Muñecas de trapo y carros de latón: ¡vaya qué tiempos!

Los niños de los años 40 y 50 rememoran la Navidad de entonces y dicen que estaba llena de fe. Algunos moldeaban a Jesús en barro y otros salían a la calle a adorarlo.
miércoles, 20 de diciembre de 2017 · 00:04

Ivone Juárez /  La Paz


 Una muñeca de trapo o un camión de latón eran los juguetes más deseados como regalo de  Navidad por los niños de La Paz de los años 40 y 70 del siglo pasado. Así lo afirman algunos de esos chicos que hoy pasan los 70 años y recuerdan con nostalgia esta fiesta  que - aseguran - en esos tiempos  estaba más llena de fe que ahora. 

“Había un pequeño regalito, no como ahora. Lo más importante era estar con la familia para esperar el nacimiento del Niño Dios”, dice  Betty Terrazas  que nació en Miraflores, en 1946.

Sin embargo, la primera Navidad que recuerda es aquélla en la que  tenía ocho años y sus padres le regalaron a Rubí, una muñeca de trapo de piernas largas.


“La agarré de la mano y le hice caminar. Le puse de nombre Rubí,  la abracé y besé toda la noche...

No me desprendía de esa muñeca, hasta que me la robó  una amiguita”, cuenta.


Félix Vargas trae a su mente  el primer camioncito de latón que le regalaron sus padres. “Estaba hecho en Japón”, recuerda aún con visible orgullo.


  “Antes no había tanto juguete como ahora y los pocos que había eran caros, como un lujo. Mi papá trabajaba en una empresa y ellos traían los juguetes”,  cuenta Rosa, que nació en 1940 en los Yungas de La Paz.


En ese entonces, a La Paz llegaban  algunos juguetes importados, generalmente autos de latón y muñecas de trapo o de estuco con la cara de porcelana.    Jaime, que nació en 1946 recuerda que los reos de la cárcel de San Pedro también hacían juguetes de hojalata, generalmente camioncitos”


 “Pero eran muy caros y para la mayoría de nosotros era un lujo tener un juguete así. Nosotros nos teníamos que conformar con los autitos que nos hacíamos de cajitas de medicamentos con los corchos de las tapas de las gaseosas”, cuenta. 


“Los hijos de la gente que tenía plata  tenían de regalo: patinetas, bicicletas, autitos  o muñecas  de trapo o de yeso  con cara de porcelana”, añade.

Y la  forma de entregar esos presentes era muy especial. Juana Portillo, que nació  en  1934, recuerda que el 24 de diciembre, en Nochebuena, después de la picana,    sus papás les hacían dejar, a ella y a sus hermanos,  las medias en la ventana, porque  Papanoel llegaba esa noche trayendo obsequios.

“Generalmente eran dulces y galletas”, dice.


Félix Vargas recuerda que en su caso, sus papás le hacían sacar sus zapatos a la puerta para que cuando Papanoel pasara, le dejara su regalo. “Era una noche llena de creencias”, afirma.
 
Un nacimiento de barro moldeado a mano


Pero en esos tiempos, no sólo los regalos eran escasos, sino también los nacimientos;  así lo cuenta la familia de Alfredo Castro que nació  en 1940 en la zona del Cementerio. Cuenta cómo con sus hermanos  hacían su propio nacimiento con barro. 


  “A mano hacíamos al Niñito,   a la Virgen...  nosotros nomás”, dice  lanzando una carcajada.
Amalia Mamani, que nació  en la provincia Pacajes  en 1944, añora esos años de su niñez cuando con sus hermanos y su abuelo moldeaban todo el nacimiento con barro, incluyéndose  ellos en la “sagrada familia”.


“Con barro hacíamos al Niñito, a la Virgen y a José. También los animalitos: toros, ovejitas,  chanchitos, todo lo que teníamos en la casa... También hacíamos nuestra casita y a nosotros, con nuestros aguayitos,  chulitos (gorros) y ruequitas, como si estuviéramos pasteando el ganadito.

Poníamos el pastito...¡Bien lindo era!”, recuerda la mujer. 


“Mi abuelito moldeaba todo en barro bien bonito, los toritos, las llamitas, ¡Perfecto! Tenía tanta paciencia para eso”, añade


Al día siguiente, el 25 de diciembre, ese nacimiento en barro, moldeado con tanto entusiasmo, era enterrado en el suelo, “bien bendecido”.


 “Ahora ya no es así, ahora todo es pantalla. Me duele mi corazón, quisiera hacer de nuevo todo ese barrito. De niña nunca conocí un regalo en Navidad porque no se  trataba de eso”, expresa. 


Betty Terrazas le da la razón. “Era tan familiar. Mi papá trabajaba muchísimo, me acuerdo que casi no le veía, pero en la Nochebuena estaba con nosotros”, dijo.


La guerra de villancicos


Rosa recuerda que otro episodio importante de la Navidad de su niñez eran los Villancicos, que durante toda la Nochebuena iban casa por casa, adorando al Niño Jesús. “Les daban chocolate y, a veces, le pagaban. Tenían un líder que cobraba”, cuenta Narciso Quispe era parte de uno de esos villancicos, el de Chijini.  Con sus amigos se preparaba semanas antes del 24 de diciembre, haciendo incluso sus propios instrumentos musicales: los chullu - chullus, fabricados con tapas de gaseosas aplastadadas y amarradas con un alambre, una lata de leche que hacia de tambor y las quenas o pinquillos. Había que ensayar canciones como Niño Manuelito y disfrazarse... también había que practicar unos buenos pasos de baile. 


“Dábamos vueltas por El Prado, la plaza Murillo, por todas partes. Amanecíamos adorando al niño, yendo casa por casa”, cuenta.


“Teníamos un jefe que cobraba y nos repartía al día siguiente lo que ganábamos, era un amigo de nosotros. Esa platita yo le daba a mi mamá. Para nosotros no había Navidad porque era mucha pobreza”, añade el hombre que tiene 80 años.


El trabajo de villancico no era nada fácil porque había que demostrar que era el mejor. Por eso los grupos de adoradores, que se armaban en cada barrio, incluso desataban una especie de “guerra de talento”.  La competencia era dura y, a veces, hasta agresiva. “Había que demostrar quién era el mejor. Entre grupos nos insultábamos, hasta cuando estábamos bailando para adorar al Niño”, afirma Narciso disfrutando aún de la travesura. 


No recuerda si alguna vez recibió un regalo de niño. “Éramos muy pobres”, dice.

67
4