La Diablada y la simbología de su indumentaria

Surgió como remembranza del dios protector de las profundidades y manifestación de gratitud a la Madre Tierra.
sábado, 6 de febrero de 2016 · 00:00
Fabrizio Cazorla Murillo,

Historiador

La danza de la Diablada acuña la espontaneidad de una civilización milenaria. Fueron los urus que, en su antiquísima religión, conservaron la mística figura de Huari, representando la vicuña, el animal sagrado, en máscaras y vestimentas de autóctona referencia.

Fue la cruz católica que motivó la simbiosis del antiguo danzarín. El diablo occidental, con la visión de Mefistófeles, ingresó en la mentalidad de los nativos. La explotación de la plata en la serranía orureña condicionó a los mitayos para que ingresen al fondo de las minas, y construyeran la imagen del protector  y dueño de las riquezas del subsuelo. Nació el Tío de la Mina como síntesis de dos culturas y apareció la sagrada Virgen del Socavón.

Así surgió la Diablada, como remembranza del dios protector de las profundidades y como auténtica manifestación de gratitud a la Madre Tierra, ahora presente con la Virgen del Socavón, cuya devoción y culto estimuló las más creativas innovaciones que partieron del Relato de los Siete Pecados Capitales y se expandieron a la danza, indumentaria, música y personajes.

La Diablada surgió del Relato, cuya dramatización sirvió para evangelizar a la comunidad. El arcángel Miguel,  Lucifer (rey del averno), Satanás, China Supay y la legión de los diablos con los siete pecados capitales, organizan desde entonces el cuadro original.

Más tarde aparecieron personajes como el oso jukumari y el cóndor, que enriquecieron la danza por su íntima relación con la fauna del altiplano. El siglo XX llegó con las innovaciones: aparecieron las "Diablesas” que -según Edwin Guzmán- son producto de la complementariedad de los opuestos de la cultura andina; y luego las "China Diablas”, cuyo origen de míticas leyendas alimentó esa figura de tentadores encantos.

Simbología

Veamos qué significa la indumentaria del diablo, cuyos elementos se repiten en casi todos los personajes. La máscara, descrita por Luis Bullaín Rengel, "significa en sus detalles anatómicos la majestad, la personalidad maligna y en tanto que los sapos,  lagartos y culebras que están en su encima son el mar de ideas e intenciones que el demonio pondrá en práctica para sojuzgar a las almas.

La pechera de albo hilo de milán aparece como una insignia que ratifica la prestancia del personaje. El pollerín y los pañuelos son el ‘aura diabólica’, así como una reminiscencia de las llamas del averno, del fuego eterno”.

La faja de monedas es la generosidad del diablo para con las almas que le aman. Simboliza también la avaricia, la capacidad económica del danzarín, cuyo brillo expresa el rico metal de la plata que sangró de las minas.

Acompañan el atuendo el buzo  del diablo, las espuelas, la víbora, las botas y manguetas que aparecieron en la década de los años 50  con la silueta del dragón, que fue adaptado del Té Hornimans, al influjo del movimiento comercial de un episodio histórico de Oruro.

El traje del diablo es la excepción en todas las diabladas del mundo, porque su naturaleza, su acabado artístico y su opulenta simbología son signos de una manifestación que ahora inmortalizan al Carnaval de Oruro como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.

 

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