Un día en Terapia Intensiva del hospital Viedma

Una vigilia en la Unidad de Terapia Intensiva del hospital Viedma permite atisbar dramas en los que la falta de dinero decide la suerte de un familiar gravemente enfermo.
domingo, 31 de agosto de 2014 · 19:51
Ida Peñaranda  / La Pública/ Cochabamba

Dos pacientes necesitan ingresar a la Unidad de Terapia Intensiva (UTI) del hospital Viedma -el recinto hospitalario público más importante de Cochabamba-, pero las ocho camas de esta área están ocupadas. 

Las familias de los respectivos enfermos deben tomar decisiones que ponen en la balanza, se quiera o no, sentimientos, obligaciones y dinero. 

Si se opta por dejar al paciente en este hospital, a la espera de que haya un espacio en la UTI, se deberá aprobar que se quede en Emergencias, aunque no sea lo más indicado, dado su delicado estado de salud. El personal médico ofrecerá hacer lo posible para conseguir ese espacio y brindará la mejor atención que las circunstancias permitan; pero, en caso de que se produzca el deceso, no será responsabilidad suya. Se debe firmar que uno es consciente de ello.

La sala de Emergencias está siempre muy activa. Un joven grita de dolor, pues le están poniendo la clavícula en su lugar; una señora embarazada que se tragó una abeja está preocupada; un anciano intenta descansar, un joven sufre por la herida de puñal en el estómago y un señor ebrio que fue atropellado no parece darse cuenta de que la piel de su frente se sostiene apenas…

Emergencias es una división hospitalaria de tránsito. Una persona que necesita terapia intensiva es un paciente crítico, en riesgo de muerte; no en vano está restringido el ingreso de personas ajenas al área por el riesgo de contagios. 

La familia podría optar por un centro privado, pero una UTI en cualquier hospital particular exige un gasto de entre 500 a 1.200 dólares por noche; las medicinas y honorarios médicos son aparte. Normalmente, si alguien quiere internar a algún familiar en estas unidades de hospitales privados  debe dar un adelanto de por lo menos cuatro días (no está demás recordar que el salario mínimo en Bolivia es de 1.440 bolivianos, es decir, alrededor de 200 dólares).

Muy poco se sabe de la sensación de ser paciente de esta unidad, porque los que logran salir con vida guardan muy pocos o ningún recuerdo de la experiencia. Por eso, conocer una UTI, para quien está sano, como es mi caso, resulta un viaje de ciencia ficción: tantos aparatos, displays (pantallas que dan indicadores numéricos del estado del paciente) de diferentes colores, alarmas, camas especiales y ventiladores. Eso de que la vida pende de un hilo o, literalmente, de las máquinas, es una idea que se sobrepone a la fascinación por la tecnología. Entonces, la UTI es algo así como la antesala donde se define nuestra suerte, donde la tecnología y el conocimiento humano despliegan sus mejores jugadas y así se define la vida o la muerte.

La gran ventaja de ser atendido en la UTI del Viedma es que, además de que se paga mucho menos, con respecto a una clínica privada, el Estado cubre los honorarios médicos y de servicio. El problema es que sólo cuenta con esas ocho camas para toda la ciudad e incluso las provincias de Cochabamba.
Cuestión de suerte
"Tuvimos suerte porque hay espacio. Ayer, Dios se recogió a dos pacientes”, me dice la familiar de un enfermo. 

Quedo un poco conflictuada con el término suerte; al parecer un virus en la sala de UTI cobró factura a los pacientes más débiles. Tema delicado. Además, si uno tiene la suerte de lograr el espacio, viene la siguiente preocupación: las medicinas. El que sea un hospital público no significa que los medicamentos sean gratuitos, pues los familiares deben comprar diariamente los requeridos. Otra familiar con "suerte” me dice que está gastando alrededor de 200 dólares por día.

La realidad del conflicto económico es dura, porque normalmente los pacientes de UTI no se quedan un par de días. Dependiendo del cuadro, su recuperación puede durar semanas y hasta meses. Y, además, nadie puede garantizar una recuperación total. La primera reacción al escuchar esto es, claro, que todo esfuerzo vale para salvar la vida del ser querido, que el dinero saldrá de donde sea. Pero la realidad no es tan simple. Muchas veces, la situación extrema obliga a repensar las posibilidades, a tomar decisiones que jamás se sospecharía siquiera con respecto a un padre, un hermano, un esposo, un hijo. Decisiones del tipo de desconectar al familiar y/o abandonarlo, tal cual se documenta que ha pasado en el Viedma.

Para los familiares  ese choque con la realidad económica se da en medio de una profunda crisis emocional. El personal de medicina crítica (terapia intensiva), sobre todo el que no ha perdido sensibilidad en medio del dolor cotidiano que atestigua e intenta explicar a la preocupada persona lo que está pasando. De lejos, se puede ver que unos lloran y otros sonríen aliviados; difícil saber o juzgar si las lágrimas son por la recuperación del paciente o se deben a la noticia sobre su descanso definitivo. 

Una dura decisión

Los conflictos legales de los que se oye en otros países, donde las autoridades vigilan que nadie desconecte a nadie, incluso si la vida se mantiene sólo porque una máquina hace todo por el paciente, y donde los médicos y los familiares se enfrentan a sanciones si interrumpen esa asistencia, en Bolivia parecen ausentes. La eutanasia no está legalmente aprobada, pero se puede afirmar que existe de facto.

Tomar una decisión tan dura como desconectar a un familiar, además de responder al tema económico, tiene una muy fuerte carga sentimental. La gente suele preguntarse: ¿qué clase de vida es permanecer en adelante como un vegetal? ¿Estoy matando a mi familiar por decidir desconectarlo? No existe una sola respuesta, sino muchas.

Yo misma conozco a una familia que después de dos meses de tener a su papá en estado vegetal  comenzó a discutir la opción de pedir que se le suspenda la asistencia. "Mi hermano quiere matar a mi papá”, se quejaba la hija más joven, mientras el hermano mayor (de no más de 30 años) argumentaba: "Mi papá no hubiera querido nunca vivir así, si él pudiera desconectarse, lo haría”. Después de largas semanas de discusión, un domingo  la familia tomó la dura decisión. El lunes por la madrugada, contra toda predicción, el papá se despertó y una semana después fue dado de alta.

A veces, los mejores deseos se vuelven pesadillas. Es el caso de un joven que por causa de un accidente tuvo un trauma encefalocraneal; su familia hipotecó todos sus bienes y, pese al apoyo de familiares y amigos en un principio, ha terminado por acumular una deuda enorme. El joven vive, pero ha quedado con varias secuelas físicas y cognitivas; no puede valerse por sí mismo, sin mencionar la falta de apoyo de la comunidad y del Estado para que estas personas sean incluidas en la sociedad.

 

Las lecciones aprendidas

En mi recorrido por el Viedma, me topo con una esposa desesperada que dice estar perdiendo el respaldo de la familia del marido internado hace más de un mes en la UTI.

 "Ahora entiendo la importancia de un seguro -me dice-; pero, aun así, para los que cuentan con uno, he aprendido varias lecciones, una de ellas: pregunten qué cubre ese seguro, lean la letra chica, no se conformen con las explicaciones generales”. 
Otra lección aprendida: Cada vez que se sepa de un nuevo hospital público, como ciudadano acuda al lugar, pregunte sobre su capacidad, sobre los recursos humanos, técnicos y farmacológicos. O haga lo propio con el viejo hospital frente al cual pasa a diario sin mirarlo siquiera. 
Como me dice la hermana de un paciente todavía joven, sobre cuyo futuro se discute agriamente con la esposa y los hijos, a causa del dinero, "generalmente, solemos vivir como si fuésemos inmunes, hasta que ante las puertas de una sala de terapia intensiva se presenta el terrible dilema: pagar para mantener al ser querido con vida y las propias esperanzas en su recuperación o mirar las cuentas y poner en juego todas las convicciones que antes parecían tan claras”.

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