“Ya no me ofenderé si me llaman puta”

Detrás del maquillaje, de los zapatos de tacón y la “ropa sexy” de cada trabajadora sexual hay una historia de lucha, fuerza y, en algunos casos, de sueños rotos.
domingo, 11 de diciembre de 2016 · 00:00
Olga Yegorova /  La Paz 
 
Antiguamente, a las prostitutas bolivianas las obligaban a usar el mantón negro como prenda distintiva, lo que caracteriza los registros fotográficos policiales de la década de  los años 30.  Años después se les asignaron espacios particulares a los lenocinios. Se quería separar a las "prostitutas”, vistas por naturaleza distintas de las mujeres "normales”. 
 
Hoy, la venta del servicio sexual es un vacío legal en Bolivia. El ejercicio del trabajo sexual no está prohibido, aunque tampoco hay normativa que lo regule. La única regulación consiste en tener el carnet sanitario. Así,  el cliente se puede sentir en "buenas manos”; mientras las personas que ejercen el servicio sexual nunca saben con quién están.
 
Eso sí, el trabajo sexual aún está considerado como dinero fácil, pero la realidad muestra algo muy distinto. Tereza Cruz, presidenta de la Red de las Trabajadoras Sexuales (RedTraSex) de La Paz explica por qué: "Cuando te pegan, te violan o te matan los oficiales, sobre todo los policías quienes reciben la denuncia te cuestionan. Eres puta. Si estás ahí es porque te gusta. ¿Por qué te quejas?”. Por el hecho que sea trabajadora sexual, no me pueden violar. Antes de ser trabajadora sexual yo soy mujer. Pero en vez del apoyo moral que mereces, te cargan con la mochila de la culpa”.
 
 Pero no solamente las instituciones, sino también los estigmas del entorno social dificultan la  vida  de las trabajadoras sexuales. 
 
 Por eso, el que te digan "hijo (a) de puta” es considerado como uno de los peores insultos en la sociedad boliviana. 
 
 Sin embargo, si hoy alguien me llamara así, no me sentiría atacada, pues en las últimas semanas conocí a las mamás de esos hijos, las supuestas "putas” o, como está bien dicho, trabajadoras sexuales, y logré entender sus sueños y  sus luchas. 
 
 La familia rara vez se entera que realizan ese trabajo. Cuando pasean por las calles tienen una vida aceptada por su entorno social. Pero cuando es hora de trabajar, ellas cambian de ropa, usan mucho más maquillaje y asumen otra identidad. Ahí se llaman: Melanie, Roxana, Elsita y Cochita. Para proteger sus identidades nos quedaremos con estos nombres. 
 
Las salas de luz roja
Mi primera estación fueron las "salas”, como les llaman las trabajadoras sexuales, que están a una cuadra de la plaza Alonso de Mendoza. 
 
Al entrar por la poco llamativa puerta de metal, una luz roja pinta el ambiente de un color sensual, tratando de esconder los muebles viejos, los suelos sucios y el ambiente frío. Un único espacio está cerrado para los clientes. 
 
Al pasar unas horas en estas salas vi varios hombres entrar y salir por la puerta de metal. Algunos vienen después de tomar algunos tragos, la mayoría mayores de 45 años; otros están absolutamente sobrios, bien vestidos, incluso amables. Ellos oscilan entre los 20 y los 30 años. 
 
Las mujeres ya arregladas, en ropa interior y disponibles, salen y se presentan en fila al cliente. Éste elige la mujer con quien quiere tener sexo. 
 
Al contrario de lo que se podría esperar, no siempre la más joven o la más flaca es elegida. Parece que allí, en un ambiente escondido del ojo de la sociedad, la diversidad de preferencias sexuales no se reprime. 
 Melanie y su pasión por la historia 
 
Melanie sabe más sobre la historia alemana que yo. Pues a Melanie le fascina la historia y  la literatura. Cuando la vi por primera vez me intimidó su apariencia fuerte y su seguridad en sí misma. Después de conocerla entendí que la vida le exigió tener esa fuerza. 
 
"Soy madre de cinco hijas, jefa del hogar, una persona que tiene amistades en la sociedad. Como Melanie soy otra persona, tengo que usar más maquillaje, otro peinado, soy la dama de la noche. Mi familia piensa que hago negocios. No quiero que mis hijas piensen que ‘si tú haces esto, ¿por qué no yo?’”, expresa la mujer.
 
"Cuando entré por primera vez con un cliente yo ni sabía cómo usar el condón. Me mordí los labios y pensé ‘tengo que hacerlo por mis hijas’. Lloré como tonta, hasta que una de las chicas me limpió, me arregló otra vez. Las compañeras me maquillaron y dijeron: ‘a todas nos pasa’”. A pesar de toda la competencia, el compañerismo entre las trabajadoras sexuales es primordial.
 
10 años después de la primera vez, dos de sus hijas salieron profesionales, tres todavía estudian en el colegio y en la universidad. Yo conocí a dos de ellas durante una fiesta familiar. Son chicas curiosas y llenas de luz. 
 
Roxana, amante del cine 
 
El lugar favorito de Roxana es el Multicine. Ver películas es lo que ella más disfruta. Después de esto, le encanta pasear por las calles, tomar un café y encontrar nuevos lugares en La Paz, su ciudad natal. Por eso, nos encontramos en un café en la calle Sagárnaga. 
 
Roxana solamente lleva siete meses como trabajadora sexual. Es una chica de 19 años. Tenía que sostener a su hermano después de que sus padres fallecieron. 
 
A pesar de la intimidad física que ella comparte con sus clientes, nunca los besa. Solamente su pareja, un chico que ella conoció hace unos meses, tiene el permiso para besarla. "Si él, mis amigos o mi hermano supieran que trabajo aquí, me escaparía a otra ciudad. Lo perdería todo”, confiesa.
 
Por ahora, Roxana continuará con el trabajo sexual. "Tengo que sacar adelante a mi hermano. Recién cuando él salga del colegio puedo pensar en ir a estudiar”, dice. Unos  segundos después se despide, pues tiene una cita con su novio, a pocas cuadras del café donde nos encontramos. 
 
El trabajo independiente 
 
Es de día, turistas suben y bajan las calles. Cerca de la plaza Eguino hay un callejón tranquilo. Un lugar como miles de otros en La Paz. 
 
En ese lugar hay una imagen no muy extraordinaria. Mujeres, vestidas de manera normal, entre sus 45 y 75 años, sentadas en diferentes peldaños. Algunas charlan,  otras se aíslan.
 
Una de ellas me explica que cuando una trabajadora sexual ya no es lo suficientemente atractiva o joven para generar ganancias en una sala, ya no tiene el permiso de estar ahí, por lo que tiene que trabajar independientemente, en la calle. 
 
Cochita quería ser paracaidista militar 
 
En el colegio Cochita soñaba con ser paracaidista militar. Hoy no vuela pero se mueve por tierra. Para la Feria de   Alasita produce las deidades en miniatura, que después también las vende en Copacabana, La Paz y en Puno, Perú. Desde hace tres años baila caporal en las entradas foklóricas. 
 
Al trabajo sexual, Cochita también se acercó a través del baile. "A mis 19 años fuimos con un grupo de amigas a buscar un trabajo como bailarinas. Mi apodo era Chuflay. Era el único trago que conocía, y por eso siempre pedía chuflay”, comenta. 
 
Recibía un porcentaje por cada trago que los hombres le invitaban, dependiendo de su precio. Eso significaba tomar alcohol cada día. Por eso, cuando una amiga le dijo que se ganaba bien en las calles de La Paz, decidió probar.
 
Cochita ofrece sus servicios ya hace 20 años. "Todavía tengo temores, porque al final no sabes con quién entras. Algunas veces me han pegado. A unas compañeras las han matado, ése es el riesgo que nosotras siempre corremos”, afirma la mujer.
 
Elsita, una cholita sexy 
Como miles de mujeres de su país, la pollera y el sombrero caracterizan su apariencia. Pero en vez de enfadarse cuando se le toma una foto, ella levanta un poco su falda, muestra su pierna y se ríe. 
 
Cada día, menos los domingos, uno encuentra a Elsita en la calle ofreciendo servicios sexuales, pero cuando vuelve a casa es la "caserita” que trabaja en una tienda. 
 
En la fiesta de cumpleaños de su nieto entiendo por qué esa señora trabaja tanto. Organizó una fiesta con 40 niños del barrio. 
 
Es representante de la calle. En este cargo tuvo tareas difíciles. "Hubo veces en que las señoras aparecieron muertas; entonces, yo las tenía que sacar. Algunas se enferman; cuando puedo, les apoyo con medicamentos”, cuenta. 
 
Su trayectoria como mujer en el servicio sexual empezó a sus 14 años. Escapó de su casa, donde sufría violencia. Poco después entró en la dinámica del servicio sexual comercial. Desde entonces han pasado 40 años. 
 
"Pero por qué no te retiras todavía?”, le pregunto. "Necesito la platita, tres de mis hijos ya están casados, trabajan. Hoy ya no me miran tanto, los clientes ven que soy mayor. Ya no tengo la misma fuerza”, dice y se  ríe la cholita, que acostumbra a meterse unas hojas de coca en la boca después de cada pieza.
 
Me pregunté varias veces si yo podría ser trabajadora sexual. Y entendí que para mí, soltera, sin niños o hermanos que cuidar, titulada de la universidad, sana y joven, el trabajo sexual no es una opción laboral. Pero si estuviera sola, responsable de cinco hijas o un hermano, sin posibilidad de encontrar un trabajo, sin un seguro social,  el trabajo sexual sí sería una opción laboral para mí. 
 
Por eso, antes de llamar alguien puta, o hijo de puta hoy, pienso en Melanie, la amante de la historia y madre de cinco hijas hermosas. Pienso en Roxana, quien ama el cine y hace todo para que su hermano salga adelante en sus estudios. Pienso en Cochita, que no pude volar como paracaidista, pero con sus zapatillas Nike conquista las entradas folklóricas... Pienso en Elsita, la cholita paceña con una bola de coca en la boca y una risa en la cara.

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