Pisiga- Colchane, la “frontera caliente ” de los chuteros

El pueblo chileno de Panavinto, ubicado al lado del paso fronterizo más activo de Sudamérica (Pisiga- Colchane) es una zona que sigue siendo clave para contrabandistas y ladrones de vehículos .
jueves, 19 de diciembre de 2019 · 00:00

Panavinto es un pueblo de 10 casas de adobe y paja que existe desde antes que se fundara Chile, o Bolivia, o la frontera que los separa. Ahora, por cuestiones geopolíticas Panavinto quedó estratégicamente ubicado al  lado de uno de los pasos fronterizos más activos de Sudamérica: el de Pisiga-Colchane.

Personas, dinero y comercio, del legal e ilegal, cruzan de un lado a otro sin detenerse, ni siquiera cuando la aduana está cerrada. Panavinto está a unos ocho kilómetros del límite fronterizo, en medio de una pampa rasgada por el viento altiplánico. 

Dos adultos aimaras que bordean los 90 años son los únicos habitantes que persisten en Panavinto. Sus nueve hijos se turnan para ir a verlos y dedicarse a la siembra de quinua y papa. 

También al pastoreo de corderos y ovejas. De noche soportan los cinco grados bajo cero que caen sobre el desierto. Y tratan de no meterse en otros asuntos. Por eso, prefieren no mirar a los chuteros cuando utilizan los dos caminos que rodean el poblado para cruzar la frontera.

“En el día andan, en la noche también… es su negocio, años trabajando en esto”, dice Marcia sentada afuera de su hogar. 

Es la mañana del primer viernes de agosto y una caravana de cuatro vehículos chutos pasa alrededor de Panavinto con dirección a Bolivia. “No meter con ellos”, recalca Marcia.

Un nieto de Marcia, que no quiso identificarse por seguridad, lamenta por teléfono los robos que han sufrido de ladrones de vehículos: “Antes había un sistema radial, pero se llevaron todo: las antenas, radios y baterías. Después las placas solares e intentaron robarse una camioneta, pero como estaban mis tíos, se enfrentaron a los bolivianos”. 

Agrega que la familia ha tratado de convencerlos para que se muden a la ciudad de Alto Hospicio, a casi cuatro de horas de Panavinto y a 10 minutos de Iquique, “pero están acostumbrados a la vida de allá arriba”, a 3.700 metros de altitud.

Los vecinos más cercanos de Marcia y su esposo son no más de tres familias en el pueblo de Ancovinto, población en la que también abundan las casas deshabitadas y que está a 10 minutos en vehículo. A 25 minutos de Panavinto queda Cariquima, donde el Ejército chileno instaló una unidad militar en 2015 para resguardar la frontera. A 40 minutos está la unidad más cercana de Carabineros. 

A las 15 horas del jueves 8 de agosto otra caravana de chuteros, esta vez de 23 vehículos retirados de la Zona Franca de Iquique, sector industrial a cuatro horas de Panavinto, pasó alrededor del hogar de Marcia, pero un contingente de carabineros y militares la detuvo. 

Sin embargo, como el Servicio de Aduanas no había denunciado, la banda conformada por 27 bolivianos -11 de ellos habían ingresado ilegalmente a Chile- quedó libre, a pesar de ser detenida a tres kilómetros de Bolivia por el delito de contrabando, que considera penas de entre 61 días a tres años de cárcel, y multas de una a cinco veces el valor de lo incautado.

“Los vehículos ‘chuteros’ son los que se comercializan en la Zona Franca de Iquique y tienen como destino Colchane, por lo que pueden moverse por toda la comuna, sin salir del país, pero cometen el delito de contrabando porque son ubicados en caminos y sectores no habilitados cercanos al límite con Bolivia y se presume que quieren cruzar ilegalmente la frontera”, explica el subprefecto rural de Colchane, Cristian Monroy.

Hardy Torres, fiscal jefe en El Tamarugal, provincia que incluye la comuna de Colchane, agrega que ningún “chutero” detenido por contrabando puede ser formalizado e investigado sino existe antes una denuncia del Servicio de Aduanas.

Carabineros informó que en julio otro operativo evitó el cruce de once contrabandistas con once autos por un camino que rodea los pueblos de Ancovinto y Panavinto. El subprefecto rural añade que entre enero y la segunda semana de agosto arrestaron a 78 “chuteros”, 67 bolivianos y 11 chilenos, y recuperaron 85 vehículos indocumentados. En el aparcadero de la subcomisaría de Colchane hay decenas de autos “chutos”.

El negocio está lejos de acabarse y algunas zonas de Colchane siguen siendo clave para los contrabandistas y ladrones de vehículos. Pisiga Choque y Pisiga Centro, pueblos que miran las aduanas de ambos países por ubicarse a un costado de ellas, funcionan, según Carabineros, como lugares de encuentro de organizaciones delictivas para la entrega de los autos. Muchos de ellos destinados a los departamentos de Potosí y Oruro (Bolivia), y trasladados de madrugada, la mayor parte de las veces con luz de luna.

Antes de instalarse la unidad militar, hace cuatro años, Cariquima era el lugar de reunión de los “chuteros” y donde los transportes indocumentados partían hacia Bolivia. “Era un punto neurálgico para ellos y uno iba y podía ver 300 autos. A los lugareños les producía cierto temor porque llegaba gente desconocida, que era de distintos lugares de Bolivia, de Santa Cruz, Cochabamba”, dice el consejero regional de Tarapacá, Eduardo Mamani.

Los colchaninos tampoco olvidan el asesinato del chofer de la Municipalidad de Colchane, Fidel García García, de 35 años de edad en 2004, uno de los primeros ataques vinculados a ladrones y contrabandistas de vehículos. Lo hallaron muerto a un costado de la ruta A-97 B, a menos de un kilómetro de Cariquima y a 20 minutos de Panavinto. La Fiscalía de Tarapacá comenzó una investigación por homicidio y robo de vehículo. Según el informe policial, el cuerpo presentaba indicios de haber sido arrastrado tres metros, y lo habrían ahorcado con una cuerda confeccionada con lana de llama. Archivaron el caso en febrero de este año y sigue sin culpables.

Violencia en la frontera

Enfrentamientos entre militares y bandas organizadas, además de asesinatos se han vuelto cada vez más frecuentes en la frontera chileno-boliviana.

A pocos metros del hallazgo de García García, hallaron el cuerpo de otro poblador de Colchane. Esta vez era el cadáver de Ángel Mamani, a quien le dispararon dos veces en la cabeza, en 2009. Sus crímenes comparten en común el robo de sus vehículos. El sector de ambos asesinatos está adornado con coronas y una cruz de flores que simbolizan para los comuneros la crueldad de los delitos, el que ha llegado junto al narco y al contrabando, que afectan a los pueblos fronterizos de Chile y Bolivia.

 “El asesinato de Elías Gómez marcó un antes y un después en los pobladores porque era un buen dirigente y reclamaba por la inseguridad. Varios decidieron trasladarse y poco a poco los pueblitos y caseríos se han ido despoblando”, dice el consejero regional Mamani. Con base en datos de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi), en los últimos cinco años el número de familias de las nueve comunidades de Cariquima, entre ellas Panavinto y Ancovinto, disminuyó de 70 a 49, precisa la autoridad.

360 kilómetros más al sur, en la Región de Antofagasta, en febrero de este año dos chilenos murieron mientras transportaban una camioneta robada a Bolivia. El caso alcanzó revuelo nacional porque uno de los fallecidos -Sebastián Cangri Leiva- era una exestrella de reality show y cantante de reguetón.

Cariquima  es otra ruta de ingreso de los chuteros.

El 20 de febrero Sebastián “Cangri” Leiva cruzó la frontera hacia Bolivia a bordo de una camioneta Toyota 4 Runner. Iba con otras cuatro personas. A dos los conocía desde ya hace un tiempo: Germán Gundián, empresario dedicado a la compra-venta de automóviles, y Sebastián Cornejo. 

Días antes Cornejo había comprado una camioneta en Santiago de Chile, con un documento bancario falso. Gundián y Leiva le ofrecieron venderla en la zona de Uyuni, Bolivia, aprovechando los contactos de Gundián, quien se jactaba de venderle vehículos robados a policías bolivianos.

Partieron de Antofagasta, en la costa chilena. En la ciudad de Calama, a unos 200 kilómetros antes de la frontera, pasaron a buscar a dos bolivianos que serían sus guías por los caminos clandestinos.

Pero una vez en Bolivia, los chilenos fueron abandonados en el altiplano. Dos de ellos -Gundián y Leiva- murieron. Pocas semanas después la policía boliviana detuvo a cinco de sus policías, debido a que serían los compradores de la camioneta robada en Chile en que se transportaba “Cangri”. El caso aún es investigado en Bolivia como en Chile. 

 

El bloqueo fronterizo del gobierno chileno para controlar la llegada de migrantes por el complejo de Colchane empeoró la situación de los pueblos repartidos en esa franja. El presidente de la comunidad indígena de Panavinto, Héctor Flores, dice que ya no pueden intercambiar productos como antes con bolivianos de Pisiga Bolívar, con quienes tenían acceso libre para el tradicional trueque cada 15 días. Marcia y su esposo intercambiaban cuero y lana de su ganado por arroz, fideos, azúcar y carne. Ahora sus hijos tienen que comprarles en Iquique los mismos productos, a cuatro horas de su hogar.

El cierre de un paso ancestral que existe desde antes de que se fundaran las naciones de Chile y Bolivia, usado para el intercambio de productos básicos a un costado de las aduanas, es parte del plan Frontera Segura del gobierno del Presidente Sebastián Piñera, quien visitó Colchane en agosto pasado para dar comienzo al apoyo de las Fuerzas Armadas a las policías en el combate fronterizo contra el narco, el contrabando, la trata de personas y otros delitos del crimen organizado, como el robo de vehículos. Según datos de la Sección Encargo y Búsqueda de Vehículos (Sebv) de Carabineros entre 2015 y el primer semestre de 2019, en Tarapacá se robaron 4.942 automóviles y según el jefe de esta unidad policial, capitán Pedro Mardones, un 30% no es recuperado y termina en territorio  boliviano.

 Explican que si en cuatro a cinco horas el auto no es recuperado, este desaparece. “Hay algunas organizaciones criminales que los ‘encaletan’ (esconden) en la pampa, talleres clandestinos o en domicilios particulares de los delincuentes, para después en caravana llevarlos a Bolivia”, añade.

 A diferencia de Santiago, donde ocurre el robo de vehículos de lujo con violencia y armas de fuego,  conocido localmente como “portonazo”; y de Antofagasta, donde sustraen camionetas 4×4 a mineros, en Tarapacá roban autos de menor valor, de 2 a 3 millones de pesos chilenos (de 2.800 a 4.200 dólares), y sin utilizar violencia. 

Los ladrones actúan de madrugada en la vía pública y utilizan la técnica llamada “chapeo”, que consiste en sacar el cilindro de la puerta del copiloto o del maletero para abrir el automóvil y luego encenderlo con una llave virgen adaptada. 

Hurtan vehículos de entre los años 1995 a 2000, que son usados para transportar personas o mercadería en Bolivia, como los modelos Mitsubishi Delica, Challenger, Pajero y Canter, Nissan Atlas y Condor, Hyundai Porter y Toyota Hilux Surf. 

“Son los vehículos más apetecidos y fáciles de robar por la falta de medidas de seguridad, que sí tiene un auto de alta gama”, dice Mardones.

Entre 2015 y 2018, la Sebv de Iquique desarticuló siete bandas dedicadas a recibir vehículos robados,  para luego traspasarlos a Bolivia y entregar lo prometido a los compradores bolivianos. Según datos policiales, utilizaban adolescentes en la sustracción de automóviles, que recibían un pago promedio de 300 mil pesos chilenos (420 dólares) por vehículo.

 Estas organizaciones lideradas por chilenos y que operan como intermediarios entre el ladrón y el cliente, ganan por auto un millón de pesos chilenos (1.400 dólares) o droga equivalente a la máquina, de acuerdo a las investigaciones de la Sebv.

Están presos los miembros de las bandas conocidas como Nitro, Circa, Retorno, Tuscani, Kamikazes, Madrugadores del Desierto, Los Mejías y Pampa Perdiz. 

Esta última organización la desarticularon en la madrugada del 2 de octubre pasado y detuvieron a tres de sus cinco integrantes, entre ellos un adolescente de 17 años que, según la policía, hurtaba las máquinas en la vía pública. El cuarto ya había sido capturado por portar un arma de fogueo adaptada para el disparo. El quinto, un ciudadano boliviano, está prófugo. 

Carabineros allanó tres casas  de los “chuteros” en Alto Hospicio, donde encontraron siete armas, entre ellas dos subametralladoras, un vehículo robado y 20 llaves vírgenes para sustraer más vehículos. La fiscalía de Tarapacá los vincula a 11 robos de camionetas 4×4 y camiones ¾. Seis de los vehículos terminaron en Bolivia a cambio de dinero o droga. En ocasiones utilizaban el camino del pueblo de Jaiña, donde viven alrededor de 25 personas, de niños a adultos mayores, y está a dos horas de Bolivia. 

Según la Sebv, quedan al menos dos grupos operando en Iquique. Sin embargo, la fiscal Paola Apablaza, jefa de la Sección de Análisis Criminal y Focos Investigativos de Tarapacá, cree que estas bandas seguirán apareciendo si permanece la atractiva mezcla de vehículos chilenos apetecidos en Bolivia y la extensa frontera que permite el traslado irregular de un país a otro. 

Una de las organizaciones perseguidas por Carabineros es una red criminal que sustrae vehículos de alta gama, de entre los años 2016 a 2019, por medio del “portonazo” en Santiago, pero que luego son llevados a Tarapacá, donde los contrabandistas los movilizan con documentos falsos hasta llegar a Bolivia, por pasos no habilitados, o a través de los complejos aduaneros de ambos países. El resto de la investigación sigue en calidad de reserva por parte de la policía.

 

 

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