La torre de locos, un museo de terror anatómico en Viena

“Cuando paso por esta colección pienso: ¡Qué suerte! Esa enfermedad que tú ves ya no existe hoy en día”. Eduard Winter, director de la Torre de Locos. Viena
martes, 6 de enero de 2015 · 09:03

Christoph Driessen / Viena

 Viena y la muerte son un amor eterno, dice el refrán. En la capital austriaca se encuentra el Cementerio Central con las tumbas de Beethoven, Falco y otros tres millones de muertos. Allí están las catacumbas, debajo de la Catedral de San Esteban, con sus montañas de esqueletos de víctimas de la peste. Sin embargo, ninguna de estas atracciones deja una impresión tan duradera como la Narrenturm (Torre de los Locos) con su colección anatómico-patalógica.

Aviso para los visitantes: no podrán deshacerse rápidamente de las imágenes de esta torre del horror.   La Narrenturm terminó de construirse en 1784. Tiene forma de cilindro, cinco plantas y 139 celdas en las que vivían encadenadas personas mentalmente enfermas.
En lugar de locos, las celdas albergan hoy toda clase de monstruosidades imaginables e inimaginables. La Narrenturm es considerada como el museo patológico más grande y más antiguo del mundo.

 

Cadáveres y enfermedades

Los aproximadamente 50.000 objetos se pueden agrupar a grosso modo en dos categorías: cadáveres o partes de cadáveres conservados en alcohol, y réplicas de cera de partes enfermas del cuerpo. En la época anterior a la invención de la fotografía en color, estos modelos eran imprescindibles para la formación de jóvenes médicos.
La elaboración de los moldes fue extremadamente cara: "Fabricar un molde requiere un trabajo ininterrumpido de 48 horas”, explica la profesora Maria Teschler-Nicola, directora de la Sección Antropológica del Museo de Ciencias Naturales, a la que está anexionada la colección desde 2012.
Por ello, muchos moldes, aunque representen un carcinoma de vagina, por ejemplo, están enmarcados como obras de arte.

Es imposible visitar el museo sin que uno se vea enfrentado a su propio miedo a la enfermedad y a la muerte. "Efecto primario del sífilis en el órgano sexual masculino”, dice un viejo letrero educativo, junto al cual se desplaza un grupo de escolares.
Es imposible apartar la vista, porque a la izquierda y a la derecha están expuestos más objetos insoportables: un pulmón afectado por la peste, un forúnculo de Aleppo, tuberculosis en el dedo, congelaciones de tercer grado, una cara marcada de viruela... Al lado de estos horrores, la colección de cálculos renales de un urólogo cuya fama se desvaneció hace mucho tiempo parece más bien graciosa.
  Un objeto estrafalario es el cráneo de un participante en la primera vuelta al mundo de la Marina de Guerra austriaca en 1858: supuestamente, sus compañeros sacaron la cabeza del estómago de un tiburón.

Los preparados líquidos no son accesibles para todo el mundo, sino que requieren de una solicitud previa. "En el fondo siempre pensamos que en realidad hay un ser humano detrás de ese preparado”, explica Eduard Winter a DPA.
La propia normalidad
 Él es el administrador de la colección, un hombre joven asombrosamente alegre con perilla y bata blanca.

Al propio Winter, su lugar de trabajo no le incomoda en absoluto. "Por el contrario, para mí es algo estimulante: cuando paso por esta colección pienso: ¡Qué suerte! Esa enfermedad que tú ves ya no existe hoy en día”.
 Quizás se explique de forma parecida por qué cada año 25.000 personas se exponen al horror de este museo: al contemplar las deformaciones de los enfermos, uno se da cuenta de su propia normalidad, información básica: la Narrenturm en Viena.
Cada hora en punto se ofrecen visitas guiadas. Además, es posible acordar visitas guiadas fuera del horario de apertura normal para grupos de 12 o más personas, con la atención centrada en diferentes temas de interés.
Desde hace años, la Torre de los Locos está siendo renovada mientras el museo sigue abierto.
 Una vez terminadas las obras, la colección será presentada de forma totalmente nueva, pero aún no se tiene la fecha. DPA

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