Santa Cruz, de cenicienta a locomotora

El departamento conmemora hoy 206 años de su grito libertario del 24 de septiembre de 1810. La aldea del siglo XX se convirtió en una de las ciudades de mayor crecimiento en la región.
sábado, 24 de septiembre de 2016 · 00:00
  Agustín Saavedra Weise  /  Santa Cruz

Por circunstancias familiares, desde temprana edad viví en el exterior. En la juventud  las visitas al país eran esporádicas y en épocas de vacaciones. En 1961 estuve en Santa Cruz de la Sierra cuando se celebró el 400 aniversario de su fundación (26 de febrero de 1561). 

En esa oportunidad  -contando con 17 años de edad- recuerdo las protestas de la época por el atraso local. Efectivamente, la pujante capital oriental de hoy seguía siendo una pequeña aldea, aunque ya se estaban sembrando las simientes de su incontenible avance futuro.

 11 años antes se había creado el Comité Pro Santa Cruz (30 de octubre de 1950). Uno de sus fundadores fue Agustín Saavedra Suárez, padre de este columnista y, a la sazón, alcalde municipal. El Comité se reorganizó en 1955, bajo la firme batuta de Guillermo Weise Gutiérrez, y, tras convocar a elecciones, surgió como presidente Melchor Pinto Parada. Bajo su mando cívico vinieron las luchas por las regalías. Éstas, al principio, fueron consideradas "sediciosas”; luego terminaron beneficiando a los otros departamentos de Bolivia.

Ocurrieron varios hechos políticos hasta llegar al mencionado aniversario fundacional, celebrado aún con rabia por el atraso, pero con atisbos legítimos de esperanza.  Y es que ya habían indicios concretos de lo que sería luego un impulso progresista, que estuvo entre los primeros del orbe durante su momento de auge.

 Se había ganado el pleito de las regalías; con ello la región iniciaba su acumulación de recursos propios para poder superar el abandono y estancamiento. Asimismo, poco tiempo antes, se inauguró la carretera asfaltada Santa Cruz-Cochabamba y finalmente ingresaron a la capital cruceña los ansiados ferrocarriles, por los que tanto se insistió en el pasado. 

Los "caballos de hierro” ligaron a la región con Brasil y Argentina, vía Corumbá y Yacuiba, respectivamente. Ya en 1924, el doctor Udalrico Zambrana Franco propició, junto con otros valientes cruceños, una protesta generalizada por esos trenes, que  siempre se prometían y nunca llegaban. El movimiento fue duramente reprimido. Luego de décadas de pedidos formales ante  el Gobierno central y de muchos reclamos,  al fin se concretó la conexión férrea. 

Este conjunto de hechos y medidas -acá muy incompletamente reseñados-   marcó el inicio  de un explosivo crecimiento y, desde entonces, ni la urbe ni la región pararon.

 En 2016 Santa Cruz de la Sierra ocupa el puesto número 14 a escala mundial entre las ciudades de mayor crecimiento. Hoy su población supera los 2 millones de habitantes,  muy por encima de los 50.000 seres que   a mediados del  pasado siglo XX la entonces cenicienta oriental cobijaba. El interior del departamento  sigue sus pasos, aunque El Mutún y Puerto Busch aún esperan su oportunidad.

Otro recuerdo palpable de juventud estuvo vinculado indirectamente con el fallecimiento de mi padre, ocurrido el 8 de septiembre de 1966. Recuerdo como si fuera hoy ese triste momento. Al volver una tarde al alojamiento estudiantil donde vivía en Buenos Aires, el encargado me informó que había llamado el embajador de Bolivia y que precisaba hablar urgente conmigo. Ese embajador era el recordado Gustavo Medeiros Querejazu (+), amigo y compañero de estudios de mi padre. Él me transmitió la mala noticia y yo debía retornar lo antes posible. Cuando llegué a Santa Cruz (al viejo aeropuerto de El Trompillo, Viru Viru  aún no existía), con el dolor de la irreparable pérdida, como contrapartida encontré una ciudad mejor y con grandes expectativas. En efecto, el 15 de septiembre de 1966, en la plaza principal 24 de septiembre, se había puesto la primera loseta. 

Fui uno de los testigos de ese histórico acontecimiento; Santa Cruz marchaba, definitivamente, hacia adelante. Las losetas, aunque hoy luzcan provincianas, fueron para la época un adelanto que prometía barrer para siempre con la arena de las viejas calles cruceñas, muchas veces transitadas sólo por carretas tiradas por bueyes.

Pocos años después (en 1969) retorné nuevamente, esta vez con un título profesional bajo el brazo. El asombro fue mayúsculo al ver El Trompillo lleno de "jets” de última generación. El pueblo se transformaba, asomaba la futura gran urbe y comenzaba, además, un proceso migratorio interno de naturaleza espectacular que transformó a Santa Cruz de la Sierra -y a todo el departamento- en la región más nacional del país, ante la llegada de cientos de miles de compatriotas de otras zonas del país, que marcharon hacia el oriente en busca de mejores oportunidades. Para muchos de ellos el "sueño cruceño” se transformó en realidad: ésta era (y es)  una tierra de oportunidades para quien  sea emprendedor y desee trabajar en serio. 

Santa Cruz continúa en nuestros días con su diversificación económica y progreso generalizado, lo que ya es de público conocimiento. Surgen múltiples problemas de desorden, delincuencia, suciedad, criminalidad, crisis cíclicas y otros, pero la urbe sigue con su enorme empuje. 

La otrora cenicienta se transformó en la locomotora productiva de Bolivia y crisol de una nueva generación de compatriotas, unidos por encima de  colores, costumbres o regiones. En Santa Cruz estamos todos y todos marchamos juntos, marcando el rumbo de la Bolivia de los años que vendrán.

Transformado en abastecedor alimentario de renombre universal y  exponente del dinamismo económico del país, el departamento de Santa Cruz cumple también su destino como centro geopolítico  integrador del Cono Sur, vinculando regiones nacionales e internacionales. Santa Cruz de la Sierra está haciendo realidad lo que notables estudiosos del pasado le pronosticaron. Reitero: hay y habrán muchos inconvenientes de coyuntura y de estructura, pero el camino hacia adelante está trazado con firmeza. 

Estas poco hilvanadas líneas reflejan algo de lo que recuerdo acerca de un proceso singular de crecimiento acelerado. Por forzadas ausencias no lo viví en directo, lo presencié por etapas y, tal vez, así lo pude aquilatar mejor. Comparto estos recuerdos hoy con el lector como sincero homenaje a Santa Cruz y con auténtico sentido de bolivianidad.

 

 

El hablar camba es un sello de identidad

Y todo lo que parece
de verdá, sólo es de pliqui,
nos jace tiqui-miniqui
y después desaparece.

Si quieren tomar el pelo
estos puebleros ladinos
sepan que los campesinos
no tragamos el anzuelo. 

Entre este Santa Cruz del progreso y aquella aldea olvidada de mediados del siglo pasado, han transcurrido apenas seis décadas. Sin embargo, poco queda de aquel ayer. Aún así, las tradiciones cruceñas permanecen, todavía fuertes y presentes en el hablar camba. Mientras tanto...  no sólo es la obra más conocida del poeta e historiador cruceño Germán Coimbra Sanz (1925), muchos años después de su primera edición, de 1960, el texto compuesto por siete cuentos escritos en verso y copla es considerado casi un retrato de ese Santa Cruz de antaño: el de las carencias y el subdesarrollo; el paraje olvidado por el centralismo; el de la simplicidad y hasta la ignorancia, pero, al mismo tiempo, el de la fraternidad, la honestidad y la sabiduría popular.  

Historias cotidianas con altas dosis de humor, escritas en la jerga típica  camba, describen en medio de azarosos personajes y jocosas situaciones, las costumbres, tradiciones y la picardía cruceña. Pero, más allá de la trama, siempre divertida, subyace la fisonomía moral del cruceño que es mostrado como un hombre sencillo, algo ingenuo, pero digno y valiente.
 
 
 
 
 
 
 



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