Aokigahara, el bosque de los suicidas de Japón

Aquellos que deciden acabar con su vida acampan durante varios días y luego consuman la acción.
miércoles, 25 de septiembre de 2013 · 20:32
gnacio Bracamonte / La Paz
A los pies del emblemático monte Fuji está Aokigahara, un bosque creado a base de lava volcánica de no más de 35 kilómetros cuadrados. Conocido como el "mar de árboles” entre los habitantes de la comunidad, se halla entre las prefecturas de Yamanashi y Shizuoka, en la región central de Japón. Pero  la fama de Aokigahara no deviene de las características de su imponente paisaje, sino del alto índice de suicidios que allí ocurren cada año.
Las constantes erupciones del monte Fuji, ocurridas entre los años 800 y 1083, causaron la formación del bosque de Aokigahara. Sin embargo, una erupción de mayor  magnitud ocurrida  el año 864 fue la que contribuyó de manera definitiva a la formación de las características que presenta en la actualidad.
Jukai (mar de árboles) es el nombre con el que se conoce al bosque entre los lugareños,  ya que visto desde la cima del monte Fuji se puede apreciar su vasta frondosidad que, curiosamente, se mantiene verde durante los 12 meses del año.
La superficie del bosque está formada principalmente por rocas volcánicas, lo que dificulta el trabajo de herramientas manuales como picos y palas. Ésta es la razón principal por la que la mayor parte del bosque se encuentra intacta y se ha mantenido  exclusivamente para fines turísticos o de excursionismo. Dada su gran extensión, el bosque cuenta con  señalizaciones que permiten limitar las sendas abiertas para los visitantes de otras zonas donde la gente puede extraviarse fácilmente.
Algo de historia
A mediados del siglo XIX, Japón decidió reformar  su política de aislamiento (sakoku, la que  establecía que nadie, ya sea extranjero o japonés, pudiese entrar o salir del país), produciéndose así la transición de un periodo de feudalismo controlado por un líder militar o shogun al periodo Meji, un periodo de modernización, progreso  y relacionamiento internacional.
La apertura de Japón a un comercio extranjero descontrolado produjo una inestabilidad económica en la que el desempleo, la inflación, las hambrunas y epidemias fueron algunas de las consecuencias colaterales más nefastas.
En este caótico escenario, una nueva tendencia surge en Japón, llamada ubasute. Las familias más pobres abandonaban a su suerte a aquellos miembros de la familia que no podían sustentar y alimentar, llevándolos a lugares remotos y desolados.
Niños y ancianos fueron las víctimas de aquella terrible práctica por la que morían de deshidratación e inanición. Y precisamente es en este lugar, el bosque de Aokigahara, donde se reportó un gran número de  aquellos sacrificios humanos. Consecuentemente, y debido a creencias populares, la gente lo asocia con maldiciones, demonios y fantasmas de los que allí perecieron.
Su fama como un lugar idóneo para cometer el suicidio creció luego de que en 1960 Seicho Matsumoto publicase su controversial novela Nami no Tou. El relato narra el amorío entre un joven fiscal que se enamora de una misteriosa mujer casada. Luego de que el romance es divulgado y la joven pareja es indignada y repudiada públicamente, opta por suicidarse en el bosque de Aokigahara.
Siendo un país industrializado y una potencia mundial, es difícil comprender por qué Japón presenta una tasa de suicidios tan elevada.
Según el periódico nipón Japan Times, 27.766 personas cometieron suicidio el año 2012. Para poder explicar este fenómeno debemos entender el pensamiento y la idiosincrasia japonesa.
El sintoísmo es la religión nativa de Japón y tiene por doctrina el deber de hacer las cosas bien en el momento adecuado. Una acción consecuente a este pensamiento o filosofía de vida es lo que conocemos por  harakiri, suicidio ritual japonés.
Esta práctica común entre los samuráis se llevaba a cabo si alguno de ellos cometía alguna falta o delito que pusiese en duda su honor. Para enmendar su error recurrían a dar la vida de manera voluntaria (o en algunos casos, sentenciada por un superior shogun), siguiendo los ritos y protocolos preceptuados.
De este modo, la muerte era bien recibida y mejor aceptada que el vivir en deshonra y humillación. Si bien el harakiri fue oficialmente prohibido en 1873 con pena judicial, esta costumbre ha trascendido el tiempo y perdura en la idiosincrasia japonesa.
El pensamiento de deber hacer las cosas bien perdura en la actualidad. Dentro de esta filosofía perfeccionista, si trabajas en una empresa y cometes algún error que perjudicase a la compañía, el suicidio sería una de las opciones para tener en cuenta y que muchas veces es ejecutada.
En el interior del Aokigahara
El denso paisaje de intacta vegetación arbolada es trastocado por los mártires de mentes confundidas y heridas por la vida. Carpas abandonadas, libros y diarios, vestimentas, botellas de agua y envolturas son algunos de los elementos que coexisten junto al tupido panorama de árboles verdes y suelos volcánicos.
Aquellos individuos, dispuestos a quitarse la vida de manera voluntaria, suelen adentrarse en el Jakai acampando varios días hasta consumar la acción. Muchos de estos malaventurados suelen envolver cintas adhesivas alrededor de los árboles, desandando así su camino en caso de revocar su fatal decisión; las cintas coloridas se enmarañan en el bosque unas encima de otras, combinándose de manera caprichosa  con el Aokigahara, como el preludio de una tragedia.
Según The Japan Times, "en 2002 se encontraron 78 cadáveres en el bosque, con lo que se superó el anterior récord de 1998 de 73, y en 2003 la tasa ascendió a 100 cadáveres”.
El samurái del siglo XXI
Operarios y voluntarios se adentran anualmente a las entrañas mismas del bosque Aokigahara en busca de cadáveres que no han podido ser encontrados. Tal es el caso de Azusa Hayano, el humilde samurái del siglo XXI.

Azusa es un geólogo que estudia las erupciones volcánicas y  plantaciones a los pies del monte Fuji desde hace más de 20 años. Dada la necesidad de voluntarios para la prevención de suicidios en la zona, Hayano presta sus servicios a la comunidad y ayuda a aquellos desafortunados que optaron por entrar en el mar de árboles.
El  vulcanólogo no sólo ha presenciado el hallazgo de alrededor de 100 cadáveres en el corazón del bosque, sino que también se ha cruzado con individuos aún vacilantes acerca de quitarse la vida.
Gracias a su intervención, muchas personas han podido recapacitar y dar una segunda oportunidad a la vida; el poder de persuasión de Azusa ha logrado salvar vidas durante los últimos años.
El veterano voluntario cree que es fundamental poder entender las complejas razones por las que sus compatriotas deciden quitarse la vida.
Según él, las causas devienen del aislamiento social; es un síntoma consecuente a la vida impersonal y solitaria que surgió con la tecnología y especialmente con  internet.
"Pienso que la manera en que vivimos en sociedad hoy en día se ha vuelto más complicada.

La comunicación cara a cara solía ser vital, pero ahora podemos vivir nuestras vidas estando en línea detrás de una computadora todo el tiempo. Sin embargo, la realidad del asunto es que todavía necesitamos ver los rostros del prójimo, leer sus expresiones y escuchar sus voces para que podamos entender sus emociones”, dice Hayano.

27.766
personas
se quitaron la vida  en el bosque en 2012, según el diario The Japan Times.

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