El amor por los perros ante cualquier adversidad

Apuchay y Génesis tienen las puertas abiertas para dar cobijo y cariños a animalitos abandonados
viernes, 6 de agosto de 2021 · 05:00

Daniela Romero L. 
Periodista

Lena fue rescatada en la zona  El Pedregal, tenía toda la espalda quemada y estaba preñada. En el albergue Apuchay le brindaron abrigo y   un veterinario curó sus heridas, que fueron cicatrizando de a poco. Lo que hasta ahora no sana es su miedo a los humanos y a los cohetes, pero cuando la perrita está en los brazos de Stephanie Valda se siente segura.

Lo mismo ocurrió con varios cachorros, entre perros y gatos, que fueron abandonados -amarrados y  dentro de cajas- en las puertas de los tres albergues de la Asociación Génesis. Si no hubiera sido por María Angulo y sus voluntarios, los animalitos hubiesen muerto de hambre o habrían sufrido maltrato.

La empatía y el amor hacia los perros y otros animales es lo que caracteriza a Stephanie y a María y les da el impulso suficiente para que, a pesar de cualquier adversidad, las puertas de sus albergues se mantengan abiertas de par en par para dar comida, cuidados y cariño a los peludos que llegan cada día. 

    “La calle duele”, dice María y tiene razón. Si no es cada día, por lo menos dos veces a la semana  hay perritos que son encontrados dentro de bolsas plásticas en los basureros de La Paz. O hay otros, adultos o ancianos, que tratan de protegerse en la cavidad de alguna puerta o muro para que nadie los lastime.

   Desde pequeña, Stephanie se sentía impotente de ver tantos perros callejeros, algunos enfermos. “Es más la empatía que se tiene, sé que un albergue no es la solución, pero es el comienzo de algo, por cada perrito que recogemos hay un montón en la calle. La base es la educación de la gente y que el Estado trabaje en esto”, afirma.

Apuchay significa “respeto” en quechua, la consideración que tiene que primar hacia los animales. El albergue de Stephanie está ubicado en Ciudadela Stronguista, en el Sur de La Paz. Lo abrió  hace cinco años junto a su madre y su pareja, y ahora está en busca de voluntarios para que se dediquen al cuidado de  20 perritos.

Cuenta que en estos años 30 animales, entre perros y gatos, fueron dados en adopción y es una alegría grande que haya gente  responsable y brinde su corazón a los de cuatro patas.

Stephanie gasta cada mes 5.000 bolivianos. Ese dinero se va en comida, veterinarios, medicamentos y todos los insumos para mantener el albergue limpio y con todas las condiciones. 

“En donaciones llegamos a 500 o 700 bolivianos, lo demás es fruto de nuestro trabajo, es nuestro”, afirma. Pero no se lamenta, la mejor retribución que recibe es ver a sus animalitos sanos y protegidos.

 María Angulo heredó el proyecto que soñó e hizo realidad su hija Génesis. Hoy ella es médica y aunque le falta tiempo, está siempre pendiente de todo lo que su mamá hace para poder ayudarle. “De pequeña, Génesis me traía a la casa perritos, gatitos y todo lo que encontraba en la calle, sufría de verlos abandonados”, cuenta María.

 Ella tomó la posta de la Asociación Génesis y ahora está a cargo de dos albergues en El Alto y un asilo en Pampahasi. Además, tiene bajo su liderazgo a 60 voluntarios.

Todos los gastos lo solventan entre María y su hija. Por día, la asociación gasta por lo bajo 283 bolivianos y también recibe donaciones. Cuenta que tiene deudas con veterinarias y con los proveedores de croquetas, las cuales serán saldadas con  sus aguinaldos de fin de año.

“No espero ninguna retribución, sólo quiero dejar una semilla para después, para que los que queden se dediquen a esto y para que mi nieto no viva esta realidad  dolorosa. Yo soy feliz salvando vidas”, dice.

Asegura que la mentalidad de la gente cambió. Antes, si se enfermaba el perro de la familia la solución más cómoda “era hacerlo dormir”, pero ahora “llora y pide a Dios para que se recupere. Hay un cambio”.

En el asilo de Pampahasi, Génesis cuida perros ancianos que además tienen enfermedades o ya no pueden caminar. “Es un trabajo aparte, porque los voluntarios tienen un trato especial y de mucho cuidado”. Es que sólo quien ha tenido un perro hasta su vejez sabe que debe desvelarse junto con él, prepararle comida blanda, ayudarle cuando tiene que hacer sus necesidades y acompañarlo con amor hasta el final.

   Y precisamente es el amor el sentimiento que mueve a Stephanie y a María para seguir de pie y hacia adelante con sus albergues, a pesar de más abandonos, a pesar de la pandemia, a pesar de todo. Los perros mestizos, de raza, grandes, chicos, marrones, blancos, negros, todos son bienvenidos a los albergues de estas dos mujeres bolivianas, cuya labor representa una esperanza para la humanidad.

 “Que el perro viva hasta 15 años es una estafa”, dice el dicho. Tal vez si los humanos nos pusiéramos a su altura, otra sería la historia. 

 

 

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