Mamá Coco, guardiana de un batallón de supermercado

Se ha ganado el corazón de sus compañeros en una sucursal Ketal, junto a ellos batalla contra la pandemia.
jueves, 16 de julio de 2020 · 00:04

Wara Arteaga. Periodista

Antes de la emergencia sanitaria, María Fuentes  atendía el snack de una sucursal de Ketal. Ahora realiza diferentes labores al interior del supermercado, desde desinfección  hasta masas y pesajes. Su testimonio no representa a cada uno de los trabajadores       de    este supermercado, pero ella habla siempre  pensando en la situación de los demás. Todo el aprecio que se ganó  de sus compañeros en seis años de trabajo la hizo merecedora de un tierno apodo   : Mamá Coco. 

Una operadora de atención al cliente de la empresa Ketal contesta el teléfono para recibir la solicitud para la entrevista. Con amabilidad y  en tono de broma dice: “Si es para hablar de los que trabajan en la primera línea, entonces tienen que entrevistarnos a todos”. 

Esas palabras -medio en chiste, medio en serio-   cobran  fuerza cuando otro empleado cuenta cómo  ha cambiado la labor de todos los trabajadores por la pandemia por coronavirus. Él recordará por mucho tiempo el día en que fue a dejar un pedido a domicilio y cómo la persona que lo recibió, lloró viendo en los productos el final de varios días de escasez de alimentos. 

En el caso de Mamá Coco, la emergencia sanitaria la llevó a cerrar el pequeño snack que atendía en la sucursal de Ketal en  Ciudad Satélite para pasar a realizar diferentes tareas en el supermercado.  En tiempos de pandemia, y con poco más de metro cincuenta de estatura, María se caracteriza por desaparecer y aparecer rauda en diferentes lugares del local comercial  “haciendo un poco de todo”. 

El sábado 21 de marzo,  cerca a mediodía, Fuentes atendía el quiosco de comidas en el  súper  de la estación Amarilla del teleférico,  cuando se enteró que se había decretado cuarentena en el país. “Me preocupó la venta. Los sábados y domingos yo vendía muy bien, la gente consumía y llegaba hasta tarde”, cuenta con cierta melancolía  frente a su puesto cerrado.

No imaginó que la medida iba a extenderse, a la par que el virus, en todo el territorio nacional. En estos casi cuatro meses la historia de mucha gente ha cambiado. Mamá Coco dejó de salir de su casa cada día a las seis de la mañana, pasó a no salir, y después  a esperar el transporte de la empresa a las cinco de la madrugada para trabajar hasta mediodía. 

Este jueves frío, Fuentes lleva  lentes transparentes, barbijo, guantes, un gorro médico que protege sus trenzas y otro de cocina que hace juego con su uniforme verde y negro. Como es su costumbre, al llegar a su puesto de trabajo ella cambia su atuendo de pollera por el uniforme.

Sus tareas en el supermercado varían, hace unos  días le tocó desinfectar y medir la temperatura de los clientes. Hoy otro trabajador realiza esa labor al ingreso del supermercado: maneja el termómetro, reparte  alcohol en gel y con un pequeño aparato desinfecta la ropa de las personas. 

“Algunos vienen sin barbijo, otros no quieren hacerse desinfectar, dicen ‘¿qué es eso?, ¿con qué me estás echando?’, se enojan”, comenta  María. Ante la fría actitud de los clientes, ella responde con la misma sonrisa de siempre, aunque ahora ya no se pueda ver. 

“Acá todos nos arriesgamos”, dice destacando la labor de sus compañeros. A ella, como a todos los demás, le ha tocado aprender a vivir en pandemia, pero ya antes había superado retos más fuertes. 

María Fuentes, de 43 años, nació en la provincia Muñecas  y cuando pequeña, como era costumbre en algunas familias de los pueblos, no la llevaron a la escuela. La mandaron a trabajar desde niña y en esos años de infancia fue que hizo de la cocina su mejor aliada para sobrevivir. Mamá Coco cuenta que antes tenía una pensión en la que vendía almuerzos. “Pero aquí, en el  súper  me he hecho como una familia”, asegura. 

El snack, y ahora el supermercado, es para ella su primer empleo formal. “Me dicen  que les gusta mi comida”, cuenta recordando los cumplidos de sus compañeros, a los que ve como hijos por ser ella una de las mayores del grupo. “Casi todo son jóvenes”, explica.

El compromiso de atender y apoyar en el supermercado se debe en parte a esa familia que adoptó. Por sus compañeros es que cada día viaja durante hora y media desde su casa, en Tilata,  hasta Ciudad Satélite. 

En el snack  aprendió de memoria los códigos de más de 20 productos. “Me gusta que todo se venda, que consuman lo que preparo”, dice animada. Aunque ha dejado de vender, ahora cocina voluntariamiente  para sus compañeros que, al igual que ella, cada día enfrentan a un virus que  no se ve, pero que asola el mundo entero desde hace meses. 

Su otra familia está en casa, son su esposo y sus tres hijos. Ellos la apoyan y conocen la situación de los empleos en general. “Esto nos ha afectado a todos”, dice evidenciando la crisis. Por ello Mamá Coco cada día pone el pecho  a la adversidad y los tiempos difíciles cuando se encuentra con algún malhumorado cliente, mostrando una sonrisa cubierta por un barbijo.

 

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