Derrotaron al Che y ahora luchan contra el olvido y la discriminación

No les permiten desfilar ni les hacen homenajes. No reciben renta ni tienen una sede propia. Los rangers que capturaron al Che comandados por Gary Prado hoy salen de la sombra.
domingo, 8 de octubre de 2017 · 12:01
Mery Vaca /La Paz

Teófilo S. aún se pone nervioso cuando recuerda aquella mañana del 9 de octubre de 1967 cuando le tocó disparar a uno de los hombres de la guerrilla del Che Guevara, en la quebrada de El Churo, mientras su compañía hacía el rastrillaje de la zona, un día después de la captura del hombre más buscado por las Fuerzas Armadas de Bolivia. Tenía 17 años. 
 
"Le di el tiro y me di cuenta y comencé a temblar, y murió”, recuerda mientras 13 compañeros de batalla lo escuchan en silencio en un pequeño cuarto que da a una calle del barrio Cordecruz de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.

En esa habitación, que bien podría ser una tienda de abarrotes porque tiene hasta persiana en la puerta, los integrantes de la Federación de Veteranos Rangers de Santa Cruz se reúnen el primer sábado de cada mes para recordar las glorias pasadas, hacerse compañía en la vejez y lamentarse porque se sienten acusados por el gobierno de Evo Morales de ser los "asesinos” de los guerrilleros y discriminados por los actuales jefes de las Fuerzas Armadas, que prefieren mantenerlos al margen de la vida institucional para no poner en riesgo sus carreras.

Una tarde de junio, 14 de los 30 integrantes de la federación están sentados en semicírculo en sillas de plástico para recibir a Página Siete en la "sede” temporal de la entidad, que funciona en la casa del presidente de turno y donde un estandarte con el escudo de Bolivia es la única señal de que esa reunión es algo más que un club de amigos sesentones.

Teólifo S., cuyo nombre completo se guarda en reserva, igual que el de los demás veteranos de Ñancahuazú a pedido de ellos mismos para evitar posibles represalias, relata que al día siguiente de la captura del Che, las secciones de soldados ingresaron al lugar del combate para "recoger muertos y para llevarlos a la escuelita de la Higuera”. Pero, no sólo había muertos, por lo que luego de ver la cabeza "del enemigo”, apuntó el arma y disparó.

Eran las horas en las que, en la ciudad de La Paz, se estaba definiendo la suerte del Che, que sería ejecutado pasado el mediodía en la escuelita de la Higuera.

El segundo líder de la revolución cubana había llegado a Bolivia para iniciar una guerra que, en sus planes, luego irradiaría a Argentina (su patria), a Perú y al resto de los países de la región e, incluso, al mundo entero, de tal manera que pudiera desplazar al imperialismo estadounidense e implantar el modelo cubano.

No era poca cosa lo que se proponía y para eso traía las credenciales de haber sido uno de los comandantes de la exitosa revolución cubana, donde descubrió que su verdadera vocación era la guerra y no la medicina. Pero, traía también a cuestas un fracaso, el del Congo, de donde había tenido que salir huyendo.

El Che, ese hombre que hubiera podido quedarse en Cuba a disfrutar del poder conquistado, pero que en cambio decidió continuar haciendo revoluciones por el resto del mundo, tenía la fama de ser un estratega militar incomparable, que no solo había demostrado valor en la guerra de guerrillas, sino que había teorizado sobre la misma, de tal manera que tenía una especie de recetario para salir triunfante de cualquier batalla, titulado Guerra de guerrillas, y una versión mejorada de éste, conocido como Guerra de guerrillas: un método.

Sin embargo, al cabo de nueve meses de peregrinar por los montes del sureste de Bolivia (de enero a los primeros días de octubre), tiempo en el que pudo anotarse un par de emboscadas exitosas, caía ante los soldados bolivianos, unos imberbes de 15 a 17 años que habían sido entrenados por los Rangers Boinas  Verdes de Estados Unidos, que, a su vez, eran veteranos de Vietnam. Esos jovenzuelos son ahora hombres maduros, cuyas edades oscilan entre los 65 y los 67 años, y quieren contar su historia.

Luis B. reconoce que estaban ante unos guerrilleros "bien preparados” porque eran veteranos de la Sierra Maestra y del Congo, y muchos eran oficiales del Ejército cubano. "También nosotros teníamos ese entrenamiento capaz de terminar con las guerrillas gracias a los instructores de la guerra de Vietnam”, por tanto, "la lucha ha sido igual, eran expertos y se han metido con expertos”, dice orgulloso Luis B.

Este soldado, que carga consigo un enorme legajo de documentos, entre los que hay revistas y periódicos de la época, va un poco más allá y dice: "Tal vez nosotros éramos mejor que los guerrilleros por eso tenemos la boina verde”. De hecho, durante las entrevistas, algunos de los soldados lucen, orgullosos, la boina verde de los rangers.

El "guerrillero” Gary Prado

Así como los soldados se sentían preparados para terminar con la guerrilla del Che, los oficiales con mayor razón porque habían empezado a recibir instrucción mucho antes de que Bolivia estuviera en los planes del Che, cuando ya estaba claro que Cuba quería extender su modelo por el resto del mundo.

El ahora general retirado Gary Prado cuenta una ironía en su vida. En 1962 se entrenó, también con oficiales estadounidenses, en la zona de los Yungas de La Paz, donde le tocó hacer el papel del jefe guerrillero.

Prado vive en el barrio Urbarí de Santa Cruz rodeado de un mundo de recuerdos, entre los que, según dice, no hay ningún trofeo de la captura del Che. No hay una foto con él, no hay el rolex del Che que le achacan, no está su cinturón, mucho menos un mechón de sus cabellos. En cambio, hay una pared llena de fotografías, en las que se muestra, de un lado la vida militar de Prado y, del otro, su experiencia política, como militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y luchador por la democracia.

Sentado en su acostumbrada silla de ruedas conversa con Página Siete sobre aquella experiencia en la que le tocó ser como el Che, un jefe guerrillero, aunque solo fuera por tres semanas.

Él era teniente, como otros 49 que participaron del curso antiguerrillero en el colegio militar de La Paz, donde llegó un equipo de Boinas Verdes de EEUU para entrenar a los militares bolivianos. "A mí me nombraron el jefe de la guerrilla, me divertía, tenía 20 cadetes, y con dos oficiales, nos metimos. Les dije ustedes de esta esquina disparan contra la columna, eso va a paralizar la columna”, cuenta Prado con la sonrisa de quien ha incurrido en una travesura.

En los 40 kilómetros que separan de Unduavi a Yolosa, la guerrilla de Prado ejecutó cinco acciones a los militares en un solo día. Cuando cayó la noche, los falsos guerrilleros empezaron a aplicar una estrategia de hostigamiento hacia el campamento militar. "No los dejamos dormir esa noche y al día siguiente parecían fantasmas”, recuerda. 

Al cuarto día, un oficial le pasa un mensaje a Prado para decirle que el jefe del grupo estadounidense quería hablar con él. La cita era para pedirle una tregua para que los uniformados durmieran un poco. Así lo hizo, pero al final Prado pudo anotarse una victoria revolucionaria sobre sus camaradas, aunque fuera solo para el entrenamiento.

Precisamente por eso, Prado se pregunta hasta ahora por qué el Che no aplicó una estrategia ofensiva en contra de los militares y se limitó a deambular por la zona y a escapar de las tropas bolivianas.

La preparación de los militares bolivianos en tácticas antiguerrilleras, sin embargo, sería completada el mismo año 1967, cuando el Che ya había iniciado las hostilidades en Bolivia y se había anotado al menos dos victorias importantes con las emboscadas de Ñancahuazú y de Iripití.

Ante un Ejército desorganizado, carente de estrategia y de recursos, Estados Unidos decidió enviar un grupo de oficiales al mando del mayor Raplh W. Shelton, más conocido como Pappy Shelton, para entrenar a los que serían los rangers bolivianos. 
 
En su libro La guerrilla inmolada, el general Gary Prado desmenuza la teoría que el Che había escrito sobre la guerra de guerrillas para llegar a la conclusión de que en Bolivia no había podido aplicar ni una sola de sus recetas. "Todito lo hizo la revés”, dice Prado y el claro ejemplo es que nunca pudo lograr que un solo campesino se incorpore a la guerrilla o que le brinde su apoyo en favor de la causa. En su diario, el Che reconoce este extremo y llega a decir, en su evaluación del mes de abril, que neutralizará las acciones de los lugareños mediante el terror. "La base campesina no se ha desarrollado aunque parece que por medio del terror planificado podremos neutralizar algunos; el apoyo vendrá después. No se ha obtenido un solo enrolamiento (boliviano)”, escribe.
 
A pesar de la soledad y vulnerabilidad en la que estaban los guerrilleros, las Fuerzas Armadas tardaron casi siete largos meses (de marzo a octubre) en lograr el triunfo, con la captura y posterior ejecución del Che.
 
Guevara decía, en sus reflexiones teóricas sobre la guerra de guerrillas, que por cada guerrillero muerto, se cuenta un promedio de 10 militares caídos.
 
No fue el caso boliviano, donde, según Gary Prado, la relación fue casi de uno a uno. Según dice, cayeron 54 miembros de las Fuerzas Armadas, mientras que del lado de la guerrilla eran 52 en su mejor momento, aunque seis sobrevivieron. Por este motivo, él califica a la campaña de Ñancahuazú como un "éxito militar”.
 
Los soldados que lograron esa hazaña son los que ahora lamentan el trato que reciben tanto del Gobierno como de las Fuerzas Armadas.
 
Ellos son quienes contribuyeron a darle a las Fuerzas Armadas bolivianas una de las pocas victorias históricas que se han anotado.
 
"Lo hemos hecho tan bien y no somos nada para el Ejército boliviano. No quiero hablar del Gobierno, no nos interesa, pero nos han disminuido a lo mínimo a nivel nacional, por situaciones políticas”, dice resentido Luis B.
 
Explican los soldados de aquella época que antes del gobierno de Evo Morales eran recibidos como héroes en el cuartel del Regimiento Rangers de Montero cada 8 de octubre, recordando la victoria sobre la guerrilla. "Nos atendían bien, como soldados, pero de un tiempo a esta parte no quieren saber de nosotros, parece que tienen instrucciones”, cuenta Auro S., otro soldado de Ñancahuazú.
 
Esa fecha solían desfilar, pero esa actividad ha sido suprimida y, según dicen, los nombres de algunas calles han sido cambiados, porque eran homenajes a los caídos en la guerrilla.
 
Jesús R., otro de los soldados, asegura haber conversado con un oficial al que le reclamó por esta actitud, a lo que éste le habría respondido que "sus 25 años de carrera se destruyen en 24 horas”, en caso de atender sus demandas.
 
Los soldados rangers que combatieron en los últimos días de la campaña del Che no reciben ninguna pensión del Estado y cada uno se dedica a actividades particulares para poder sobrevivir. Entre ellos hay transportistas, pilotos, abogados, comerciantes y hasta un fotógrafo.
 
Lo único que atesoran entre sus pertenencias institucionales es el reconocimiento que les hizo el Estado, durante el gobierno de Eduardo Rodríguez Veltzé como beneméritos de la guerrilla.
 
La falta de reconocimiento, dicen ellos, puede pasar por alto, pero lo que no les deja dormir es que el Presidente, el Vicepresidente y otros altos dignatarios, se hayan referido a ellos como asesinos de los guerrilleros.
 
El mismo Gary Prado fue acusado hace poco por el presidente Evo Morales de ser "el asesino del Che”, aunque quedó claro en diversos documentos que el entonces capitán capturó vivo al Che y luego lo condujo hasta La Higuera, donde sería ejecutado por órdenes del presidente René Barrientos Ortuño y el alto mando militar. Y, en todo caso, se defienden ellos, estaban cumpliendo con un deber constitucional de exterminar a una fuerza guerrillera extranjera que estaba operando en Bolivia.
 
Prado califica de "sonseras” las acusaciones de Morales y destaca que líderes de opinión de diversas tendencias hayan salido a poner la cara por él.
 
A lo largo de su vida, Prado no pudo dejar de hablar del Che. Escribió un libro titulado La guerrilla inmolada porque tiene la certeza de que a falta de otras alternativas para el Che en Cuba, fue enviado a morir en Bolivia. Es más, se pregunta por qué, sabiendo que las fuerzas militares estaban acantonadas en Vallegrande, la columna guerrillera se dirigía en esa dirección cuando fue cercada y exterminada. Tal vez, el Che buscaba una muerte digna o gloriosa.
 
Pese a que medios nacionales y sobre todo internacionales lo entrevistan frecuentemente sobre la captura del Che, él dice que hizo cosas más importantes en su vida que capturar al jefe guerrillero.
 
Y cita entre esas cosas, su lucha por la democracia boliviana, cuando se levantó contra el dictador Hugo Banzer. "Lo del Che fue una escaramuza, aunque después lo volvieron todo un mito”, dice y explica que eso ocurrió para compensar la derrota del castrismo en la región.
 
Así acabó en Bolivia el sueño del Che de convertir a este país en "el disparo inicial de una nueva guerra mundial que determinaría en última instancia si el planeta sería socialista o capitalista”. Y así está acabando la vida de quienes lo combatieron.
 
Estos días, en que el Gobierno prepara homenajes para el Che, los excombatientes de Ñancahuazú decidieron salir de la sombra para rendirse homenajes a sí mismos, para desfilar y para decir que en 1967 cumplieron con su deber.

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