Los yuquis y yuracarés rechazan los barbijos aunque temen los contagios

No tienen acceso al agua potable ni a energía eléctrica, lo que repercute en su salud y calidad de vida. La falta de información, el intenso calor y otros factores dificultan el uso de tapabocas.
jueves, 19 de noviembre de 2020 · 00:04

María Mena M.  / Cochabamba

Basta que alguien llegue a las comunidades de los yuquis o yuracarés usando  barbijo para que los originarios sientan inseguridad y prefieran alejarse. Ocurre que para los habitantes de estos pueblos  el barbijo equivale a enfermedad, a contagio y a peligro. 

“Tenemos miedo a los de afuera. Aún usan barbijo. ¿Por qué?, nos decimos entre nosotros. Es que deben tener coronavirus. Cuando les vemos usar el barbijo tenemos  miedo para acercarnos a hablar con ellos”, explica Carmen Izategua, cacique mayor del Consejo Indígena Yuqui.

Los habitantes de ambas naciones indígenas no usan mascarillas, tampoco aplican a cabalidad otras medidas de bioseguridad, como el distanciamiento debido a factores sociales y falta de información. Desde hace un mes que no se registran casos, principalmente debido al aislamiento de las comunidades. No obstante, el peligro está latente. 

 
Foráneos, de lejos
 
En las comunidades de Bia Recuaté y Pachino de los yuquis y Soltera de los yuracarés es habitual observar a sus habitantes caminar  en grupos, sin distanciamiento entre ellos ni barbijos. Se saludan cariñosamente con apretones de manos y palmadas en la espalda.  

No es que no crean en el coronavirus ni en su letalidad.  El temor es tal que en su momento los  yuquis no querían que llegara  ningún vehículo a su territorio, porque daban por sentado que llevaba la enfermedad.

En estos pueblos  hay otros factores -como el clima candente , la carencia de agua y otros servicios básicos, las costumbres sociales, y la falta de información- que dificultan la aplicación de las medidas de bioseguridad impulsadas por la Organización Mundial de la Salud (OPS) y  las autoridades bolivianas. 

No obstante, de acuerdo con datos del centro de salud Bia Recuaté y de las autoridades locales, en  ninguna de estas naciones indígenas se reportan casos sospechosos o positivos de Covid-19 desde hace un mes. 

“Ya vamos un mes con cero casos positivos de Covid-19; no hay ni sospechosos. Estamos con pacientes con patologías normales de la comunidad”, precisó Jimena Torrico, médica del centro de salud Bia Recuaté.

Paradójicamente el aislamiento es una protección aunque no definitiva: por ello el miedo a los extraños persiste. La visita de foráneos a esas comunidades no es frecuente, sobre todo porque el acceso es dificultoso. 

Para ingresar al territorio yuqui hay dos rutas: por Ivirgarzama y Chimoré. Ambas vías son de difícil acceso y se tornan intransitables en época de lluvia. El viaje de más de 80 kilómetros puede demorar hasta dos horas, depende del vehículo y del estado del camino.

Durante el inicio de la cuarentena y el pico de la pandemia -entre abril y junio- los indígenas usaban barbijos y aplicaban otras medidas de bioseguridad, pero de a poco  fueron prescindiendo de ellas.

Complotaron también contra el uso de tapabocas las altas temperaturas en el trópico cochabambino, que fácilmente pueden alcanzar los 40 grados a los que se suma  la humedad típica del trópico. El barbijo dificulta la respiración y la comunicación.

Río Chimoré,  fuente de agua

“Es preocupante la falta de agua potable. Los comunarios tienen que   abastecerse  en el río Chimoré o de pozos. A veces toman el agua  cruda y eso les provoca diarrea y  otras enfermedades”, explica la doctora Torrico.

En la comunidad Bia Recuaté es habitual observar a diario a  niños, adolescentes y adultos abastecerse de agua del río Chimoré. Llevan consigo botellas plásticas, bidones u ollas para cargar el líquido.

Los yuquis y yuracarés tampoco cuentan con gas domiciliario y acceder a una garrafa  con gas licuado es un privilegio de muy pocos. La combustión a leña es el principal medio para cocción de  alimentos. Algunos consumen el agua hervida a leña; pero cuando la sed es mayor no dudan en tomarla directo del río, pese a que en sus aguas turbias pulula la contaminación. 

La carencia de ese vital recurso dificulta  que los originarios yuquis y yuracarés se laven frecuentemente las manos. Sólo en el centro de salud de Bia Recuaté hay un tanque con lavamanos y jabón donde pueden asearse. Allí también hay  tanque con un generador  que  provee agua y de energía eléctrica por horas en  determinados días.

Otros históricos males

Debido a que las tierras de los yuquis y yuracarés están alejadas de las ciudades, a los comunarios les resulta difícil  acceder a varios productos necesarios para una buena nutrición. 

Además, la falta de servicios básicos atenta contra su salud y calidad de vida. Por ejemplo: la carencia de electricidad no permite que puedan conservar  alimentos perecederos como  verdura o carne; el consumo de agua del río o de pozo les provoca varias enfermedades y deficiencias en su nutrición; además, ante la carencia de alcantarillado, se exponen a diversas infecciones o enfermedades.

“Tienen tuberculosis, diarrea, infecciones, anemia y otras enfermedades relacionadas a la deficiencia en su alimentación. Los alimentos no los pueden conservar porque en el calor se echan a perder  verduras y su carne. No acceden a la variedad de alimentos que necesitan. Ni los niños, ni las  embarazadas ni los adultos mayores se alimentan como debería ser. No tenemos agua potable, que es tan importante; les recomendamos que la hagan hervir la del río que usan porque no hay  otra. Casi todos han padecido  diarreas o infecciones en algún momento de su vida”, detalló la profesional en salud. 

Algunos recién nacidos y niños llegaron a perder la vida a causa de la disentería, anemia y deficiencias en su alimentación. “La diarrea con otras complicaciones les lleva a la muerte”, lamentó Torrico.

La  amenaza histórica para  la población yuqui es la tuberculosis. “Este mal también se debe a la falta de una buena alimentación. La inmunidad de los comunarios está tan baja que el bacilo puede activarse fácilmente. El 90% de la población de yuquis y yuracarés  han tenido en algún momento tuberculosis. Antes de  que hubiesen médicos acá, un buen número de los habitantes fallecieron por tuberculosis”, puntualizó la doctora.

Sus datos coinciden con los del Ministerio de Salud. Según el estudio Enfermedades prevalentes en los pueblos Yuqui y Yuracaré 2018,  tuberculosis, anemia y parasitosis son los principales males que  aquejan a esta población indígena originaria. La presencia de la tuberculosis sumada a la llegada del coronavirus activó la alerta del personal médico y  de los  caciques yuquis y yuracarés porque ambas enfermedades atacan a los pulmones. 

Vulnerablemente aislados

La carencia de energía eléctrica conlleva una serie de limitaciones para los nativos yuquis y yuracarés; también en cuanto a la comunicación con las comunidades vecinas, con sus familiares, con las autoridades y el resto de la sociedad. 

La gran mayoría de los habitantes de estos pueblos desconocen  los acontecimientos  del país y el mundo porque no tienen acceso a  televisión o radio. La información les llega por parientes que viajan a  los municipios del Chapare.

La única telefónica que tiene cobertura en esas tierras es Entel y muchos de sus habitantes tienen un equipo de celular. Sin embargo, debido a que no hay electricidad para cargar el aparato, rara vez lo tienen encendido.

La comunidad más cercana que cuenta con  energía eléctrica está a media hora de distancia en motorizado. Algunos van hasta allí para cargar sus celulares o aguardan a que en el centro de salud enciendan el generador de energía.

Lazos familiares

Los habitantes de las comunidades yuquis y yuracarés comparten lazos familiares. Los apellidos Guaguazu, Izategua, Iguazu  predominan en las comunidades de los yuquis. Aquellos apellidos ajenos se deben a la unión de un originario con un “aba” -persona nacida fuera de la comunidad-. Todos son primos, tíos o abuelos; todos se conocen entre sí,  por lo que la convivencia es familiar y sus miembros consideran que  no necesitan aplicar las medidas de bioseguridad como el barbijo o el distanciamiento.

Conservan sus lenguas maternas -el yuqui y el yuracaré-  pero también  hablan español. La mayoría de las personas de la tercera edad sólo se comunican a través de su lengua originaria, mientras que los jóvenes y adolescentes prefieren expresarse en idioma español.
 

 

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