Los rastros de las monjas de Santa Ana en los pabellones del Hospital General

Los trabajadores del nosocomio cuentan sobre la labor de las religiosas y aseguran que aún las ven recorrer por las salas del General.
jueves, 29 de junio de 2017 · 00:00
Ivone Juárez /  La Paz
 
Cuando el  padre Vicente Rocchi de La Recoleta de La Paz llegó en 1878  al Instituto de las Hijas de Santa Ana Milán, Italia,   en busca de ayuda para atender a los enfermos de la naciente ciudad,  pidió "hermanas virtuosas, robustas, de edad conveniente, llenas de espíritu de sacrificio y vacías de amor propio, dispuestas a servir por amor a Dios”.
 
Las monjas debían llegar a la ciudad por decisión de las autoridades municipales de entonces,  que veían con preocupación la falta de higiene y de personal capacitado para la atención de enfermos, según la Revista Médica del Colegio Médico de Bolivia de 2015.
 
Las gestiones del padre Rocchi fueron un éxito y en enero de 1879 llegó el primer grupo de 15 religiosas:  Cunegunda Conti, Felicidad Conti, Livia Tallarini, Modesta Molesti, Zoila Levi, Amedea Gregori, Perpetua Torrieli, Anunciata Chíodelli, Lucía Taraballi, Clelia Semeria, Damiana Giovenetti, Gaudiosa Scandolari, Domilita Solenghi, Escolástica Barreliani y Buenaventura Torrieli.  Junto a ellas estaba  Sor Ana Josefa Troni, que fue nombrada madre superiora, se lee en la publicación Cuadernos del Hospital de Clínicas, Volumen 45 de 1999.
 
Las religiosas llegaron para ayudar en la administración de los dos hospitales que entonces tenía La Paz:   el Landaeta de varones y  Loayza de mujeres. Ambos nosocomios estaban construidos en la calle Loayza, entre Camacho y Mercado, donde hoy se ubica el templo San Juan de Dios.
 
"Por políticas gubernamentales, el tema de la salud en el país, hasta entonces, siempre había recaído en los religiosos, que asumían su misión por piedad o benevolencia. Los hospitales Landaeta y Loayza también había sido administrado por religiosos”, señala el historiador Carlos Gerl.
 
Con los años ambos hospitales  colapsaron su capacidad, sin contar que en 1892, el Landaeta ardió hasta que gran parte de su infraestructura se convirtió en cenizas, por lo que las autoridades municipales decidieron construir un nuevo nosocomio.
 
 A esto se sumaba que  "los dos hospitales existentes estaban tan pobremente atendidos que las infecciones, epidemias y contagios provocaban un alarmante porcentaje de defunciones”, según los Cuadernos del Hospital de Clínicas.
 
 Comenzaba el siglo XX, que encontraba a La Paz convertida ya en sede de Gobierno de Bolivia. Calidad que obtuvo después de la Guerra Federal (1898 – 1899), cuando  los liberales paceños y los conservadores chuquisaqueños se enfrentaron por el liderazgo de la República.
 
"Las autoridades municipales decidieron apostar por el desarrollo de la capital porque debía dejar de ser una aldea y convertirse en la capital de Bolivia”, dice  Gerl.
 
El nuevo hospital
 
En el contexto mencionado,   en 1905 se aprobó la ley que facultaba a la municipalidad de la ciudad de La Paz a tramitar un empréstito de 500 mil bolivianos destinados a tres obras de gran importancia, entre las que estaba la construcción de un nuevo nosocomio.
 
 Según la publicación del Hospital de Clínicas, "se perdió mucho tiempo discutiendo si el nuevo hospital debía asentarse en el barrio de Sopocachi o de Miraflores, argumentando razones higiénicas, climáticas y topográficas”. Pero finalmente se optó por el "extremo sur de Miraflores”, por un terreno de 70.000  metros cuadrados adquirido "a diversos ciudadanos”.
 
A través de un concurso se eligió el proyecto del arquitecto Emilio Villanueva, que planteaba un edificio con capacidad de 600 camas para la población paceña, que  entonces llegaba a las 120 mil almas, y en 1919 se comenzó a trasladar a los enfermos de    los viejos hospitales.
 
Concluido el nuevo hospital que se denominó Hospital General de Miraflores, la administración de éste fue encargado a  las monjas de la Comunidad de Santa Ana.   

Junto con  los médicos, las religiosas se dedicaban al cuidado y alimentación de los enfermos. Alrededor de la infraestructura del hospital cultivaron huertos para proveerse de alimentos.
 
Los trabajadores más antiguos del nosocomio recuerdan a las religiosas como "muy  cuidadosas y  estrictas”. Es que las monjas  de Santa Ana  estuvieron a cargo del General  hasta mediados de  1900.
 
Froilán Flores, metalmecánico del hospital, cuenta que su mamá, Toedora Oruñez, que fue trabajadora manual del nosocomio durante 30 años, le hablaba siempre de las monjas.
 
"Mi mamá decía que eran bien estrictas. En ese tiempo no había bioseguridad, como ahora, y los trabajadores sólo se protegían con el jabón. Las monjitas les daban un jabón para lavarse las manos que debían usar todo el tiempo después de realizar su trabajo”, relata.
 
"Las madres estaban a cargo de la farmacia, hacían los medicamentos”, dice otro trabajador.
 
Tiene razón, en los Cuadernos del Hospital de Clínicas de 1999 se lee que "eran monjas boticarias que le dieron un carácter sumamente profesional a la Farmacia del Hospital General de Miraflores”. 
 
Pero los trabajadores no sólo se transmiten historias de las hermanas de Santa Anta, también dicen que "a veces las ven”, recorriendo los antiguos pabellones del viejo hospital. 

Se pasean por los viejos pabellones

Froilán Flores  tiene su taller de metalmecánica  instalado en lo que fue la primera morgue del Hospital General. Ahí trata de reparar y poner nuevamente en funcionamientos las viejas camillas, camas, sillas de ruedas, asientos y todo lo viejo que le llega.  A pesar de que cree que su mente le hace a veces algunas malas pasadas, cada vez está más convencido de que las monjas de Santa Ana no han abandonado por completo el trabajo que tenían en la parte vieja del hospital.
 
 "Mis compañeros cuentan que las ven, con sus hábitos, sobre todo en el comedor que está delante de la antigua morgue”, dice.
 
Cuenta que muchas veces los sacerdotes que están a cargo de la capilla del nosocomio han bendecido los lugares donde se ha visto deambular a    las religiosas. 
 
"En el comedor de los médicos las sillas se mueven, las ollas vuelan, las puertas se cierran. El padrecito ha ido a bendecir”, cuenta.
 
Otro trabajador manual mira los jardines del hospital y comenta: "Estos árboles los cultivaron ellas. Aquí había  ciruelos, guindas,  era una huerta”. Dice que también criaban animales para su alimentación y la de los enfermos. "Detrás del comedor de los médicos estaba su matadero”, continúa.
 
Entre lo que se cuenta de las hermanas de Santa Ana también se escucha que solían celebrar grandes banquetes, en los que incluso se servía carne de gato. 
 
 "En la lavandería se veía gatos grandes y bien cuidados. Las lavanderas decían que las hermanas los criaban para comérselos”, comenta un trabajador esbozando una sonrisa pícara.
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