Vista al mar

En 1879, Chile lanzó su ofensiva. Tras la guerra y la firma del Tratado de 1904, Bolivia quedó enclaustrada. Pero en 1910, surgió el impulso que guía el objetivo del país de retornar al Pacífico para no vivir encerrado entre las montañas.
sábado, 06 de agosto de 2016 · 00:00
Pablo Peralta Miranda 
Página Siete / La Paz
 
  "¡Adiós, año 1878,  con tu cortejo de peste, hambre y muerte, luto y orfandad! ¡Salve, año 1879! Al pronunciar tu nombre huyen del lacerado espíritu, la amargura y el dolor. El corazón se llena de ilusiones y esperanzas”.

  Este  escrito se publicó en  el periódico El Heraldo. La frase fue recogida por el historiador Roberto Querejazu Calvo en  su libro Guano, Salitre y Sangre.  No obstante, a contramano de los deseos que se expresaban en aquel texto para el año 1879, los acontecimientos posteriores (desde la guerra, pasando por  la firma del Tratado de 1904, hasta la  búsqueda de Bolivia para lograr una salida soberana al mar) convirtieron a esa fecha  en  una referencia dolorosa e ineludible. 

  La invasión chilena (14 de febrero de 1879) fue precedida por problemas como un terremoto, la peste, el hambre y la sequía, factores que pusieron en una situación complicada  a la economía del país. La Bolivia de entonces, gobernada por el presidente Hilarión Daza, decidió establecer un impuesto de 10 centavos por quintal exportado a la empresa chilena que operaba en esa zona del Litoral, como una medida para paliar el mal momento.

"Como consecuencia de estos desastres, el Gobierno de Bolivia solicitó a la empresa anglo chilena Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta el pago de 10 centavos por cada quintal de salitre exportado, a fin de generar recursos ante las catástrofes naturales que habían afectado a la región”, se lee en  El libro del mar.

No obstante, pese a los intentos del Gobierno de Daza para  cobrar el tributo, la firma rechazó el pago y la situación llegó a tal grado de tensión que el Ejecutivo  nacional decidió  embargar  los bienes de la compañía  e incluso, de forma posterior,  resolvió el contrato de concesión. Aquello fue el detonante.  Chile, que defendió los intereses de esa empresa, se  lanzó a la toma de territorio nacional. 

"El 14 de febrero, tropas chilenas tomaron por asalto el Puerto de Antofagasta”, fue uno de los titulares que difundió el diario El Comercio sobre la invasión de los soldados chilenos a aquel emblemático atracadero boliviano en 1879. La noticia se dio a conocer por ese matutino el 28 de marzo.

 A las ocho de la mañana de aquel día nefasto, efectivos chilenos  habían bajado de las embarcaciones, para luego avanzar en marcha hasta la plaza Colón,  así describió el inicio de la arremetida el  corresponsal de El Comercio. "Después de un cambio de notas entre el prefecto y el jefe de las fuerzas chilenas, las autoridades bolivianas se asilaron en el Consulado del Perú. Previamente el prefecto, coronel Severino Zapata, entregó una proclama de protesta a nombre del Gobierno de Bolivia, que se publicó en forma clandestina en esa misma tarde”, redactó el cronista del  rotativo.  



La defensa de Calama

Tras ocupar el puerto de Antofagasta, las tropas invasoras tomaron Caracoles y  también Cobija y Tocopilla, pero fue en  la localidad  de Calama donde se encontraron con una resistencia sui géneris. Un conjunto de voluntarios organizó un grupo de defensa de ese territorio con un total de 135 hombres. Aunque no lo consiguieron, la epopeya pasó a la posteridad como la primera batalla de la Guerra del Pacífico; y  quedó un número marcado para la historia: el 23 de marzo, la fecha en la que ocurrió  la escaramuza.  
 

 Ladislao Cabrera lideró ese bloque defensivo boliviano.  Una persona que se destacó entre los integrantes de aquel  cuerpo  fue Eduardo Abaroa Hidalgo. Andrés Lizardo Taborga, uno de los voluntarios que logró sobrevivir al ataque,  escribió  el testimonio Apuntes de la campaña de 50 días de las Fuerzas bolivianas en Calama. 

En ese texto,  entre otros detalles, relató algunos pormenores del lance.  "En la madrugada del 23, horas seis, se presentó el enemigo descendiendo en masa del llano del camino carretero hacia la vega de Calama…”, redactó Taborga. Luego, describió que a las ocho de la mañana inició el choque "más encarnizado que tendrá  que registrar nuestra historia, porque cada boliviano, cual otro hijo de Esparta, peleó contra 15 rotos forajidos”. 

En el combate, murió Abaroa, quien pronunció aquella emblemática respuesta ante la exigencia de capitulación de los chilenos: "¡Que se rinda su abuela, carajo!”.

Emerge el bando aliado 

Con el avance de Chile en territorio nacional,  los gobiernos de Bolivia y de Perú decidieron poner en marcha el tratado que habían firmado en secreto en 1873 para combatir de forma conjunta una agresión. De esa manera se consolidó el bando aliado. 
 
En noviembre de 1879, en la localidad peruana de Pisagua, ambos estados dieron la primera muestra de defensa conjunta. No obstante, los soldados chilenos tomaron esa población   pese a la  férrea defensa.

Tras los errores tácticos y estratégicos, el triunfo de Bolivia y Perú en Tarapacá pareció mostrar  una luz en el camino. Sin embargo, en el balance pesaron  más los fracasos. En el caso de Bolivia se armó una conspiración en contra del presidente Daza, quien en diciembre de ese año fue depuesto. En el caso peruano, el presidente Mariano Prado decidió viajar a Europa a comprar supuestamente blindados para la armada de su país.

En Bolivia, Narciso Campero asumió la presidencia de forma provisional el 19 de enero de 1880. El militar fue quien comandó las tropas en la batalla del Alto de la Alianza, la última del conflicto bélico para Bolivia. La contienda inició el 26 de mayo de 1880.

Tras la guerra y una serie de episodios, Bolivia y Chile suscribieron el Tratado de 1904, documento que selló la mediterraneidad nacional. Pero un hecho de vital trascendencia  sucedió en 1910. El expresidente Carlos D.
 
Mesa lo narra en su libro La historia del mar boliviano, cuando relata que Daniel Sánchez Bustamante, el entonces ministro de Relaciones Exteriores, definió la línea maestra de la nueva política exterior sobre el mar cuando redactó el memorándum del 22 de abril de 1910:  "Bolivia no puede vivir aislada del mar, ahora y siempre, en la medida de sus fuerzas hará cuanto le sea posible por llegar a poseer por lo menos un puerto cómodo sobre el Pacífico”. Y en efecto Bolivia, desde entonces, está "vista al mar”.

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