Pabel enfrenta cada día a la muerte desde el horno crematorio

Electricista, cumple una labor fundamental en la pandemia y lidia con la pena de muchos en el Cementerio.
jueves, 16 de julio de 2020 · 00:04

Manuel Filomeno
Periodista

Desde Ciudad Satélite hasta el Cementerio General de La Paz hay aproximadamente cinco kilómetros, cinco kilómetros que Pabel Ramos recorría a diario durante la primera etapa de la cuarentena.  “El trabajo nunca se detuvo y al no haber transporte, tuvimos que ver la manera de llegar y lo que nos funcionó fueron las bicicletas”, dice con orgullo por el teléfono. “Ahora ya tenemos transporte”.

Pabel es uno de los encargados de los hornos de cremación en el Cementerio General de La Paz. Es un trabajo sacrificado pero necesario, sobre todo desde que comenzó la pandemia, cuando el servicio se convirtió en esencial para la ciudad,

“Antes, atendíamos entre 15 y 16 cremaciones al día, sobre todo de   restos secos, con algunos picos de 25 cuerpos; pero era un trabajo que se podía hacer en una jornada de ocho horas. Con la pandemia la cantidad de cuerpos se incrementó y las jornadas se prolongaron hasta las 14 horas diarias”.

Para que un cuerpo se convierta en cenizas debe pasar al menos tres horas en el horno, pero el tiempo exacto depende del tamaño del cadáver, su estatura, su peso, entre otros factores.

“Para una persona que en vida medía 1,65 metros y tiene una complexión regular o delgada y un peso acorde a su estatura, el tiempo es de tres horas aproximadamente. Pero si era una persona obesa o muy alta, la cremación puede prolongarse hasta las cuatro horas”, dice.

En algunos casos, también se procede a la cremación con el cuerpo en el interior del ataúd, lo que demora aún más el proceso.

Además de cumplir la labor  de preparar los cuerpos  para la cremación, los encargados y sus aprendices deben limpiar su área de trabajo y dar el mantenimiento adecuado a los equipos.

“Siempre después de cada cremación hay que limpiar los hornos y revisar que sigan funcionando”, explica el encargado del horno.

A sus 33 años, Pabel, técnico medio en electricidad y soldador, es uno de los dos encargados de que el horno crematorio del Cementerio General se mantenga activo y en perfecto estado, siempre listo para  el trabajo.

Su labor no se hará más sencilla cuando pase la pandemia. Él  y sus compañeros esperan al menos ocho meses de trabajo intenso y sin pausa.

“Cuando pase la pandemia tendremos que cremar a todos los cuerpos que durante estos meses fueron enterrados y que -por la manera en la que fueron inhumados, en bolsas de seguridad- seguirán frescos, así que nuestro trabajo no parará. Se va a volver más necesario y nosotros seguiremos dando todo nuestro esfuerzo”, sostiene.

Pabel conoce ya todos los rincones del campo santo paceño, donde trabaja desde hace una década desempeñando diferentes labores.  A estas alturas, ha aprendido a no temer a la muerte, sus preocupaciones en plena pandemia son  otras.  

“Entré a trabajar en el Cementerio hace 10 años; primero como soldador, luego como sepulturero y luego -por mis estudios de electricista-  en el horno. Después de todo ese tiempo ya he perdido el miedo a los muertos, pero sí temo a contagiarme de algo”, relata.

Pabel explica que su miedo no sólo es al Covid-19, sino también al VIH y a otras enfermedades que permanecen en los cuerpos, aún después de la muerte.

“Siempre estamos protegidos, siempre seguimos los protocolos de bioseguridad, pero el miedo se mantiene. Es el miedo de llevarme una enfermedad a casa”, explica con un tono muy serio.

Los protocolos y los equipos de protección personal son muy importantes cuando se trata con cadáveres, pero también la capacitación constante y el mantenimiento de los equipos.

Si bien la muerte no lo asusta, el trabajar entre difuntos le ha enseñado a apreciar la vida y a aprovechar su tiempo en la tierra. “La visión del muerto no me afecta, pero sí empatizo mucho con los familiares. Y aunque uno se hace fuerte con el tiempo, el dolor de los demás termina por afectarte”. Por un momento, el tono de voz de Pabel se hace más grave: “te afecta de verdad”, sentencia.

“Uno escucha a los familiares diciendo que su ser amado estaba bien y que de un momento para el otro cayó enfermo; otros familiares dicen que sólo le dolía la cabeza o la muela y antes de que pudieran procesar la información su ser querido ya estaba muerto. Eso es impactante, te hace replantearte tu propia vida, uno es fuerte, pero  siente pena”.

En su caso, el trato con los deudos lo hace pensar en su propio futuro y el de sus hijos, ese futuro que la pandemia parece haber puesto en pausa, mientras las vidas que se van pasan delante de sus ojos.

“Quiero seguir aportando a la institución, seguir trabajando, quizás armar mi propio horno, capacitar más gente, capacitarme yo mismo, convertirme en técnico eléctrico industrial, cuidar de mis hijos, seguir creciendo”, dice con esperanza.

 Los cinco kilómetros entre su casa y el Cementerio son una distancia imponente, en bicicleta, en minibús o a pie. Pabel  ha decidido que seguirá recorriéndolas.

 

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