Las artes marciales como arma diplomática de China

El país creó un “fondo de inversión” de unos 6.800 millones de dólares para promover el “wushu” (“arte marcial”) en el mundo y organizar torneos o festivales como los de Zhengzhou.
martes, 6 de diciembre de 2016 · 00:00
AFP / China

 Al dominicano Shannah Robin, un apasionado del kung-fu, China le ha pagado todos los gastos para que siga un curso en el templo de Shaolin, la "meca” de las artes marciales. Una cortesía con la que Pekín pretende extender su influencia cultural en el mundo.

 "El objetivo es difundir las artes marciales en los países en desarrollo”, explica este joven, que participa en un festival de artes marciales en la ciudad de Zhengzhou, a unos 100 kilómetros  del templo de Shaolin, en el centro de China. 

Robin sigue un curso con los célebres monjes budistas adeptos al kung-fu, "mi sueño desde los ocho años”, confía a la AFP. El viaje desde el Caribe le salió gratis. 

China creó un "fondo de inversión” de unos 6.800 millones de dólares para promover el "wushu” (literalmente, "arte marcial”) en el mundo y organizar torneos o festivales como los de Zhengzhou. 

Como el "wushu” no goza en el extranjero de la misma popularidad que el karate y el judo japoneses o el taekwondo coreano, Pekín definió un plan quinquenal de 2016 a 2020 para desarrollar este deporte, potenciando "la confianza nacional y la influencia cultural” de China en el mundo. 

Uno de los retos es que el wushu sea inscrito como una disciplina olímpica. 

"El Partido (comunista) y el gobierno dan una gran importancia a la promoción de nuestro Shaolin en el mundo entero”, explica a la AFP Zhang Jiafu, director adjunto de la administración deportiva de Zhengzhou. 

Todo empieza con Bruce Lee 

Muchos aficionados extranjeros presentes en el festival afirman haber descubierto esta disciplina en las películas de kung-fu. "En las de Bruce Lee, claro”, asegura Masud Jafari, uno de los alrededor de 70 iraníes que han ganado medallas de oro en Zhenghou. 

Jafari, formado en Shaolin desde los años 1990, está orgulloso de ver cómo su país se está convirtiendo en el "número dos mundial después de China” en esta disciplina.

 Su trayectoria será incluso llevada a la gran pantalla por la primera coproducción entre China e Irán.

 El festival, que dura cuatro días, se abre con una ceremonia en Shaolin, un templo de más de 1.500 años de antigüedad, donde los monjes que otrora se vendían como mercenarios, inventaron sus propias técnicas de combate. 

Bien alineados, centenares de participantes vestidos con camisetas rojas realizan sus gestos de forma sincronizada. Algunos combatientes maquillados con pintura dorada se entrenan frente a los espectadores. 

Llegados de los cinco continentes, los atletas de entre seis y 60 años desempeñan acrobacias impresionantes, manejando espadas cortas o palos. 

Más que un combate 

"Hay muchas formas de practicar el wushu”, observa el deportista panameño Deems Yee, reconociendo que la disciplina, enmarcada en los años 1950 por el régimen chino, no tiene mucho que ver con sus orígenes guerreros. 

"Se ha convertido más en un espectáculo que en un arte de combate como el taekwondo o el boxeo”, deplora. Aunque "el objetivo final del ‘wushu’ sigue siendo el combate”, muchos elementos tradicionales están ausentes del espectáculo presentado en Shaolin, lamenta también Lei Zhongsha, un sexagenario chino. 

Una variante del "wushu” inventada en los años 1980, el sanda, conservó algunos gestos de combate, pero lo esencial recuerda más bien a un número de acrobacia.

 "Los gestos que no están muy de moda o son poco seductores han sido suprimidos”, explica Gong Maofu, experto en artes marciales en la Universidad de Deportes de Chengdu (suroeste).

 

 
 
 
 

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