Guardaparques, los quijotes de la Amazonia boliviana

miércoles, 11 de septiembre de 2013 · 20:06
Alejandra Pau / La Paz
 El rumor de la selva se siente a su paso en la Amazonia, donde nadie los escucha. Ellos conocen los recovecos de las montañas que forman la cordillera central y sientan presencia soberana en límites fronterizos donde no hay nada más que naturaleza.
Allí están con el equipo mínimo de trabajo, sin más armas que sus manos, defendiendo las áreas protegidas de un país tan diverso y rico como Bolivia.
Si guardaran una bitácora personal de todos sus recorridos en los que resguardan las 22 áreas protegidas que existen en Bolivia -como el Madidi, Apolobamba o Pilón Lajas, sólo por citar algunas- estaría llena de aventuras aguerridas, experiencias en las que el temor se mezcla con mitos y leyendas, y una convicción que supera el deseo de ganar un sueldo que asegure su vejez y su seguridad personal.
Una serie de libros no sería suficiente para contar su vida.
"Cada uno tiene su forma de ver a las áreas protegidas, muchos actores sociales o comunidades pueden verla como algo negativo que frena el desarrollo. Pero gracias al compromiso del personal estamos continuamente informando y educando a las personas”, dice el guardaparque César Bascopé, del campamento de Apolo que pertenece al Parque Madidi.
Los conocen como "guardas” o "parqueros” y muchos de ellos han nacido dentro de las comunidades establecidas en las áreas protegidas y conocen mejor que nadie la geografía de la región.
Entrega, destreza y desafíos
Su trabajo habla por ellos cuando se exponen  a  fenómenos climáticos, fauna salvaje, traficantes de madera, cazadores y  otros peligros. Cuando están en sus campamentos coordinan los monitoreos, el ingreso de turistas a las áreas y los objetos que llevan en el viaje.
Navegando por el río Beni,  cerca de San Miguel del Bala, está uno de sus campamentos en plena reconstrucción, después de que una crecida del caudal inundó las instalaciones y destruyó gran parte de sus pertenencias.  
Junto a su campamento provisorio a la intemperie, el "guarda” Luis Apana guía una caminata informativa sobre el área. "Por aquí se ven muy rara vez monos, lo que hay son chanchos”, cuenta mientras  explica que  para obtener agua en la selva se debe hallar la planta uña de gato, pues  ella almacena agua, o que ante el ataque de un felino uno de los refugios más óptimos es la parte inferior del arbusto, conocido como "árbol que camina”.
A kilómetros de distancia, en el campamento de Apolo, también del Parque Madidi, un grupo de guardaparques ha regresado después de controlar un incendio forestal, que en dos días devoró más de 350 hectáreas. Reflexionan sobre la jornada y sus retos  a futuro.
"Son incendios voraces. Nos ha  llamado a la reflexión, si nos encontramos con un incendio de mayores dimensiones, no lo vamos a poder controlar. Hay un vacío de información en las comunidades  -que también es nuestra responsabilidad- sobre lo que significa vivir en áreas protegidas y su valor cultural y natural”, dice Saúl Zambrana.
Ellos cuentan cómo varios se han enfermado debido a las extensas jornadas de trabajo, como por ejemplo de leishmaniasis -enfermedad  transmitida por la picadura de un mosquito que ataca a la piel, el hígado y el bazo-.
Han sido mordidos por  víboras e inclusive han muerto llevando como estandarte la simple convicción y fortaleza de poder conservar y cuidar el medio ambiente. "Por todo ello, puedo decir que mis compañeros no están aquí por el ingreso económico, sino porque amamos la conservación”, explica Bascopé.
Fieras, traficantes y "guardas”
Jhonny Huanca tiene 32 años y lleva 12 años siendo guardaparque en la reserva Manuripi. Es dueño de un carisma muy particular y, valiéndose de éste, cuenta   historias que son capaces de crispar los nervios a cualquiera.
Su llegada al puesto fue como la de muchos: por casualidad y al buscar un trabajo fijo. En sus años  de trabajo lo han amenazado de muerte dos veces con armas de fuego para evitar el decomiso de motosierras, utilizadas para la tala ilegal de árboles.
Y si hay  una experiencia que no ha podido olvidar fue cuando  en el río Madre de Dios,  frontera con Perú,  divisó una de las criaturas que más temor provoca a los "guardas” de la Amazonia, una sicurí, o como ellos la llaman una "fiera”.
Su cuerpo tenía el ancho de casi un barril y el largo era de más de 20 metros. "La hemos visto y nos  hemos sentado ahí masticando coca hasta que se vaya. Por su tamaño, sumamente grande, si abren la boca la persona se entra nomás”, grafica.

De carreteras y  territorio
Edson Rafael es guardaparques y director  interino  de  la Reserva Pilón Lajas . Cuenta que en esta zona los asentamientos humanos alrededor de la carretera asfaltada entre Rurrenabaque y Yucumo son una amenaza para esta área protegida. Lo mismo sucede con los proyectos de las carreteras de Santa Bárbara-Yucumo y Yucumo-Quiquibey.
"Hay mucha demanda de terrenos, es una amenaza para nosotros el tema de la carretera . Lo mismo pasa con la  madera”.
Si hay un pedido en el que coinciden los "guardas”  es en el respeto por su trabajo.
"Es una vocación. No se gana mucho, es cierto. Lo primero que me gustaría es que las personas tengan respeto por nuestro trabajo, sobre todo las autoridades. La única política que nosotros tenemos es la conservación”, dice con mucha seguridad Huanca.  

Con esa frase  resume esa faceta de estos hombres y mujeres que hacen un trabajo quijotesco en los lugares más recónditos, hostiles y agrestes de Bolivia.

 Hay unos 350 guardaparques para 22 áreas protegidas en Bolivia  
En las 22 áreas protegidas que tiene Bolivia trabajan alrededor de 350 guardaparques. Apolobamba cuenta con el mayor número: son 35.  
  El salario de los guardaparques, calificados en dos niveles -de los cuatro existentes- en las categorías   3 y 4 (donde está la mayoría), oscila entre los 2.400 y 3.700 bolivianos, según un incremento durante la gestión del viceministro de Medio Ambiente, Juan Pablo Cardozo, en 2012.  
  El responsable de protección del SERNAP, Iván Morales,  manifiesta que  en general el número de guardaparques que se tiene en Bolivia es insuficiente.
 "Tenemos guardaparques que son más antiguos que el SERNAP, creado hace 15 años. Lamentablemente, hasta el presente seguimos dependiendo de la cooperación internacional”, explica.
La cooperación  se dirige  al  equipamiento e infraestructura y  no a los salarios, que son responsabilidad del Estado.

Los campamentos y la cooperación

 Los campamentos son el centro de operaciones de los guardaparques. En ellos coordinan sus actividades, como los monitoreos de las áreas protegidas, pero también es donde se alimentan, descansan y cuentan con  servicios básicos.
En la localidad de Cascada, en la reserva Pilón Lajas, hace alrededor de un mes se  inauguró un campamento. Como éste y durante una década un gran número de campamentos  se construyeron o mantuvieron  con los fondos de la Cooperación Financiera Alemana (KfW) y la coordinación del Servicio Nacional de Áreas Protegidas (SERNAP).
El director de la agencia regional de KfW, Gerd Juntermanns, dijo sobre los guardaparques que   "se ve realmente que es un trabajo que les gusta, estuvimos trabajando más de diez años en las áreas protegidas y quedamos impresionados por su labor”.

 

 

 

 

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