Una ciudad de símbolos

Lo que es de La Paz, es de todos. El Tigre y el Bolívar, están por doquier. La Cebra, el Puma, el teleférico emergen como nuevos símbolos.
sábado, 16 de julio de 2016 · 00:00
Alcides Flores y Roxana Pomier

Cebritas

"¡Cebritaaa… cebritaaa!”. Cada vez que Catalina –desde el interior del vehículo de sus padres– se percata de la presencia de la  Cebrita, echa un grito hasta que la "rayada” le levanta las manos. Entonces, la niña de ocho años vuelve a gritar: "¡Cebritaaa…!”. Y agita las manos... "¡Cebritaaa…!”.  

Y cuando Catalina se topa –a pie– con ella en la calle, siempre corre hacia su encuentro.  "¡Cebritaaa…!”. Y la abraza y busca sus mimos.

Los 24 jóvenes que se vistieron de Cebras por primera vez en La Paz  el 19 de noviembre de 2001, nunca imaginaron que 15 años después se multiplicarían y se convertirían en un símbolo de la ciudad, un "emblema”. 

La Cebra llegó a La Paz para educar sobre el tráfico vehicular  y debía hacerlo desde una actitud amable y graciosa. Quizá por eso –ahora– Catalina hace escándalo cada que la mira: "¡Cebritaaa…!”.
 


El teleférico

Los nevados de la Cordillera se aprecian mejor de la línea Roja del teleférico, que une las zonas norte de La Paz y 16 de Julio de El Alto. Las otras líneas, en cambio, permiten conocer mejor la Ciudad Maravilla desde otro ángulo: las alturas. Eso dicen quienes explican -con cierto alarde- las bondades de este medio de transporte que da que hablar en el país... en el mundo. 

Dos datos han hecho que en tan poco tiempo –el primer tramo fue instalado en mayo de 2014– el teleférico se convierta en un símbolo de esta ciudad: es el más largo del mundo y es el que está a mayor altura (más de 3.600 metros sobre el nivel del mar). No hay otro igual.

Artistas internacionales y turistas nacionales incluyen en su agenda un recorrido por el teleférico. Lo hacen siempre. Por algo  las agencias de turismo lo tienen incluido en su menú.
 


El PumaKatari

Con el PumaKatari llegó a esta ciudad -a Bolivia-  un nuevo concepto de transporte urbano, un nuevo tipo de servicio. El PumaKatari llegó además para crear nuevos hábitos en los usuarios. Se nota... Se ve. 

El servicio es parecido al de las grandes ciudades. El pasajero tiene paradas fijas, tanto para subir como para bajar. Ya en el vehículo, tiene normas que hay que acatar: ceder el asiento a adultos mayores, ponerse el cinturón de seguridad en ciertos espacios, dar un trato especial a los niños, entre otras. Pero además de obligaciones, el pasajero tiene también derechos, como  usar el WiFi gratuito y transportar su bicicleta. El PumaKatari trajo consigo nuevas sensaciones, nuevos aires... Los paceños lo saben, lo viven. 
 


El Illimani

Para el viajero que visita la sede de Gobierno, el aterrizaje en   El Alto siempre está precedido por unos minutos de una experiencia especial, inolvidable. Es que desde las ventanillas  divisa el magnífico Illimani. 

Ahí está… omnipresente, potente, a más de 6.400 metros sobre el nivel del mar, siempre cubierto de nieve. Ahí está él, en el fondo,  dándole un marco a la ciudad. El viajero, entonces, se sumerge en un mosaico. 

Y el visitante que llega por tierra, cuando hace el tramo  El Alto-La Paz  aprecia su grandeza. Principalmente al iniciar la bajada de la autopista, el Illimani –que está al sudeste de la urbe, a 66 kilómetros–  nos coquetea con sus diversos tonos de colores, según la hora en que nos adentremos en la urbe. El Illimina es siempre… La Paz. 

 

Gran Poder

Antes era una fiesta de los marginados, ahora formar parte de ella es signo de estatus, de poder. Y lo es. Quien participa en estas actividades -como organizador, como pasante, como invitado…- no sólo tiene que parecer que tiene dinero, sino tiene que tenerlo.

La fiesta del Señor Jesús del Gran Poder –la fiesta religiosa más importante del departamento de La Paz– mueve alrededor de 60 millones de dólares cada año (según un estudio de la Alcaldía paceña) y unas 60 fraternidades sacan a sus 30.000 danzarines a las calles para rendir tributo al Señor, al Señor que nunca olvida los actos de devoción.
 


Celeste

¡Celeste. Si quieres celeste, que te cueste! Bolívar -símbolo paceñista-  es ahora un patrimonio nacional. Es un poema. "Digo Bolívar y siento que se me aclara el alma”, así describió el narrador paceño Fernando Diez de Medina esa sensación que revive cada siete días en la curva norte del mítico Siles. Vive para siempre.

Nació el 12 de abril de 1925, cerca de la plaza Murillo. Se metió en el corazón del paceño. Subió hasta ponerse a la altura de su Illimani, con tantos títulos bolivianos como clasificaciones a copas.

La Academia. El equipo más copero. El más laureado de Bolivia. El club de las estrellas. Es un orgullo paceño que se exhibe en paredes, en los minibuses, en los taxis, en gorros, en poleras y en cada banderazo. Bolívar es La Paz. Bolívar es Bolivia.  
 


Tigre

Stronguista, liberal y pico verde. Así era el paceño de principios del siglo XX. El amarillo y negro era su segunda piel. ¡Condorcito, quisiera ser! Su otro himno. Desde que nació (8 de abril de 1908), The Strongest se metió en el alma del paceñismo para no salir más.

Está tatuado en el corazón de La Paz, con un sentimiento que se renueva cada domingo desde la curva sur del viejo estadio Hernando Siles y se extiende por el país stronguista al grito de ¡huarikasaya kalatakaya! ¡hurra, hurra!

El Tigre. El decano del fútbol profesional. El Tricampeón. El más fuerte. El club de Achumani. Es un símbolo paceño, desde el corazón atigrado que no entiende explicaciones: "Si no lo sientes, no lo entiendes”. 
 
 

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