En Cochabamba se combate el cáncer hasta con un mercado

La Fundación Oncofeliz apoya con pasajes, sangre, exámenes e internación. Un acuerdo permite que los niños tengan acceso a seis medicamentos, pero no alcanzan.
jueves, 18 de octubre de 2018 · 00:04

Wara Arteaga / Cochabamba

“Gracias a la población se hizo todo esto”, asegura Dalsy Serrano, mientras muestra la infraestructura donde se atienden a los niños con cáncer. La edificación fue construida en el complejo hospitalario Viedma, de Cochabamba, pero este nosocomio sólo dio el terreno para implementar esta especialidad.

Antes de la construcción de este edificio, Serrano, representante de los padres de niños con cáncer, cuenta que el área de oncología consistía en dos cuartos prestados de otorrinolaringología. Era 2015 y esta situación era mucho mejor, comparada con años anteriores.

“Antes no había servicio de oncología pediátrica. La doctora atendía en el pasillo, era ese ambiente donde los niños se preparaban para la quimioterapia, incluso algunos recibían sus sesiones en ese lugar, que era además de internación. Hasta el escritorio de esa doctora era en el pasillo”, recuerda Carla Alejandra Frías, representante de la Fundación Oncofeliz.

Ante esa situación, se consiguió el préstamo de las habitaciones, una de ellas fue destinada para internación. Tenía seis camas para 20 niños que recibían el tratamiento.

A pesar de las mejoras que se implementaron desde esos años, el hacinamiento de pacientes continúa porque aún se tiene una lista de espera para los que necesitan internación.

Ahora el oncológico pediátrico Manuel Asencio Villarroel, del Hospital Viedma, cuenta con 24 camas, 18 para internación y seis para aislados, pero sólo funciona la mitad (12), porque el personal no da abasto. La lista de espera continúa.

Serrano cuenta que a simple vista el hospital se ve bello y grande, pero no tenemos especialistas, como cirujanos, psicólogas y enfermeras. Las mañanas no alcanzan para atender a los niños.

“Tenemos 12 niños internados, hay tres salas de seis camas, los aislados son seis, son casi 25 camas. Hay muchas personas en espera, pero no hay capacidad. La persona que se encarga de la quimioterapia debe controlar cada cinco minutos a los que reciben el tratamiento, además tiene que cuidar a los que están internados, algunos niños se sacan las agujas”, comenta Serrano.

“Salíamos a la calle con nuestros ánforas”, recuerda Ana Yanque, quien tiene un niño que ya cumple su tercer año de tratamiento. Por su pequeño (que entonces tenía siete años) ella abandonó a su primogénita de nueve y se vio obligada a buscar ayuda del hombre que un día la abandono con sus hijos.

Hoy, Yanque está sentada en la puerta del hospital, a su lado descansa una caja de cartón vacía. Le fue bien porque vendió todos los panes que trajo y con el dinero pagará aunque sea la consulta con el médico.

Una paciente con cáncer vende alfajores en el hospital.

“Nuestra mayor prioridad es dotar de medicamentos, que es lo más importante, apoyamos también con insumos, ropa, víveres, material escolar y tratamos de cubrir necesidades que se van presentando”, detalla Frías.

Gracias a un convenio entre los padres de los pacientes y el Ministerio de Salud, la entidad se encarga de apoyar con seis medicamentos a los niños con cáncer, pero incluso con esa ayuda el gasto de las familias es muy elevado.

“Pagué 56.000 bolivianos. Dios mediante me ayudó. Todo depende de la fe”, asegura Serrano. Su hija tiene 14 años, cuando ingresó al hospital tenía 11, en esa época la niña estuvo inconsciente durante tres meses. Esa internación terminó con el ahorro de la familia, que pensaba construir una casa. Ahí conoció muchos casos como los de su familia y la lucha de ella en busca de apoyo se convirtió en la bandera de otras familias.

“Primero pensé que mi hija se iba a morir. Con esa idea ya no tienes ganas de seguir adelante o pensar en qué puedes hacer. Mi esposo quería que la desconecten y yo no. Sentía que me escuchaba. Ingresó pesando 30 kilos, me la recogí con 17 kilos”, recuerda.

“Acá vienen de todo lado. Cuando alguien nuevo llega es registrado para que reciba apoyo. Le explicamos cómo es la situación”, dice Serrano. La fundación paga la internación, la sangre y algunos medicamentos.

Pese a todos los esfuerzos de la fundación, muchas familias se quedan sin dinero y no tienen ni para comer. Ante esa situación, algunas optan por vender productos alimenticios, como jugos y panes, incluso instalan improvisados puestos de comida en el patio del hospital. “A veces llegan, no saben o no quieren reconocer que el cáncer es algo serio. Cuando te sucede primero te preguntas por qué te pasa esto. Después la situación cambia y dices para qué continuar”, lamenta.

Los logros en equipo de la Fundación Oncofeliz, desde hace seis años, han sido diversos, pero también pasan por momentos de impotencia, como cuando hay bajas o muchos abandonan los tratamientos.

Los padres también viven una constante desilusión. “Cuando dicen que viene ayuda, nosotros estamos alegres, quién no quiere una ayuda, si con los tratamientos te cobran 26.000 o 50.000 bolivianos. Pero a veces no vuelven”, explica Serrano.

“Tenemos muy buena relación con la doctora Beatriz Salas, ella avisa cuando un niño no vuelve a la quimioterapia. Entonces vamos a visitar las casas, algunos no van a sus tratamientos por falta de pasajes. Entonces, cubrimos ese monto, otros necesitan desayuno y alimentación, les ayudamos para que no abandonen sus tratamientos. Los niños quieren, pero los padres no tienen los recursos económicos”, cuenta Frías.

Las familias de niños con cáncer del área rural sufren porque no tienen dónde establecerse en la ciudad, muchas veces sus niños requieren tratamientos que duran muchos meses.

Felipa Herbas vende comida en la puerta del nosocomio.

“A veces los medicamentos que dota el Gobierno no alcanzan ni para dos semanas”, lamenta Frías. La fundación que representa apoya a los 46 niños con cáncer. “Tengo entendido que en Santa Cruz hay muchas fundaciones que les ayudan incluso con la internación o la sangre”, explica sorprendida.

Es que en Cochabamba, Oncofeliz es la única que se bate “como puede” para apoyar a esta población.

Como una manera de conseguir más recursos, nació el mercado de viernes. Es por turnos, dos madres, las que más gastos tienen, son seleccionadas para preparar comida, jugos y vender ropa. Cada viernes se escoge a alguien diferente. Todos necesitan.

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