Rubén, el delivery con su escudo fundido con puro agradecimiento

Cuando regresa a su casa, sus hijas lo desinfectan con alcohol en mano. Llevó pedidos hasta a Mecapaca.
jueves, 16 de julio de 2020 · 00:04

Ivone Juarez Periodista

Cuando iba  de día con su moto por las calles y avenidas vacías de La Paz se sentía extraño, incluso asustado, ante la posibilidad de que  de pronto “alguien” apareciera; en  la noche, esas sensaciones se transformaban en un miedo de que en cualquier momento,  de entre los árboles o de cualquier callejón, apareciera un fantasma. Ahora se ríe al contar todo eso que pasaba por su mente, pero así se sentía Rubén Yapu cada día de la cuarentena, mientras los paceños estábamos resguardados en nuestras casas, protegiéndonos del coronavirus.

Él lo hizo dos semanas, pero el deber llama. Yaigo, la empresa de la que forma parte, lo necesitaba, como a otros de sus compañeros para entregar pedidos a domicilio, sobre todo medicamentos, a las personas mayores de 65 años, las que no podían salir de su aislamiento debido a su edad. 

Tiene muchos años trabajando en los pedidos a domicilio, sobre todo de medicamentos, lo que ayudó a cumplir su misión con mayor precisión durante la cuarentena.  La empresa lo capacitó, a él y a sus compañeros, en todas las medidas de bioseguridad que debían tomar: el uso permanente del barbijo, de guantes y, sobre todo, el portar siempre alcohol en gel y en spray para desinfectar las bolsas  con los pedidos.

Confiesa que al principio tenía temor al contagio y de llevar el virus a su casa, pero con cada entrega que hacía, recibía tantos agradecimientos y bendiciones de la gente que enseguida se sentía más fuerte. “Era como si con ese agradecimiento y esa alegría que mostraban al verme yo tuviera más protección, un escudo. Algunos hasta querían abrazarme”, recuerda este paceño de 41 años, nacido en plena Garita de Lima, la meca del comercio de la ciudad.

Era tanta la satisfacción que lo invadía cuando lograba hacer una entrega, que al final del día no cabía del contento y así regresaba a su casa, a su familia, para contar cómo la gente lo había recibido; las bendiciones con las que le agradecían que estuviera ahí, en sus puertas, con los remedios que necesitaban para soportar la cuarentena. 

“Cuando llegaba a mi casa mis hijas  preguntaban: ‘Papá, ¿has llevado medicamentos?’. Y yo les contaba la caras de alegría de esas personas al verme y lo que me decían: ‘¡Qué Dios te bendiga!’”,  relata.

Antes, sus dos pequeñas, lo “fumigaban”.  “Lo hacen todos los días, se pelean por rociarme con alcohol de sus chisguetes”, cuenta sonriendo. Rubén está casado con Mari  Isabel Nina, con quien tiene dos hijas: Karla, de ocho años , y Dafne, de cuatro.

Este paceño cuenta que durante la cuarentena recorría con su moto la ciudad de La Paz de canto a canto,  llevando los pedidos. “Nosotros, Yaigo, llegamos a todos los rincones”, dice a modo de corte comercial.

Con ese concepto de servicio  llegó hasta Mecapaca,  llevando un pedido de alimentos  a una familia, cuyos niños, apenas estacionó la moto, se le avalanzaron para ver lo que traía. “Mi maleta estaba llena de lácteos: 15 bolsas de leche, 10 bolsas de jugos, quesos, yogurt y mantequilla. La familia entera salió a recibirme y los niños querían abrir mi maleta para sacar los productos, eufóricos. Ese es un recuerdo muy lindo  que tengo  haber llegado tan lejos”, cuenta. Fue un viaje de 45  minutos de ida y 30 de vuelta.  También llegó con pedidos hasta la carretera de La Paz - Oruro y  a la  salida a los Yungas paceños.

Como todo padre, Rubén quiere lo mejor para sus hijas, pero sobre todo estar con ellas hasta que puedan valerse por sí mismas; él quedó huérfano de padre cuando era adolescente y comenzaba a estudiar medicina. “Sin mi papá ya no pudimos sostener mis estudios, además mi hermano menor seguía en el colegio, tenía que salir bachiller. Por eso decidí dejar la carrera e independizarme para que mi mamá tuviera menos gastos”.

“Tuve que comenzar  a trabajar y siempre me tocaban trabajos en horarios que iban rotando, así sólo puede aspirar a carreras técnicas”, añade.

Este joven delivery es auxiliar contable, técnico en marketing y comenzó un curso de técnico e informática que no pudo concluir aún. En esa carrera se conoció con su esposa. 

Por ahora está dedicado a la entrega de pedidos a domicilio. Con su esposa Mari Isabel tienen el objetivo de comprar un auto para seguir trabajando, pero con más  comodidad y seguridad. Lo siguiente debe ser una casa para darles a sus niñas su propio espacio. 

Con ese objetivo sale todos los días, entusiasta, a cumplir con su trabajo. No sabe a dónde llegará, a una zona alejada, desconocida para él, o  tal vez vuelva a pasar por El Prado, esquivando a los “chocos”, esos dos perros cafés que siempre merodean por  ahí, listos para perseguir a los motociclistas. 

 Lo que sí sabe es que  recibirá un gracias, lo que para él es tan importante como la gasolina lo es  para su moto, la Correcaminos.

 

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