Sorata, una visita al paraíso de los andes paceños

El Illampu, los rastros del apogeo de la quina y la caverna de San Pedro, son algunos de los motivos que hacen de este lugar un destino obligado para los turistas.
miércoles, 03 de enero de 2018 · 00:04

Ivone Juárez /  Sorata


Quien visitó el valle de Sorata seguramente tiene grabada en la memoria el ingreso a este poblado, ese descenso en zig- zag desde la planicie del altiplano del noroeste paceño, a 148 kilómetros de la sede de Gobierno.    


A lo largo de la  ruta -como en todas las que hay al menos en el departamento de La Paz- se ve una infinidad de perros  que ven pasar las movilidades o se animan a correr tras ellas. “Son perros limosneros”,   dice el chofer que nos conduce hacia el valle. 


“Hay que darles pancito”, añade. “Son la reencarnación de muchos de nosotros (los choferes) que han muerto en el camino, por un accidente”, continúa el hombre con una seguridad que hace estremecer el cuerpo.   


“¿Hay muchos accidentes por aquí?”, pregunta uno de los pasajeros seguramente impresionado por el comentario del conductor. “Antes, ahora ya no tanto”, responde inmediatamente el chofer con un tono que sugiere que para él un accidente puede ser algo normal. “Tengo más de 20 años viniendo por aquí”, dice y uno ya entiende su lógica.


Felizmente comienza  a aparecer la belleza de Sorata y el vértigo por la “bajada” y los comentarios   del chofer empiezan a disiparse. Es que de los más de 3.800 metros sobre el nivel del mar del altiplano paceño (donde están Achacacachi y otros poblados), en  e valle   se baja  hasta menos de los 2.600. La temperatura cálida   es la primera señal que el cuerpo percibe de este cambio;  mientras la vista se sigue recreando con el paisaje del valle,  que  poco a poco se va tiñendo de verde.

Uno de los  viajeros rompe el silencio, seguramente provocado por la distracción que ofrece el camino  o por los comentarios del conductor, y le da el siguiente dato a su compañero de asiento: “Sorata es el punto de partida para hacer cualquier ascenso a los nevados  del Illampu”.  


Le damos la razón cuando ya estamos en el pueblo, fuera de la movilidad y en medio de la plaza principal del poblado flanqueada por palmeras gigantes: el Illampu acapara por completo la vista. Se lo ve imponente al fondo del valle, como una postal.  “Desde ahí arriba se puede ver la Amazonia, el lago Titicaca, los Yungas y hasta Beni”, asegura Germán, uno de los sorateños que nos guía hasta el hotel donde nos hospedaremos. El lugar está camino al río y a la gruta de San Pedro, uno de  los patrimonios naturales más conocidos de  Sorata.  


En el camino al alojamiento unas  viejas casonas de dos pisos con balcones a callejuelas empedradas llaman la atención. “Fueron de los hacendados que rescataban la quina, pero eso es de hace mucho tiempo”, comenta Germán.


Es que Sorata fue el principal centro de acopio  de Bolivia  de la  quina, una planta con la que hasta el siglo XIX se curaba el paludismo o malaria. La producción de este medicamento natural se daba en Mapiri, Guanay, Apolo, Ixiamas de La Paz y Beni. De esos tiempos de auge quedan como recuerdo sólo las casonas.


Pero el poblado no tiene sólo ese encanto, guarda uno mucha más impresionante: la gruta de San Pedro, un pasadizo natural que los comunarios de Sorata han convertido en un paseo mágico por las historias con las que lo envuelven. Esa, por ejemplo, que cuenta que los incas se escondieron de los españoles en  la cueva y que dejaron en las paredes del lugar el oro, y plata que lograron salvar de la codicia de los extranjeros.


  “Hay gente que ha entrado acá y al salir no recuerda nada, se pierde la memoria. Otros dicen que adentro se escucha los lamentos de las almas”, cuenta Germán  antes de ingresar a la caverna. La oscuridad es total, pero los comunarios de Sorata instalaron todo un sistema de iluminación que descubre  la belleza de San Pedro. Los primeros en molestarse con esa luz son los murciélagos, que comienzan a revolotear provocando algo de pánico entre los visitantes.


 Luego de unos minutos de caminata, la laguna que guarda la caverna se muestra con sus aguas donde la luz artificial encuentra reflejo. Unos pequeños botes esperan en la orilla para que los visitantes se animen a navegar. Son como 30 minutos a bordo de la embarcación en medio de una total oscuridad, manchada a ratos por golpes de luces de linternas. El recorrido es sobrecogedor.... el tiempo parece detenerse en la nada, una nada que de rato en rato desaparece para dar paso a un ruido que sugiere unos aleteos...  son de los murciélagos que se intranquilizan por la presencia de extraños.


Al terminar el paseo por la laguna la ansiedad por ver la luz es incontenible, sólo se la controla al salir de la gruta y ver la luz del valle.  Da la impresión de que ya se vio todo, pero nuestro guía no está de acuerdo. “Podemos ir al seminario de Espada y a las cascadas del río San Cristóbal”, sugiere. Ya no queda tiempo, el fin de semana se acabó, se necesita más tiempo para descubrir Sorata.

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