Moya, el oftalmólogo que devolvió la vista y la luz a miles de ciegos

Tiene 38 años de servicio. Su solidaridad hizo que recorra por todos los rincones de Bolivia para ayudar a la gente, no sólo con cirugías gratuitas, sino con la donación de lentes.
sábado, 23 de diciembre de 2017 · 00:00

Verónica Zapana S.  / La Paz


“Al principio quería ser cirujano de abdomen, pero de repente hubo un giro en  mi vida”, recordó   el oftalmólogo Joel Moya, sentado en el sillón de su  oficina en el Instituto Nacional de Oftalmología (INO),   ubicado en Miraflores, donde  trabaja  hace seis años.


En  1976, Moya egresó como médico general y trabajaba en la Cooperación Minera de Bolivia (COMIBOL) . “Ahí necesitaban un oftalmólogo y como yo era joven, todos creyeron que era el ideal”, dijo el galeno. Relató que debido a ello se postuló en la  especialidad en Brasil, donde ganó. Era el único latinoamericano que ese año optó por la beca, que daba el título de doctorado en Oftalmología.


 “Al ir, en un cuaderno de apuntes que tenía, escribí la promesa de retornar al país para trabajar y servir a la gente aquí”, recordó Moya. No pasó mucho tiempo para cumplir con su promesa, pues volvió, pero se quedó con la amarga realidad de no conseguir trabajo.


Debido a ello, llegó al Instituto Boliviano de la Ceguera (IBC).  “No conocía nada de la realidad de las personas ciegas, porque mi especialidad era otra. Sin embargo, logré empaparme de toda la realidad y escribí  El ciego y la ceguera en Bolivia, libro con el que  hice un análisis de lo que se tiene, se puede hacer y la parte legal de esta población”, contó. 


Pese a que no tenía recursos para su edición, logró imprimir  1.000 textos. Uno de ellos llegó a las manos de un médico norteamericano, quien al conocer el perfil del galeno lo invitó a Sarlek City para participar en el centro de la ceguera. Ahí se convirtió en especialista en rehabilitación de ciegos y trabajó en baja visión.


Ahí también  se realizó un congreso en el que se contó la historia de un oftalmólogo de Centroamérica que iba al área rural a realizar cinco cirugías por día. “Pero aquí nosotros hacíamos 15 o 20 cirugías, casualmente llevé unas fotografías de ese trabajo y un colega me preguntó sobre las fotos, le conté y me presentó al doctor Jackson, encargado de Deseret International,  quien sin dudar  me dio 100 lentes intraoculares”, relató el galeno, nacido en Vallegrande.


Desde entonces su vida dio otro giro de 180 grados. Fue cuando  decidió realizar una labor filantrópica y de solidaridad.


Llegó a Bolivia entusiasmado, ya que sabía que el Club de Leones tenía un plan  para realizar una campaña con ese material, pero no tenía los lentes, pero él consiguió el material. Entonces, recorrió   la mitad a Oruro y  Potosí para “devolver la luz a la gente”. 


Tras retornar de esa travesía en 1979, Moya ingresó a trabajar al INO, donde comenzó a realizar su labor social, ya que estaba encargado de Ayuda a la Comunidad. Desde entonces el oftalmólogo realizó cientos de viajes por todos los rincones del país buscando personas con cataratas, glaucoma y corneas, entre otros males de la visión para operarlos y si es posible devolverles la visión.


“Lo que recibo en besos, abrazos y cariño es lo más importante para mí”, dijo  el oftalmólogo que durante 38 años devolvió la vista a más de 5.000 personas bolivianas y de escasos recursos. En la mayoría de los viajes  sólo es suficiente un gracias”, indicó, ya que el 90% de su trabajo fue gratuito.

Además, regaló 20.000 lentes y atendió a tres  millones de pacientes.


Pese a que hasta el momento tiene cerca de 400 reconocimientos de diferentes autoridades, las que más le satisfacen son las alegrías de la gente. Una de ellas fue cuando viajó a Santa Ana de Yacuma.

“Ahí hicimos las cirugías en un kínder, porque no tenían un quirófano”, explicó y recordó que al día siguiente de la operación acudió donde los pacientes. “Cuando le sacamos la venda a uno de ellos, y volvió a ver, lo primero que dijo ‘Oye vieja, qué bien todavía habías estado”, ríe el especialista, quien vivió su niñez y juventud en Uncía.


Sin embargo, detrás de ellos estaba un hombrecito, conocido como  un borrachito, quien no paraba de llorar. “Me asusté, creí que no me fue bien en la cirugía, pero luego cuando me acerqué me dijo, ‘gracias doctor, de tanto tiempo volví a ver y lloro de emoción’, mi voz se partió”, recordó y en ese momento su voz se quebró y se puso a llorar.


El “doctorcito”, como todos cariñosamente le dicen, es director desde hace seis años en el INO, tiempo en el que hizo que el nosocomio mejore notablemente, ya que de los ocho consultorios que tenía, ahora tiene ocho más de especialidad, además del Banco de Ojos y quirófano de punta, el departamento de baja Visión, la óptica y su westlab (para que los galenos se especialicen).


“Ahora estoy convencido de que la vida me preparó para ejercitar esta humilde y linda profesión”, concluyó el especialista.

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