Escritos para este 25 de mayo

Cuando Sucre te atrapa con su locura

Tiene los ojos puestos sobre Sucre, literalmente. El escritor y periodista Alex Aillón vive a los pies del cerro Churuquella y desde allí domina la ciudad de la que se fue y a la que volvió para quedarse. Allá escribe, mirando el crepúsculo de la blanca de sus amores. En este 25 de mayo, efeméride de la capital, comparte con los lectores de Página Siete tres escritos que lo pintan de pluma entera y que son un homenaje a su ciudad. ¡Felicidades Sucre!
jueves, 25 de mayo de 2017 · 00:00
 Alex Aillón / Sucre
 
EL REGRESO

Ya no me peleo con mi ciudad, no tiene sentido. Aunque antes lo tenía. Iba por la vida buscando camorra. Mi ciudad me miraba y yo le gritaba desde el infierno de una esquina: ¿Qué me miras?, ¿no tienes nada mejor que hacer? Me iré a otro país, veré otras calles; buscaré una ciudad mejor que ésta. ¿Me escuchaste?

Claro que para entonces yo no sabía lo que Cavafis sabía antes que naciera: 

 "No encontrarás otro país ni otras playas,
llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad”.

Pero quién carajos se creía Cavafis. Quién era ese maricón para darme lecciones, para amenazarme, para condenarme. De ninguna manera. Yo iba de salida, me iba a encamar con las mejores ciudades del mundo, con ciudades de verdad, no con un pueblo miserable como éste, y así lo hice.  Una buena noche aproveché que Sucre dormía y me fui callado. Tardé una vida en irme y una vida en regresar y cuando lo hice me di cuenta que jamás había partido. Me levanté en la mañana con olor a café y pan caliente, caminé las calles amanecidas, a mi paso la gente tenía nombre, memoria, pasado, sonrisa. No sé lo que podrán sentir otros —¿quién soy yo para juzgarlos?— pero a mí esta ciudad me esperaba pese a mis pecados, pese a la mugre del camino, me sostuvo desnudo y lavó mis heridas mientras sonreía como se sonríe a un recién nacido. Ya no peleo con mi ciudad, no tiene sentido. Aunque antes lo tenía. Nunca te alejes demasiado, has posible el milagro del regreso.

SER LOCO EN SUCRE
 
Ser loco en Sucre no es normal. En esta ciudad odiamos la normalidad. Lo que pasa es que no tenemos la culpa de ser diferentes. Vemos el mundo de manera diferente, porque no somos de este mundo. Nuestros antepasados llegaron a estas tierras en naves espaciales, fugados de algún manicomio sideral. Descendieron sobre estos cerros y bajaron a mezclarse con los nativos de la zona. Materia cósmica y barro nos conforman. Desde entonces moramos estas tierras. Aquí la gente normal está encerrada y los locos caminamos libres por las calles. La locura es nuestro legado, nuestro patrimonio y es innegociable. Los viajeros del tiempo se escandalizan cuando se enteran que nuestra gente se tatúa el epitafio de Holderling en el pecho. Y qué esperaban.  Nos gusta la buena poesía. Los poetas son nuestros profetas. Nos gusta delirar en las chicherías, en los parques, en las estaciones donde los trenes parten hacia ninguna parte. El amor y el odio son fuertes en nosotros. Cultivamos sentimientos extremos. Nada de puntos medios, de normalidades, de palideces. Alentamos la vida, la sangre al galope, la cúspide de los días y las noches. La gente de otras ciudades nos ve con desconfianza. Dicen que nos creemos mejores, que qué carajos nos creemos, que estamos locos. Lo que no entienden es que ser loco en Sucre es un privilegio comparable a lo sagrado. Solo la locura es capaz de entregarle belleza al universo.

SER FEO EN SUCRE
 
Ser feo en Sucre no es tan grave. Aquí la ciudad te ayuda. Aquí las hamburguesas son baratas.
 
Aquí si te mueves bien, no lo haces tan mal. Aquí todo es blanco, todo es lindo, todo es lento. Aquí despiertas y el Dinosaurio todavía está borracho durmiendo a tu lado. Aquí no importa que Ella sea tan linda, tan aérea, tan de otro mundo y tú seas tan feo, tan negrito, tan chiquito, tan de este mundo. Aquí no es Manhattan, Berlín, Florencia, París ni Santiago, pero estás en un lugar mejor que Manhattan, Berlín, Florencia, París o Santiago. Ser feo en Sucre no es tan grave. No es lo mismo que ser feo en Santa Cruz, La Paz, Cochabamba o Potosí, en esos lugares, ser feo debe ser bien feo. En cambio, ser feo en Sucre es algo extraordinario, las mujeres te ven y dicen: "Eres bien feíto, pero…” y entonces sabes que la magia de la ciudad te está ayudando y entonces te aferras a ése pero, porque sabes que ése pero te abrirá el camino hacia sus piernas, hacia su  pecho, hacia su corazón. No, qué va, ser feo en Sucre no es tan grave, pero creérselo, eso sí que es grave.

 

 
 
 

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