El sueño de Cleto Mamani

Un lustrabotas experimentado relata facetas de su vida que le llevaron a vivir en la calle, pero de las que también supo salir adelante trabajando.
viernes, 26 de diciembre de 2014 · 18:51
  Timo Kollbrunner / La Paz
Cleto Mamani (nombre ficticio) está sentado en un taburete y friega las botas a su frente como si su vida dependiera de esto. Ágil, alterna entre el cepillo, el trapo y la crema hasta que el cuero brille como nuevo. "¿Cuánto?”, le pregunta la señora que lleva las botas. "Su voluntad, nomás”, responde. La mujer le da cinco bolivianos. El truco funcionó una vez más. Normalmente recibe sólo un boliviano y cincuenta centavos por el lustrado de un par de zapatos.
Cleto Mamani, de 41 años, trabaja como lustrabotas hace casi 30 años, desde que huyó de su casa. Al principio todo había sido bueno. Su padre fabricaba sombreros tradicionales, su madre los vendía en el mercado. Era un negocio rentable.
Pero entonces, la madre murió al dar a luz a su cuarto hijo, y ahí algo murió en el padre también. Empezó a beber y dejó su trabajo. Cuando estaba ebrio, se enojaba. Una vez lanzó un zapato a la cara de Cleto, la cicatriz permanece hasta hoy día. Sacó sus ropas y le azotó con su cinturón.
Con 12 años, Cleto escapó de su casa. Desde entonces vivió con dos amigos en la calle y comenzó a limpiar zapatos. A veces, los conductores de los autobuses dejaban dormir a los chicos en sus vehículos si limpiaban las ventanas y botaban la basura. Esas eran las buenas noches. Las malas las  pasaban frente a la puerta de la  terminal de autobuses, sobre  un pedazo de cartón.
A menudo eran acosados por otros  lustrabotas mayores, y cada una o dos semanas, cuenta Cleto, eran aprehendidos por policías que les  llamaban rateros y ladrones y se llevaban los pocos pesos que habían ganado el día anterior.
"Muy triste”, dice cuando recuerda esta época. Pero, "gracias a Dios”, dice, "nunca he comenzado a clefear”, a diferencia de los chicos de seis o siete años que ve hoy y cuyo horizonte se limita a la próxima botella de pegamento.
Una vez, Cleto hizo cajas de madera para dos jóvenes, para que puedan empezar a limpiar zapatos. "Yo era fuerte, tienen que ser también”, les dijo, pero dos semanas después, uno había cambiado su caja por pegamento y al otro la habían robado cuando estaba drogado.
"Es triste, pero así es”
Cada mañana a las seis, Cleto Mamani deja su casa en El Alto, donde vive con su esposa y sus cuatro  hijos. Le gusta la vista impresionante durante el descenso en el minibús, cuando el centro de La Paz se extiende entre los picos nevados.
Alrededor de la gran fuente de El Prado tiene su área "certificada oficialmente”. Él es uno de los pocos lustrabotas registrados, mientras la mayoría de los cerca de 3.500 lustrabotas siguen siendo ambulatorios, lustran aquí y allí, y si uno de ellos se acerca demasiado a la fuente, Cleto Mamani lo envía a otro lugar.
Por la noche, después de 10 horas de trabajo, se dirige a una casa colonial vieja en una calle lateral. Es una vecindad poco amistosa. Toca la puerta, una y otra vez, hasta que la propietaria malhumorada le tira la llave hacia abajo.
Como docenas de otros lustrabotas, paga dos bolivianos para  depositar su pasamontañas y su caja de madera allí, y después de que se ha lavado las manos con jabón, ya no es lustrabotas, sino Cleto el conductor o el albañil, según quién le pregunta.
Seis personas -su esposa, sus cuatro hijos y la propietaria de la casa en la que viven- saben que él es un lustrabotas. Unos colegas lustrabotas saben que tiene familia. Ésos son los únicos puntos de contacto entre las dos vidas que lleva. Tiene que mentir a sus mejores amigos, porque sabe que no le entenderían. "Me mirarían desde arriba”, dice. Sus tíos son profesores o médicos. "Nunca podría decirle la verdad a ellos”, dice. "Es triste, porque trabajamos duro y no robamos o pedimos. Pero así es”.
Cuando Cleto  llega a casa, ya es de noche. La familia no cena, porque el sueldo simplemente no alcanza. Le duele pasar otra Navidad sin regalos o árbol, pero al menos, dice, sus hijos pueden asistir a la escuela y no deben trabajar como tantos otros.
"Porque si se han ganado unos cuantos pesos, ya no quieren ir a la escuela”. Él lo sabe, lo ha experimentado. Y también que tiene a su familia. "Creo que sin ellos desde mucho tiempo estaría bebiendo o clefeando. Mi familia es la maravilla más grande de mi vida”.
En la ciudad maravillosa
Desde hace tres años este lustrabotas tiene la oportunidad de ganar un poco de dinero extra, al menos tres o cuatro veces al año. Él es uno de los 12 lustrabotas  capacitados por la organización Hormigón Armado para realizar recorridos turísticos.
El trabajo comienza en el Cementerio General. Esta mañana no lleva puesto su pasamontañas. El riesgo de ser detectado es pequeño, casi no hay personas. Su madre no está en este cementerio, cuenta, porque aquí se paga por el nicho. "Cada tres años son 340 bolivianos. Si uno no paga, abren los ataúdes y queman los cadáveres”, explica el guía.
Desde el cementerio, el tour continúa hacia el mercado de pescado, donde muchas truchas rosadas recién pescadas en el lago Titicaca se presentan en los mostradores y otras nadan en el aceite. Cleto Mamani consume el pescado ofrecido en cuestión de minutos, ni un gramo de carne  deja en las espinas. Tal comida de fiesta no le llega a menudo.
Entonces a través de un laberinto de calles, Cleto Mamani llega al mercado de flores y después a las tiendas donde se venden  los vestidos para las cholitas. Muestra los sombreros  y guía a los turistas a las tiendas con las faldas caras. Dice que le  gustaría ver a su esposa alguna vez con un traje de este tipo, porque "no hay nada mejor que una cholita elegante”, pero es caro, por lo que su esposa sigue siendo una "mujer de pantalones”.
La elección de La Paz como una de las siete ciudades maravilla  da esperanza a Cleto Mamani. Tal vez en el futuro será una vez al mes, o incluso una vez a la semana que podrá realizar un tour turístico y hacer algún dinero extra. Gracias a ello, probablemente esta sea su mejor Navidad: comprará algo para los hijos o incluso un  traje de cholita para su esposa. 
Ha pasado el examen de conducir gracias a la ayuda del Hormigón Armado. Si llega a conseguir el dinero para comprar un minibús usado, no volverá a mentir cuando le pregunten lo que hace para vivir.... Bajar por la mañana temprano de El Alto a La Paz en su propio minibús es el gran sueño de Cleto Mamani.

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