Descenso desde campamento alto, en medio de una intensa nevada, en la mañana.

Huayna Potosí, el poder de la montaña

Una tormenta de nieve imposibilitó la llegada a la cima del nevado, pero también mostró hermosos paisajes.
sábado, 09 de noviembre de 2013 · 18:00
Tatiana Sanabria  / Huayna Potosí, La Paz
Los misterios de la montaña son tan indescifrables como el destino que depara a quienes intentan alcanzar su cima. La conquista de un coloso no sólo se consuma al llegar a su pico más alto, sino al reconocer su poder y humillarse ante su grandeza. Ésa es una de las lecciones que imparte a diario el Huayna Potosí, uno de los nevados más concurridos de la Cordillera Real, a 6.088 msnm.
A pesar de ser reconocido por su accesibilidad y cercanía con la ciudad de La Paz, las condiciones climáticas, el rendimiento físico y la falta de técnica para escalar  son razones que impiden el paso hacia la tan anhelada meta. Subestimarla es un error tan grave como pretender vencerla a pesar de las adversidades.
Como explica el guía de montaña Sergio Condori, en situaciones adversas, adaptarse a las condiciones de la montaña es una manera de sobrevivir.
"Las exigencias que tiene cambian según la época que se escala y hay que reconocer que no somos nada al lado de la montaña. Dar un paso atrás no es sinónimo de derrota, sino de ganancia, porque decides salvar tu vida”, afirma.
Y aunque es difícil comprenderlo, el nevado permanecerá ahí, con su imponente presencia, esperando un nuevo encuentro y, quién sabe, con ánimo de ofrecernos la oportunidad de sentir la emoción de tener las nubes bajo los pies y clavar la bandera de la conquista.
Hasta entonces, queda la experiencia enigmática y sobrecogedora de adentrarnos en las  entrañas de la montaña, en medio de una oscuridad insondable, caminando con calma y en silencio ante inmensas moles de hielo sombrías y un paisaje inerte.
Aunque fue una travesía inconclusa, estuvo llena de desafíos. Las ráfagas de viento silbando constantemente, los relámpagos a lo lejos, y una tormenta de nieve que se desató de repente, dificultaron el trayecto y llevaron la aventura al filo del vértigo y la adrenalina.
Rotos los parámetros de un viaje cómodo y placentero, a las dos de la mañana iniciamos el recorrido desde campamento alto, a 5.400 msnm, después de un par de horas de descanso en el refugio Casa de Guías, donde es difícil conciliar el sueño.
Una vez colocado todo el equipo de botas, crampones, casco, arnés, cuerdas y ropa de abrigo, seis de los nueve visitantes aceptamos el reto del ascenso a la cumbre. El resto del grupo prefiere descansar, exhaustos por la caminata previa de cuatro horas por un marcado sendero rocoso que empieza en el refugio San Calixto, a 4.800 metros, y conduce a la parte frontal del glaciar.
El filo de la montaña
A medida que avanzamos por el delgado sendero de nieve que bordea el precipicio, el aire se hace delgado, la respiración se dificulta más y el frío es más intenso.
 Aunque el camino está marcado por la asistencia de unos  700 turistas cada mes, en su mayoría extranjeros, es posible que la huella se borre por la tormenta de nieve que se avecina.
Y no sólo eso, Vidal Condori, otro de los guías de la agencia Circuito Andino, asegura que cuando cae la nevada las avalanchas son más frecuentes, el camino es más inestable  y por la neblina se pierde la visibilidad, aumentando el riesgo de una mala pisada en zonas peligrosas.
No obstante, en temporada alta, de mayo a septiembre, hay menos posibilidades de sufrir una nevada y, en consecuencia, más opciones de alcanzar la cumbre del Huayna Potosí. "Es que el clima de la montaña, bromea Sergio, es tan impredecible como el humor de una mujer”.
Tan impredecible que, después de una hora bajo un cielo despejado, de repente cae una nevada que no sólo obliga a retornar al refugio, sino que se prolonga  hasta el mediodía, pintando de blanco los cerros que bordean este coloso y el camino por el que debemos retornar al punto de partida.
Es tal la intensidad de estas precipitaciones, que el manto blanco de la cima se extiende a la zona rocosa, formando una especie de tobogán por el que resbalamos como niños en un parque de diversiones, sin dejar de admirar los indescriptibles paisajes que se forman a lo lejos.
Es, sin duda, la mejor recompensa después del sinsabor que dejó haber abandonado la misión. Y aunque ése no fue un buen día para conquistar el nevado, fue un momento de aprendizaje y crecimiento en medio de los misteriosos encantos de la montaña.

Confidencial

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