Una evaluación sobre la labor del diario

El acoso oficial, la banda sonora del trabajo de Página Siete

domingo, 24 de abril de 2016 · 00:00
Marco Zelaya, periodista

 

Es difícil ser un periódico independiente frente a un Gobierno cuyo deseo íntimo es que nadie discrepe con su visión del mundo y sus opiniones sobre él, lo cual pone en duda su concepción sobre la democracia.  
 
Es el caso de Página Siete y de un Ejecutivo que, deseoso de contar con el monopolio de la palabra y no con medios que informen y comenten, sino con meras cajas de resonancia para su elefantiásico aparato propagandístico, emprendió un artero plan de asfixia económica y acoso desproporcionado contra este periódico. 
 
Sin embargo, lejos de lograr su propósito, a la larga, esa estrategia, en vez de minar siquiera el ánimo de este diario, lo ha fortalecido, no sólo porque tiene una gran capacidad de resiliencia, sino porque es básico para los periodistas pensar que si el poder se incomoda con lo que se publica es porque el periódico trabaja muy bien y cumple su rol de mediación en beneficio del titular de la información, que es el público.
 
La asfixia
Para comprobar que el Gobierno ha resuelto asfixiar a los medios independientes, basta ver la deliberada asimetría en el reparto de la publicidad estatal. En el ámbito académico, se ha estudiado con profusión que el poder busca el control mediático a través de la publicidad estatal, que no se destina en función de la influencia o por estudios de lectoría o audiencia, sino porque el poder busca premiar  el grado de genuflexión y obsecuencia mediática. De hecho, el uso de estos recursos públicos debería estar sujeto a una distribución ecuánime y democrática; pero eso es como pedir peras al olmo en estos tiempos. 
 
Se podría hasta formular este principio válido en el evismo: mientras más publicidad estatal tiene un medio informativo, deja de ser tal para transformarse en un eslabón propagandístico del poder. 
 
En el país, el Gobierno no tenía por qué inventar la pólvora en esta materia. Aunque sorprendió: no sólo aplicó esta receta, sino que, según Control remoto, del periodista Raúl Peñaranda, conformó mediante compras encubiertas una red de medios paragubernamentales que, sumada a los medios públicos, derivó en la creación de un nunca visto aparato propagandístico amplificador del discurso oficial, con la pretensión de que sea hegemónico. Es la idea de Gramsci: la hegemonía es igual a la coerción más el consenso o la capacidad de convencer. 
 
Pero las ciencias sociales no son como las matemáticas. Y de pronto, ante el megacefálico dispositivo de propaganda, se levantaron unos contados medios independientes, entre ellos Página Siete, que gracias a su tarea informativa ha logrado, en pocos años, una gran capacidad de influencia. Por esta razón, el Gobierno ha intentado asfixiar al periódico, porque no hace ni relaciones públicas ni propaganda, sino que se limita a informar y a comentar en las secciones correspondientes.
 
El acoso
Para un gobierno que es refractario a la información y opinión que van más allá del credo oficial, lo lógico fue articular una estrategia de acoso con el fin de desprestigiar a Página Siete. Para el cumplimiento de este propósito, se organizaron conferencias de prensa y se usó el aparato mediático gubernamental.    
 
El Ejecutivo sometió al acoso al diario por los casos del error del bebé de Chaparina, de la "flojera” del oriente, de su supuesta inclinación prochilena y de las "investigaciones” del Gobierno -entre las que se destaca la del exministro Sacha Llorenti-, entre otros, que enumera exhaustivamente Peñaranda en su libro. 
 
En las conferencias de prensa y en las publicaciones de los medios oficiales, abundan las acusaciones contra Página Siete por ser un periódico "mentiroso”, "prochileno”, "neoliberal”, "gonista”, "capitalizador”, etcétera. Es decir, la batería de insultos que el Gobierno suele endilgar a sus enemigos políticos. 
 
Página Siete ha recibido de pie ataques del presidente Evo Morales, del vicepresidente Álvaro García Linera y, en particular, del ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, entre otros ministros de diversos gabinetes a lo largo de estos seis años. Uno de los más virulentos fue precisamente el del ministro Quintana, quien acusó al diario de haber pergeñado "siete mentiras” contra el oficialismo, lo cual no tenía ni pies ni cabeza. Las furibundas arremetidas causaron la renuncia de su primer director, Raúl Peñaranda.
 
Sin embargo, aunque al comienzo preocupaban, esos ataques se convirtieron gradualmente en una banda sonora del trabajo de Página Siete y perdieron eficacia en la medida en que eran inconsistentes e indemostrables. El Gobierno apeló a su modus operandi e inició dos procesos penales contra el diario. 
 
Página Siete, no obstante, reconoció los errores cometidos, cuando cabía, y es usual que pida disculpas si hay afectados en una tarea informativa en la cual el error es inmanente; el periódico nunca ha negado el derecho a la rectificación y a la réplica; además, es cultor del pluralismo y de la tolerancia.
 
Un nuevo escenario
Pero los tiempos cambian. El Gobierno que acosaba y atacaba a Página Siete ya no es el mismo de hace seis años; aunque ejecuta con una terquedad digna de mejor causa su plan de asfixia contra el periódico, está claro que, tras el escandaloso desfalco del Fondo Indígena, los resultados adversos del referendo del 21 de febrero de este año para las aspiraciones presidenciales y el letal caso Zapata-CAMC, entre otros, el Ejecutivo ha perdido credibilidad y ha sembrado dudas razonables sobre su pretendida transparencia. 
 
Como saben los lectores, Página Siete ha sido el diario que ha informado con profundidad sobre la corrupción en el Fondo Indígena y de los entretelones del caso CAMC, sobre un presunto tráfico de influencias entre el presidente Evo Morales y la exgerente comercial de la empresa china, Gabriela Zapata, que también arrastra, como si se tratara de un tornado, al hoy cuestionado ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, cuyas declaraciones son frecuentemente desmentidas por los actores de este telenovelesco caso. 
 
Hicimos lo que teníamos que hacer. Pero no hubiera sido posible sin el talento humano  de este diario. Y lo único que esperamos es que nuestros lectores estén satisfechos con ese trabajo.

 

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