El médico que volvió la UTI en una sala de milagros

Implementó el método de “humanización de Terapia Intensiva” para que pacientes tengan el aliento de sus familias .
viernes, 6 de agosto de 2021 · 05:00

Verónica Zapana 
  Periodista

 “Doctor,   ¿cómo está mi papá?”, pregunta una mujer que espera que su ser querido  pueda vencer la Covid-19. Casi de inmediato, el jefe de Terapia Intensiva del Hospital de Clínicas, Alejandro Enríquez Vidal, responde: “Está bien, esta mañana hablé con él. Veremos si hoy  puedes ingresar a  verlo”. La hija  del paciente sonríe y da un suspiro de esperanza. 

Cada día,  Enríquez permite que los familiares  vean a enfermos para que puedan darles aliento. Así,  la  UTI del Hospital de Clínicas se convierte  en una sala de “milagros” y deja de lado  la idea de que esta unidad es antesala de la muerte.

La iniciativa de dejar ingresar a la sala   a los familiares de pacientes  críticos   se  denomina “humanización de UTI”, una metodología que   logró resultados positivos  en los  enfermos.

Implementar  este método no fue fácil, más aún en un hospital centenario y “tradicional”.  Al principio, varios profesionales   rechazaron la medida.   “Muchos docentes y médicos me odian”, dice el  doctor Enríquez y explica que  para él  es  suficiente haber contado con el  apoyo de Omar Rodas, exdirector del Hospital de Clínicas,  y  con  el respaldo del  actual director,  Óscar Romero.

Enríquez explica que aprendió esta forma de atención en el Hospital Ángeles del Pedregal,  del Distrito Federal de México, donde  en  2010 hizo su subespecialidad en terapia intensiva.

 “Quizá si me quedaba aquí, hubiera tenido la misma mentalidad  de muchos de mis colegas, pero me fui y cambié toda mi perspectiva de la medicina”, dice. “Allá, los médicos tienen esas ganas de ayudar a la gente”, agrega y recuerda a su  maestra,   Silvia del Carmen Carrillo, destacada profesional que murió en 2020. Para el  médico, además de ser su maestra, Carrillo fue como una  madre en ese país norteamericano:    le ayudaba  con la comida y  fue pilar para  su formación.  

En México, además de trabajar en  ese hospital -donde llegan  políticos y personalidades- Enríquez  hizo  servicio  comunitario en centros    pequeños, donde  van pacientes de escasos recursos.

En 2018,  el médico retornó a Bolivia y fue nombrado jefe de la UTI del Hospital de Clínicas.  Desde que asumió el cargo,   el  personal de la sala pasó  por un proceso de selección y se  quedó  el que “tenía ganas de  ayudar a la gente”. El equipo  tiene la visión de  tratar  a un paciente como  si fuera un familiar cercano. Así, la unidad comenzó a crecer. 

En los momentos de  dolor, la UTI aplica un procedimiento diferente: los familiares pueden ingresar a la sala para despedirse de su ser querido. En los tiempos de pandemia, este plan se ejecuta   con  medidas de bioseguridad.

  En esta unidad se  aplica el proceso de “cuidados posmortem”: cuando un paciente fallece, el personal prepara el cuerpo: le quita el equipo que usó, le cierra la boca y los ojos, además  lo viste  con la ropa que más le gustaba.   “En ese momento ingresan los parientes -que recibieron la vacuna o que pasaron recientemente la enfermedad-. Se pueden despedir antes de la llegada de la funeraria”, cuenta.

Este  proceso no se hace en ningún hospital  del país; en otros centros, los cuerpos de personas  que fallecieron por Covid son embolsados, lo que impide que sus  familiares se despidan.  “Eso es muy cruel”, dice Enríquez.

El especialista busca ahora que la sala de UTI se  expanda. En  la actualidad,  la unidad tiene 14 camas y no logra cubrir la alta demanda, en especial durante los picos de la pandemia.

En los dos años y medio que dirige la sala de UTI, Enríquez y sus colegas   lograron que la unidad se convierta en un referente a nivel nacional. “Cuando empecé este proyecto no sabía  hasta qué punto  llegaría, pero lo claro era que  necesitábamos mejorar”, dice. 

Los 125 médicos, enfermeras y hasta el personal de limpieza, que en su mayoría son jóvenes, tienen la premisa de tratar   de forma  empática a las personas. “¿De qué sirve si trata mal a sus pacientes?, ese médico no es útil”.

Enríquez estudió en escuelas públicas. Su papá, Alejandro Enríquez Lima, era minero y su mamá, Elena Vidal Montero, es ama de casa.  Él es el menor de siete hermanos. Nació en  la mina Siglo XX (provincia Bustillos de Potosí). En 1985, su familia se trasladó a Ciudad Satélite de El Alto, donde aún reside.

“No teníamos luz todo el tiempo y por eso las tareas las debíamos hacer con velas”, recuerda y evoca los años que estudió en la escuela Modesta Omiste y el colegio Vicente Donoso Tórrez,  de donde salió bachiller.   Postuló a Medicina de la UMSA y fue el número 180 de los 240 admitidos. Estuvo por abandonar dos veces la carrera, pero después ganó la pasión por la medicina.  Hizo su residencia en el  Seguro Social Universitario, donde tuvo grandes maestros,  como el internista Juan Carlos Salazar, entre otros.  Hizo  su servicio social en Patacamaya y Riberalta. 

Cuando obtuvo su título en medicina interna, decidió irse a México y su mamá pidió prestados  del banco 2.000 dólares y así obtuvo la visa. Luego de una larga búsqueda, el Hospital Ángeles del Pedregal le ofreció un puesto en terapia intensiva y obtuvo una beca. 

 Luego de  cinco años de trabajo y de conseguir  hasta un ítem en el Hospital Ángeles de Cancún, retornó a  Bolivia. “El título de doctor se gana, no con los años de trabajo, no con una bata, sino con las cosas que haces por el prójimo;  hacer medicina es eso”, reafirma. 

 

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