La Paz, siete lugares para trascender

sábado, 16 de julio de 2016 · 00:00
 Isabel Mercado / Página Siete

Un tanto tradición, otro tanto, magia. Un poco costumbre, otro poco, permanente deslumbramiento. La ciudad es la piel que uno habita, y sus lugares son los dueños de nuestros pasos casi sin otra pretensión que acompañarlos. Sin embargo, y quiera el destino que más temprano que tarde, acomete el momento del encuentro, del descubrir que en esas calles, en algunas, quedaremos para siempre.

La Paz, dicen, es maravillosa. No seré yo quien lo ponga en cuestión. Pero, antes que el calificativo está lo vivido, lo palpado, y esta ciudad galopa más rápido que nuestras pulsiones. Cambia, pero no cambia. Es la de siempre y se va convirtiendo en otra. 

Nosotros tampoco somos los mismos, la ciudad que buscamos no siempre reside en los espacios de antes. Como decía Jorge Luis Borges de su Buenos Aires: "En aquel tiempo, buscaba atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad” (Fervor de Buenos Aires).

¿Qué rescatar, entonces, de esa búsqueda que ya no encuentra los espacios de otrora, pero no deja de prodigarnos el calor de su piel?

En Imágenes paceñas, Jaime Saenz  explica: "Lo que aquí interesa es la interioridad y el contenido, es espíritu que mora en lo profundo y que se manifiesta en cada calle y en cada habitante, y en el que seguramente ha de encontrarse la clave para vislumbrar el enorme enigma que constituye la ciudad que se esconde a nuestros ojos”. 

La ciudad que trasciende, la que nos trasciende.

1. San Francisco

Iglesia, religión, rito. San Francisco supera su condición de basílica y centro ceremonial católico. No porque le falte belleza y patrimonio arquitectónico al más hermoso templo de la ciudad, sino porque en su amplio atrio y sus alrededores se ha gestado y se escribe incesantemente la historia de la ciudad y el país. Más aún, en ese contexto abigarrado que es el mejor testimonio de la multiculturalidad boliviana, transcurre al menos algún retazo de la vida de todo habitante de esta capital.

San Francisco es, pues, piedra esculpida, luminosidad omnipresente, contrición del pecado, pero a la vez, bullente testigo de lo que somos, desde nuestros grandes discursos y acontecimientos, hasta el pedestre ajetreo del día a día, que, por lo demás, no suele conmoverse con su belleza, sino cuando la añora a la distancia.

2. La calle Sagárnaga y la calle de Las Brujas

El sincretismo es, en estos lares, carne viva. Nuestro pretendido cosmopolitismo se topa de bruces con esa necesidad siempre presente de encontrarle preguntas a las respuestas que ya conocemos. Aquí, en algunas cuadras especialmente dispuestas para el turista que devora el festín que se le prepara, los paceños también son devoradores de magia, fetiche y misterio. 

En medio de artesanías que apenas siguen modas e innovaciones, y que se perpetúan en el aguayo y algunas ya tradicionales figuras totémicas, están los amuletos, los embrujos y los oráculos andinos. Imposible resistir al ritual pachamámico, o dejar de doblegarse alguna vez ante la superstición o el remedio infalible a los males que la modernidad nunca podrá resolver.

3. La calle Jaén y el casco viejo

Como una postal detenida para la nostalgia, la calle Jaén ha permitido que se la conserve a contramano de la sed de depredación de todo vestigio histórico y patrimonial de la que no han querido librarse las autoridades de esta ciudad. Mientras, como cartas de un castillo de naipes han ido cayendo las construcciones que alguna vez dieron identidad a   La Paz, la calle Jaén y sus alrededores siguen de pie, como para atestiguar un pasado quizás mejor.

Son calles de un adoquín casi prehistórico y de casas coloniales que ahora optan por acoger reliquias de museo, pero son también espacio para el disfrute de la noche y todas sus veleidades.

4. El Valle de la Luna y la Muela del Diablo

Los loteamientos - los espurios y los de cuello blanco-  asedian sin prisa ni pausa la corona de montañas que custodia  la hoyada paceña. Lo que antes era horizonte, hoy son intrincados barrios que aparecen de la mañana a la noche como en un acto de magia. Y crecen.

Pero, esta onda expansiva de urbanización  no puede, afortunadamente, con aquella cordillera arcillosa y de erosiones inasibles de la que son parte algunos cerros.

El Valle de la Luna profundiza sus cráteres para alejarse de la civilización, y la Muela del Diablo se erige cada vez más indómita, aunque sus faldas ya tengan dueño.

Así, en ambas y desde ambas, se puede contemplar a la distancia lo bello y lo doloroso, y respirar ese aire que sólo a más de 3.600 metros tiene sabor a libertad absoluta.

5. El mercado Rodríguez y los tambos

En tiempos de Made in China y contrabando express, cuando las cadenas de supermercado ofrecen más barato y con factura, pareciera que la casera y la oferta de los tambos entraría en un triste desuso.

No es así. El mercado Rodríguez y los tambos que lo circundan están más vivos que nunca y su oferta sigue siendo jugosa y seductora. Claro, ya no es posible el aparapita para acarrear las arrobas de papa y la cuartilla de cebolla, pero están los ayudantes, algunos provistos de carritos jalados por bicicletas, y los minibuses, que ahora están obligados al control de calidad.

6. Los miradores: Killi Killi y Laikacota

Hay ciudades que tienen el verde, otras el mar. La Paz atesora la altura y con ello la capacidad de sentirse encima del mundo. Por si no fuera suficiente, descender de las laderas contemplando las lucecitas de la noche como alfombra de colores, están los miradores que se ofrecen para permitirnos creer que el cielo puede ser tocado con las manos.

Algunos, como Laikacota, además resguardan secretos de batallas y muertes heroicas,  ahora sirven de espacio de diversión para las familias y sus paseos dominicales; otros, como  el de Killi Killi, se esconden en medio del caos del ruido y el tráfico como para demostrar que otra realidad es posible.

7. Sopocachi

Aquí sí se explaya sin disimulo la nostalgia. Y es que el barrio de la bohemia se ha ido arrinconando a unas pocas casas y cuadras, avasallado por la impersonalidad de construcciones monumentales.

Aún así, Sopocachi es un saldo de paceñidad para quien quiere verlo y esa voluntad se hace evidente en sus plazas del Montículo o Abaroa, o en la discreta burguesía de la Ecuador.

Trasciende La Paz y sus lugares. Aunque pronto éstos sean otros, los que fueron no dejarán de serlo. Es la esperanza.

O nuevamente  citando a Borges en su (por él repudiado) El tamaño de mi esperanza: "Nuestra famosa incredulidad no me desanima. El descreimiento, si es intensivo, también es fe y puede ser manantial de obras”.
 
 
 
 
 
 
 

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