Los niños de la cantera

La cantera de Uagadugú, África, tiene decenas de metros de profundidad, donde los niños explotan manualmente granito. Cambian el juego por el trabajo.
viernes, 5 de agosto de 2016 · 00:00
 Nabila El Hadad  / Uagadugú

Desde que vivo en Uagadugú, África,  tengo la costumbre de deambular por las calles hasta tarde en la noche, cuando la ciudad se vacía de sus últimos suspiros. En esos momentos, ya sin todo el bullicio, puedo mirar, sentir.

Una de esas noches me perdí en Pissy, un barrio popular en el oeste de la capital de Burkina Faso. De repente, un potente olor a humo me quemó la nariz y la garganta. Esa fue la primera señal de la existencia de la cantera de granito de Pissy, de la cual viven numerosas familias de la zona.

A la mañana siguiente, volví allí. Al final de un camino de tierra roja vi las montañas de piedras blancas y de arena tamizada. Vi los camiones. Y vi un montón de niños.

Un puñado de ellos anunció mi llegada. Corrían detrás de mí gritando "¡Nasara!, ¡Nasara!”, lo que significa "la blanca”. Formaron una fila delante de mí y uno se acercó a saludarme: cruzó sus brazos sobre su panza, flexionando ligeramente las rodillas. Otro lo imitó… Esta forma de saludar es un signo de respeto y de humildad a "los que son más grandes”, me explicó una amiga. Se les enseña en la casa o en la escuela. El gesto no está reservado a los "blancos”, sino que se usa con los adultos en general.

 Mis primeros pasos fueron tímidos. Me senté en la barra de una cafetería. Una enorme caja metálica azul en medio de una carretera de tierra. Saludé con una sonrisa. Allí sentada fijé la mirada en un televisor. Hombres y niños estaban entretenidos con un viejo Jacky Chan. Me les uní. Mamoudou, el encargado, me dio la bienvenida y me ofreció una bolsita de agua. Una calcomanía con el rostro de Gadafi y otra de Ronaldinho están pegadas en la nevera. 

 Mamoudou es también comprador de granito. Lo revende a particulares y a negociantes. Me dio información al respecto, creía que quería comprar piedras. Le expliqué lo que me trajo hasta aquí, mi trabajo de periodista. Le conté que no estaba aquí sólo por unos días, sino que vivo en Uagadugú. Estaba tranquilo y me alentó a continuar con mi proyecto.

 Después me acompañó a la cantera para presentarme a los trabajadores. Atravesé las filas de los cobertizos armados en la mañana y que van a ser desarmados en la noche. Una mujer plantó un frágil bambú y lo recubrió con un pedazo de tela. Cada mañana, montan esas chozas para protegerse del sol. Un poco más lejos, las mujeres aparecían de las entrañas de la tierra con 10 kilos de piedras sobre la cabeza. Algunas cargaban además a su hijo en la espalda.

 Vista desde arriba, la cantera parece un abismo de decenas de metros de profundidad. La primera vez que me metí en ese agujero, una bocanada de calor angustiante llenó mis pulmones. En medio de las nubes polvorientas divisaba las siluetas. Las nubes están formadas por gases tóxicos provocados por los neumáticos que se queman para debilitar las piedras antes de romperlas. Oía las toses de los trabajadores entre los ruidos ensordecedores de los golpes de martillo y de pico. La mayoría trabajaba sin máscaras de protección ni guantes.

 Mientras bajaba una pendiente, una trabajadora me preguntó: "Mana wana”  (¿Cómo estás?).

 Y yo: "Lafi, Za karamba”  (Bien, ¿y la familia?).  "Lafi, lafi, lafi”,  repitió, con su mano sobre la mía, que sacudía con cada palabra pronunciada en moré, la lengua de los Mossis, la etnia mayoritaria del país.

 Confiada, saqué mi cámara, tomé dos o tres fotos de esta mujer anciana con su consentimiento e inmediatamente fui abordada por otra. Se me acercó, me tomó la mano y con la otra se tocó varias veces la boca, lo que significaba que quería comer, que debía darle algo de comer a cambio de una foto. Otras mujeres la seguían. 

"Atracción turística” 

 La explotación de la cantera de granito es artesanal. En ese ambiente, la cámara se consideraba un objeto de lujo y una intromisión extranjera. Desde que hice las primeras fotos, un grupo de trabajadores se mostró hostil. Su desconfianza se cubrió como una tormenta de arena a todos los otros trabajadores.

 |Mamoudou, el encargado del kiosco, estaba siempre a mi lado. Me explicó que aquí "cuando vienen los blancos, cuando venían, traían ayuda, ropa, medicamentos. Donaban algo y luego se iban”. Y hubo también un grupo de turistas europeos que vino en autobús una vez. "Tomaron fotos y continuaron su viaje a Bobo Dioulasso”. Según ellos, los "blancos” los ven como objetos curiosos, y esta cantera no es más que una atracción turística.

 Dejé mi cámara a un lado y decidí entablar primero una relación. En Burkina Faso, la conversación es toda una institución.

 No tomé fotos el primer día, pero tuve siempre mi cámara colgada a la vista. Volví a la cantera al día siguiente. Saludé a las mujeres y me senté a su lado. Aquí se da primero el apellido: primero somos descendientes de un linaje antes de ser individuos aislados y singulares. Hablamos sobre el significado de los apellidos. El mío, de origen árabe, significa El Herrero. Un oficio a la vez respetado y temido, aunque los herreros son cada vez más raros. Ellos conceden a sus descendientes poderes místicos. En moré, mi nombre significa "pequeño jefe”. Momento de vacilación, risas, estaban convencidas de que tengo ancestros burkineses.

De uno a dos euros de ganancia por día  

Tomé un martillo, golpeé la piedra. Hice la prueba de cargar piedras en la cabeza. "Es duro”, me dijo una de ellas.
 
Quería sacarme una foto y le mostré cómo usar la cámara. Miró la foto, se rió. Otras mujeres la siguieron y se apropiaron de la cámara como quien investiga un objeto extraño. Mis primeras fotos las hice así, en momentos de silencio, en las charlas, a menudo asistida por un niño o un adolescente. La mayoría de ellos aprendieron francés en la escuela.

 Como Amy que, con sólo 15 años, conocía la cantera como la palma de su mano. Controlaba su funcionamiento y ya tenía algunas nociones de rentabilidad.

 Todos los días, más o menos 1.000 personas descienden a este enorme cráter construido en los últimos 20 años.
 
Llevan un plato cargado con pedazos de granito sobre la cabeza que revenden en 300 francos (50 céntimos de
euro). Todos trabajan por su cuenta y tienen una ganancia de uno a dos euros por día. Ese granito sirve luego para construir edificios, casas, carreteras.

 Decenas de niños como Amy rompen piedras desde que sale hasta que se oculta el sol, durante los fines de semana y las vacaciones escolares. Otros, al margen del sistema educativo, trabajan en la cantera durante todo el año. Amy me explicó que el trabajo en la cantera se hace en familia, que cada una explota una parcela. Los niños vienen a ayudar a sus padres para aumentar los ingresos de la familia, satisfacer sus necesidades más elementales, participar en la compra de materiales escolares.

 Estas fotos de niños revelan más que la pobreza. Revelan también que la cantera es un espacio de aprendizaje de la autonomía, un sustituto de la escuela en un país donde pocos niños tienen la suerte de ir a alguna.

 Presencié una escena reveladora de la inmersión de los niños en el mundo del trabajo. Dos niños llenaban vasos con pequeñas piedras de granito. Tenían siete años. Sentados en la mitad de la cantera, su piel y su ropa estaban cubiertas de una fina película blanca, probablemente una mezcla de polvo rojo y de dióxido de azufre que emanaban los neumáticos quemados. Sus gestos eran los mismos que los de los adultos que llenaban sus platos de granito y luego se encaminaban por las pendientes sinuosas y resbalosas.

 Al principio pensaba que jugaban y que reproducían por imitación los gestos de los adultos, como hacen los niños en todo el mundo. Pero 10 minutos más tarde, uno de los niños se levantó y fue a sentarse frente a una pila de granito. Tomó un martillo y rompió una piedra con sus manos frágiles y heridas. Parecían más viejas. El juego no era más que una pausa en su trabajo, aunque fuera la misma acción.

 Desde entonces, tengo la costumbre de pasar a verlos entre una y dos veces por semana. A veces sólo para saludar. A veces, cuando me ausento por mucho tiempo, recibo un llamado de Joséphine o de su hija Nadège: "Pasaron dos días. ¿Nos has dejado?”.

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