Crisis hídrica y Proyecto Misicuni en el valle de Cochabamba

jueves, 26 de mayo de 2016 · 00:00

Carlos Crespo Flores

El valle de Cochabamba es una biorregión donde el agua ha sido un tema socialmente sensible y conflictivo, tanto por la escasez como por la distribución desigual. Su conflictividad se ha incrementado debido a la concentración poblacional en la región metropolitana, que incluye los municipios de Sacaba, Cercado, Tiquipaya, Colcapirhua, Quillacollo, Vinto, Sipe Sipe, y aglutina casi el 65% de la población. 
 
El área metropolitana ha crecido 55 veces su tamaño demográfico desde 1900. Para  2012 llegaba a más de 1,5 millones de habitantes. Y esta población demanda agua. El Plan Maestro Metropolitano de Agua Potable y Saneamiento de Cochabamba busca resolver este déficit con el Proyecto Múltiple Misicuni; se calcula que en la Fase 1, si se entregan 1.100 l/s de agua para riego, se puede suministrar unos 2.082 l/s para agua potable. 
 
De esta manera se calcula que el 68% del agua consumida en la región metropolitana provendrá de Misicuni.
 
¿Qué pasará si no hay esta fuente?
 
La concentración poblacional ha significado el cambio de uso del suelo, de agrícola a urbano, por tanto, la demanda de agua para consumo humano se ha incrementado. De acuerdo a un estudio del Centro de Planificación y Gestión Social (CEPLAG-UMSS), cada año se pierden alrededor de 300 hectáreas (ha) de tierras cultivables en los municipios de la región metropolitana; en los últimos 50 años la mancha urbana consumió 18.919 ha del eje metropolitano; sólo quedan 3.400  ha de suelo agrícola cultivable, por lo que la seguridad alimentaria en el valle hoy depende de la importación. ¿Qué tierras regarán las aguas de Misicuni en este escenario poco optimista?
 
La zona sur de la ciudad de Cochabamba es la que tiene la mayor expectativa por el agua de Misicuni. Esta parte árida, salinizada y altamente contaminada  cobija a la población más pobre y vulnerable. La empresa de agua prácticamente no ha llegado por allá –de hecho, la cobertura apenas alcanza al 50% de la ciudad, el resto debe resolver autónomamente, con cisternas u organizando sus propios sistemas de agua a base de pozos-. 
 
A este panorama oscuro se debe añadir la sequía extrema que este año está azotando la biorregión valluna. La laguna de Escalerani, fuente superficial importante para la ciudad,  apenas tiene el 40% de su volumen normal; los regantes han cerrado la laguna de la Angostura, pues hay el riesgo de que los peces mueran por falta de agua. 
 
En la mayoría de los municipios la sequía ha arrasado la ya precaria agricultura y lechería. Los conflictos y disputas por acceso a fuentes y la distribución de lo existente se están generalizando, como el caso de la cooperativa Arocagua (camino a Sacaba) hoy en conflicto con comunarios  donde se halla la fuente, pues éstos ya no quieren ceder estas aguas. En ese ambiente, el agua de Misicuni se torna urgente. 
 
Tampoco hay otras fuentes superficiales inmediatas  y si hubiera –los proyectos Palca o alguna laguna- implican negociaciones altamente conflictivas con comunidades y regantes.
 
El proyecto ha demandado  una inversión de más de   300 millones de dólares desde la década del 50, cuyo presupuesto continúa elevándose –se requieren  140 millones de dólares adicionales para incluir las aducciones de Putukuni y Vizcachas, y completar la oferta total de agua-. Por otro lado, la distribución del agua de Misicuni, la infraestructura que requiere –incluyendo la ampliación, sustitución de redes, tuberías, construcción de tanques- es un tema no resuelto. Todo esto hace pensar en el proyecto Misicuni en una pesadilla grotesca y una estafa permanente para los habitantes del valle. ¿Habrá valido la pena?
 
Hay aspectos técnicos y administrativos financieros que incrementan la incertidumbre del popularmente llamado "Asikuni” (me río, en quechua). Las fallas geológicas en los estribos de la presa no han sido resueltas; el campamento principal se halla en la zona de inundación, requiriendo implementar nueva infraestructura –no presupuestada- para el monitoreo de la presa; es necesario actualizar la medición de caudales, pues éstos fueron realizados en la década del 70, cuando los efectos del cambio climático aún no eran visibles.
 
En síntesis, lo que se viene en el valle de Cochabamba este año es escasez extrema de agua para consumo humano y riego, traducido en múltiples conflictos de diversa escala e intensidad. Y sin el agua de Misicuni, se torna más explosiva la situación. Dada la gravedad de la crisis hídrica en el valle cochabambino, y en ausencia de Misicuni, hoy más que nunca se hace imprescindible no solo trabajar la oferta de agua, sino también el transporte de éste y su consumo y usos, introduciendo límites ecológicos a la sobreexplotación de acuíferos. 
 
No puede ser que se pierda el 50% del agua en el sistema de Semapa, principalmente por tuberías que han cumplido su ciclo vital; o que la inundación sea el sistema de riego predominante en el valle, cuando hay tecnologías que reducen hasta en 40% el uso del agua. Es imprescindible implementar tanques eficientes en el uso de agua para la descarga en el baño; dejar de regar parques, autos, jardines con agua potable; recuperar el río Rocha, reutilizar las aguas servidas en la agricultura local, en fin, se trata de reorientar los esfuerzos hacia una economía ecológica del agua. 

Más allá de Misicuni, de nuestros "derechos” de agua, de nuestras diferencias ideológicas, étnicas o clasistas, los cochabambinos debemos construir un acuerdo regional por el agua, basado en las necesidades humanas y de la naturaleza.

Carlos Crespo es investigador del Centro de Estudios Universitarios (UMSS)

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