchan algunas voces, unas en idioma extranjero y otras con  acento caribeño; son personas que avanzan más rápido que el resto. Tras unos cinco minutos de caminata se alcanza una carretera; ya estamos en territorio chileno, donde se ve unos buses estacionados con gente que anuncia “¡Iquique! ¡Iquique!”. La luz de los vehículos permite divisar a las personas que se embarcan en ellos: se trata de ciudadanos haitianos y venezolanos. Están organizados en grupos guiados por personas que en una confusión momentánea preguntan a cualquiera “¿usted está con el grupo?”.

Si bien gran parte de la gente que avanzó por ese pedazo de desierto se queda en esa parada improvisada de buses, otro tanto sigue avanzando.

La luz del día aún no aparece, pasaron unos 10 minutos de las cinco de la mañana. Hay que seguir caminando, pero esta vez sobre tierra y algunos espacio de asfalto. Avanzando unos 300 metros comienzan a aparecer puntos diminutos de luces dispersas. A medida de que uno se acerca, divisa que se trata de puestos de venta: es la feria de Colchane.

“La feria comenzó ayer, a las 10 de la noche”, responde una mujer que está parada al inicio de la calle donde inicia el mercado. Vende unas bebidas energizantes en latas que tiene apiladas en un carrito que agarra con una de sus manos.

“No tiene hora fija, pero es en la noche, porque en la oscuridad no hay mucho control y se puede pasar. En el día están los militares chilenos”, comenta otra mujer.

“Vine a ver qué me llevo. Estaremos hasta el mediodía. ¿Cómo volverán a Oruro?”, añade. Ella y su esposo son dueños de uno los “rapiditos” que llegó a Pisiga. Indaga para ver si de regreso pueden volver con un pasajero. Cobra 60 bolivianos por persona.

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La mujer se acerca a uno de los pocos puestos iluminados con un foco que permite ver la mercadería. Se trata de zapatillas deportivas que se venden por cajas que contienen 90 pares,  a pesos chilenos o bolivianos. Al lado, pero sin iluminación, un puesto de ropa usada. Más allá, en el piso, se ven calzas y canguros. Hay que prender la linterna del celular para ver los productos y la gente que los aprecia. Enseguida otro puesto de ropa usada pero por fardo; son blusas de mujer y ropa de niño de segunda y tercera calidad, aclara la vendedora. ¿De primera calidad?, se indaga. “No tengo aquí, pero le puedo entregar en Cochabamba”, responde.

El recorrido continúa bajo la oscuridad que no termina de dar paso al amanecer, pero los puestos,  garajes o tiendas llenos de productos de origen chileno y asiático aparecen a cada paso: chamarras, deportivos, pantalones de mezclilla, ropa interior, mochilas, sábanas y edredones.  También hay alimentos: galletas, chocolates, dulces, embutidos, lácteos y productos de limpieza, como lavaplatos, detergentes y otros. ¿Por docena o caja? Con la segunda opción  valen menos.

Faltan minutos para las seis de la mañana y la luz del día comienza a retirar el velo de la oscuridad que cubre la feria de Colchane y la muestra. Lo primero que llama la atención es la disposición dispersa de los puestos. Hay una explicación. “Es feriado en Chile, por eso no hay mucho comerciante. Ahora está medio vacío, pero anoche había más gente, se fueron en la madruga; pero cada 15 esto es grande”, afirma otra vendedora.

Ante la luz también se descubre que hay otros productos en la feria: televisores inteligentes enormes de marcas reconocidas con precios que incluyen la factura. “Tiene factura”, aclara una comerciante. ¿Es más caro?, es la pregunta. “No, sólo que podrá pasar tranquila la frontera”, responde la mujer. Frente a su puesto, en un vehículo tipo utilitario  se exhiben lavadoras cocinas y máquinas de gimnasio.

Los que realizan alguna compra, dependiendo del volumen, contratan un “carretoncito”, un vehículo de cuatro ruedas empujados por hombres y mujeres. Éstos salen de la feria con la carga y a paso apresurado se acercan al límite fronterizo con Bolivia. A unos tres minutos del recorrido aparece una mujer parada junto a unos bultos. “Hay que ir por la derecha, por la izquierda están los militares chilenos”, advierte.

Un hombre empuja  un carretoncito cargado de contrabando.
Foto: Víctor Gutiérrez / Página Siete

Y todos toman la derecha, los que empujan los carritos, quienes llevan algún paquete en las manos o un bulto en la espalda. La información de la mujer no era del todo cierta porque aparece un joven militar chileno. “Pare dama”, ordena mientras interroga a un hombre que empuja un carrito con una montaña de cajas. “Qué lleva usted ahí señor? ¿Tiene factura?”, indaga. “No tengo factura, son zapatitos para mi uso, unas cajitas”, responde el hombre del carrito. “Usted se está burlando de mí”, le replica el uniformado. “Tiene una montaña de cajas”, añade. “Puede pasar, pero los militares de su país no lo dejarán pasar”, le advierte.

Detrás viene otro hombre con un carrito que ante las preguntas del uniformado responde: “No soy el dueño, sólo estoy llevando”. Su argumento también le vale el paso pero con la advertencia de que en territorio boliviano no le permitirán entrar con la mercadería que lleva.

Y el hombre pasa con dirección a Bolivia. Unos minutos y en su camino aparecen unas enormes zanjas de unos tres metros de profundidad cavadas en la frontera. Descarga lo que lleva y aparecen otras personas que levantan las cajas, se meten a la zanja y salen de ella para encontrar otros “carretoncitos” donde se llevan los productos hasta Pisiga Bolívar, el lado boliviano, sin enfrentar ningún control.

En el pueblo, en la plaza principal, está también instalada una feria pero de productos diferentes a los que se encuentra en Colchane. En Pisiga Bolívar se ofrece comida, jugos naturales preparados en ese instante, abarrotes e incluso artesanías.

Con una caminata de cinco minutos se cruza el pueblo y se alcanza la carretera de regreso a Oruro, donde decenas de minibuses anuncian su destino. Se llenan de a poco porque la gente reclama por el precio del pasaje: 60 bolivianos por persona. “El 1 de octubre se abrirá la frontera y entrarán las flotas”, comenta una mujer a modo de reclamo dentro del vehículo con asientos estrechos y ventanillas que en su mayoría no se abren.

Los vehículos parten con sus parrillas colmadas de mercadería que nadie controla ni pregunta su procedencia, hasta llegar a Oruro, donde, en la tranca de ingreso, un policía detiene el auto, abre la puerta y pregunta a los que están dentro: ¿Alguien quiere declarar el ingreso de alguna mercadería? Algunos responden “no”; la mayoría guarda silencio.

Unos minutos más y se estará en la ciudad de Oruro con los productos de contrabando que se metió por la frontera, en medio de las restricciones de la pandemia, una feria nocturna, cruzando una frontera cortada por zanjas profundas  y sin el mínimo control de las autoridades bolivianas.

Y la mujer del minibús tenía información correcta:  Chile reabrirá sus fronteras el 1 de octubre.  Los extranjeros que quieran pasar a su territorio deben presentar su carnet de vacuna y el examen PCR negativo de máximo 72 horas.

 

“La Policía como las FFAA controlan, tal vez no en el día, pero en las noches se movilizan cometiendo excesos”.

José Luis Araníbar, asambleísta

Compradores  indagan por los televisores que se ofertan en la feria.
Foto: Víctor Gutiérrez/ Página Siete

 

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