Adler Kavlin, la familia que multiplicó empresas

Los Adler llegaron antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial; los Kavlin, después de escapar de la Revolución de los Bolcheviques. La Paz los unió y ellos lo dieron todo por esta ciudad.
martes, 16 de julio de 2019 · 00:00

Alcides Flores Moncada Periodista

Raúl Adler Kavlin, hijo de migrantes europeos,  tenía una virtud que –su entorno familiar así lo cree– se convirtió, quizá, en el secreto de su vida empresarial exitosa: creía en la buena fe de las personas, de sus subalternos, aun así le fallaran.

Esta cualidad –la de confiar a veces ciegamente en los demás– nunca dejó de traerle beneficios. Fue para él el imán que atrajo a los mejores profesionales, con los que levantó empresas exitosas una tras otra, hasta incluso poco tiempo antes de fallecer, a finales de 2017 en la ciudad de Santa Cruz, adonde se fue a vivir por razones de salud.

En su casa en la capital oriental, ciudad a la que abrazó hasta el final de sus días, tenía un cuadro gigante del Illimani, la montaña más alta de la Cordillera Real. “Como todo buen colla, añoraba y hacía mención a lo hermoso que es el Illimani”, recuerda su hijo menor.

 Raúl, hijo de Rodolfo Adler, y Luba Kavlin.

Raúl es hijo de Rodolfo, un inmigrante de la República Checa –país de la Europa Central, conocido por sus pintorescos castillos–, y de Luba, una inmigrante de la República de Lituania, país del norte de Europa, cuya capital es famosa por sus rasgos de la época medieval antigua.

El padre de don Raúl llegó apenas unos años antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, y su madre arribó después de escapar de la Revolución de los Bolcheviques, en la antigua Rusia. Se conocieron en una de las tantas reuniones que hacían en esta ciudad los hijos de inmigrantes de ese continente. Ambos hablaban alemán, inglés y español, y en alguno de esos tres idiomas se juraron amor eterno.

Y de esa unión nacieron Raúl e Irma Adler Kavlin. Ella hoy vive en España con sus hijos y nietos. Él, en cambio, vivió siempre en su La Paz natal y, los últimos años, en Santa Cruz.

 Casa Ideas, una creación de Raúl Adler.

El comienzo

Enrique Kavlin, el inmigrante lituano –abuelo materno de Raúl–, fue el que dio el primer paso en la creación de empresas de esta familia en la sede de Gobierno. Fue él quien emprendió la empresa Tabacalera, después de fracasar en su intento por establecer un negocio de fósforos, como ya lo había hecho en Lituania. Don Enrique ingresó en el rubro del tabaco de la mano de su yerno Rodolfo, el padre de Raúl.

La Compañía Industrial de Tabacos se instaló en la avenida Montes, luego todo el aparato logístico fue trasladado a Achachicala y la fábrica se estableció finalmente en Santa Cruz.

Al poco tiempo de comenzar el negocio, Enrique y Rodolfo lo convirtieron en uno de alcance nacional, después de conseguir franquicias de marcas internacionales y de dar origen a varias marcas nativas como Astoria, Derby, Casino y Camba. Y con Raúl la tabacalera se consolidó como una empresa nacional.

Una vez dado ese gran paso –el de convertir ese emprendimiento en un proyecto  nacional–, don Raúl y su equipo se embarcan en un nuevo negocio que años después se convertiría en otro gigante: Aidisa SA, que es hoy una de las distribuidoras más grandes de Bolivia.

Inicialmente Aidisa se centró en la distribución del tabaco, pero paulatinamente se fue transformando en una unidad de negocio independiente que comenzó a distribuir en el país encendedores, galletas, electrodomésticos, vinos, cervezas, frutas, arándanos, baterías y toda una gama de productos. Su portafolio incluye otras líneas de importancia global.

No conforme con Aidisa, Raúl emprendió otros proyectos de gran envergadura, entre ellos la cadena de supermercados Ketal, que dio paso a Casa Ideas, que nació como un proyecto conjunto de Ketal. Casa Ideas es una tienda de productos de casa, de moda de hogar, donde se venden tazas, juegos de platería, de mesa; juegos de cama, toallas, todo lo que son cosas de baño, artefactos de cocina y del mundo de los niños.

Después de consolidar este nuevo negocio, Adler creó una inmobiliaria para el supermercado, que después fue usada externamente –para las otras empresas del grupo–, hasta consolidarse hoy como un negocio independiente.

Raúl leía con cierta regularidad. Dormía bastante. En el trabajo, siempre era el primero en llegar y el último en irse. Jamás rompió esa disciplina. “Pero más allá de los clichés de un gran líder y de un gran empresario, la virtud de mi padre ha sido su calidad humana, que lo ha llevado hasta donde ha llegado”, afirma su hijo menor Rodolfo, quien lleva el mismo nombre de su abuelo, el padre de Raúl.

Rodolfo Adler y Luba Kavlin de Adler, los padres de Raúl.

“¿Cómo sobrellevaba sus fracasos?”, preguntamos a Rodolfo. “Enfrentaba las situaciones difíciles siempre con paciencia y buen humor. Se tomaba a bien las cosas, aún en situaciones de fracaso. Rara vez se lo ha visto enfadado. Era difícil de enojarlo”, recuerda.

Raúl estudió Ingeniería Industrial en Hamburgo (Alemania), donde hizo todas sus pasantías y trabajó (mientras estudiaba) en la empresa que producía las máquinas de cigarrillos que la fábrica de su padre y abuelo compraba. Apenas terminó de estudiar en ese país se vino a Bolivia directo a trabajar. Tenía 28 años. Desde entonces, no paró, hasta sólo meses antes de fallecer.

Nunca indujo a sus hijos a estudiar algo relacionado a administración de empresas, pese a que la familia tenía muchas. Don Raúl respetó cada decisión de sus hijos sobre qué carrera elegir. Quizá por eso sus tres hijos son científicos: el mayor es químico y vive de su trabajo en Alemania, con su esposa coreana. Su segunda hija es bióloga y trabaja en Santa Cruz y Rodolfo, el menor (ingeniero en innovación tecnológica)  se dedicó por mucho tiempo a la física.

Rodolfo también estudió en Alemania, como su padre Raúl y, 10 años después, decidió regresar a Bolivia –no porque su padre se lo haya pedido– para trabajar junto a su progenitor. Fue la mejor decisión que tomó, porque un año después su padre dejaría este mundo. A Rodolfo le pesa no haber trabajado más tiempo con su padre, quien vivió el regreso de su hijo con euforia.

Don Raúl murió, pero su joven hijo mantiene vivo hoy su legado, y a paso firme, tal como él lo hizo cuando don Rodolfo puso en sus manos su confianza, cuando apenas tenía 28 años.

“¡Qué tal si le ponemos Ketal!”

Ingreso a  uno de los supermercados de la candena Ketal.

“¿Por qué el supermercado se llama Ketal?”. Esta pregunta la planteamos a Rodolfo, hijo menor de Raúl Adler Kavlin. “Hay varias teorías, pero una es la más creíble y sólida”, responde, y explica.

En el momento en que Ketal se estableció como empresa formal, como sociedad anónima, los socios –entre ellos Raúl Adler– comenzaron a buscar el nombre del negocio, a discutir opciones, y en cada intento, en las largas reuniones, siempre se repetía la siguiente expresión: “qué tal…”.

“Qué tal si le ponemos supermercado… Qué tal si le ponemos tienda… qué tal este otro… o qué tal aquello…”. Eran tan frecuentes estas frases hasta que a alguien en la mesa se le ocurrió: “Qué tal si le ponemos Ketal”. El consenso fue inmediato. Y así fue. Y hoy, ¿quién no conoce Ketal?

El supermercado Ketal comenzó en la zona de Sopocachi como una tienda, como un pequeño supermercado, en sociedad con un par de amigos que ya estaban en el negocio y buscaron a Raúl, a quien pidieron profesionalizar el negocio.

Pero el concepto de supermercado comenzó cuando importaron productos y cuando empezaron a tener toda una gama de cosas para ofrecer a los clientes, no sólo nacionales, sino de fuera del país. Fue el primer centro comercial en hacerlo en La Paz. Desde entonces se impuso el concepto de supermercado.

Y a partir de ahí el negocio creció hasta lo que es hoy, que pasó de tener una pequeña tienda en Sopocachi a poseer 12 salas en puntos estratégicos de la ciudad de La Paz. Ahora Ketal está presente en la 21 y 15 de Calacoto, en Miraflores y otras zonas de la urbe. El más grande está en el Megacenter, en la zona de Irpavi.

Es la principal cadena de supermercados de La Paz.

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