Maelbeek, la estación triste de Bruselas

domingo, 12 de junio de 2016 · 00:00
Marco Zelaya / Bruselas
 
Maelbeek, en francés, o Maalbeek, en neerlandés, es  indistinto, el nombre evoca a un arroyo. 
 
Se estruja el corazón cuando desde Merode, situada en un hermoso parque de Bruselas, se sube a la Línea 1 con un boleto de 2,10 euros para viajar hasta esa estación del metro: Maelbeek o Maalbeek (es como si el uso de uno u otro nombre –elija usted– reflejara el cosmopolitismo del corazón de Europa). Se estruja el corazón porque hace algo más de dos meses, el 22 de marzo, un salvaje atentado yihadista asesinó en este lugar, próximo a las principales instituciones de la Unión Europea, a 16 personas. 
 
Antes de llegar a Maelbeek, suben al metro dos soldados belgas armados hasta los dientes. No son los únicos, otros uniformados circulan también en otras zonas de la ciudad, en especial cerca de la Grand Place y de los restaurantes, las célebres chocolaterías  y las concurridas cervecerías como Delirium Tremens o A La Morte Subite.  Después de los atentados del 22 de abril patrullan por los sitios públicos y no precisamente con fines exclusivamente disuasivos.
 
El ambiente, dentro del vagón, se congela tras el ingreso de los uniformados, que nos miran de reojo. Estudian, sacan conclusiones y dialogan en voz baja. Descienden también en Maelbeek. Al abrirse las puertas, la tristeza inunda el vagón. 
 
Sobre los azulejos blancos del muro del andén se leen los dos nombres del arroyo: Maelbeek/Maalbeek. La mañana del 22 de abril –hace algo más de dos meses-, a las 9:10, el fanático del Estado Islámico Khalid El Bakraoui se hizo estallar en un vagón del metro que arribó –como ahora- a esta estación y mató a 16 personas. Otros dos suicidas –entre ellos Ibrahim, el hermano de Khalid- causaron otras 16 muertes en Zaventem, el aeropuerto de Bruselas. 
 
Aquel día murieron 35 personas y más de 340 resultaron heridas.  Quienes hablan del triste y deplorable suceso bajan la voz, como si tuvieran un nudo en la garganta.
 
Los dibujos del pintor Benoît van Innis reciben a quienes descienden del metro. Son rostros de gente común, pero con una particularidad: son personas que lloran. Aquí el mundo perdió 16 vidas irrepetibles a manos del fanatismo religioso. ¿Quién nos devolverá  sus sonrisas? Por eso lloran los rostros de Van Innis.
 
"No podemos aceptar lo que está pasando, pero tenemos que dar un mensaje de amor, de comprensión, para intentar encontrar una solución. Hay que preguntarse por qué pasan las cosas. No todo es blanco y negro”, le dijo el artista a un medio español después del atentado en Maelbeek/Maalbeek. 
 
Al dejar el andén y subir por unas gradas, se llega a un pasillo donde se ha instalado el "Muro del recuerdo”. No sólo los parientes, sino todos aquellos a quienes el atentado ha conmovido, pueden dejar un mensaje o un ramo de flores. Unos turistas japoneses leen las inscripciones, en su mayoría en francés e inglés. 
 
La palabra que más se repite en este muro, en el que los amigos de los muertos han escrito que los extrañan y que nunca los olvidarán, es "love”, "amour”, "amor”. Y es porque el amor es lo más fuerte en el mundo o tiene que serlo.

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