Allá donde murió el diablo

Los pobladores cuentan que el diablo existió y lo llamaban Niño Jorge. Su tumba está en Aullagas (Potosí), sitio construido totalmente de piedra.
jueves, 27 de diciembre de 2018 · 00:04

 Juan J. Toro Montoya /  Potosí  

Es lejos, tanto que, allá, el diablo no sólo perdió el poncho… perdió la vida.

Se llama Aullagas y está construida totalmente de piedra.

Incrustada en el cuerpo inferior del puntiagudo Cerro Hermoso, la ciudad de piedra se yergue imponente, enigmática y silenciosa. Su plaza principal, testigo de sus tiempos de gloria, no está ubicada en el centro del conglomerado de ruinas, sino a un costado, aparentemente para facilitar el acceso a los yacimientos de plata que forjaron su historia, una que se pierde en los andurriales de los tiempos prehispánicos. El Banco de Rescates, ubicado en una esquina, parece confirmar la versión. En la otra está el templo de San Miguel de Aullagas y, casi frente a él, destaca un promontorio. Cuando uno se aproxima, se da cuenta que se trata de una burda lápida con un rótulo inquietante: “tumba del diablo”. 

Fotos:  Juan José Toro Montoya

Las leyendas

“El diablo existía aquellos tiempos: lo llamábamos  Niño Jorge  —dice Timoteo Mamani, trabajador de la Cooperativa Minera Colquechaca R.L.—.  Existía, dice… como aquí atrás se llamaba Jankonasa, la plata dice que era cuando estaba aquí  Niño Jorge  su mamá o su hermano  Huayrafuruca  se había llamado. El señor Dios había llevado porque aquí había mucha corrupción. No se respetaba ni a su mamá ni a su padre”.

En la versión de Timoteo aparecen, entremezcladas, muchas de las leyendas que circulan en el norte potosino, específicamente en Colquechaca, capital de la provincia Chayanta del departamento de Potosí.      

Aullagas y Jankonasa eran dos poblaciones prehispánicas que fueron ocupadas por los españoles apenas éstos ingresaron al territorio hoy boliviano. La explotación de la plata, que existe en el lugar con una alta pureza, permitió la conversión de esos pueblos en dos pujantes ciudades construidas enteramente de piedra. Durante su periodo de mayor auge económico bullían de gente y, como suele ocurrir al influjo del dinero, fueron escenario de excesos y desmanes. 

Como también es común, las vetas desaparecían a veces y sus habitantes creían que era el castigo a sus pecados. Incentivada por la evangelización —y la superposición de cultos—, surgió la creencia de que el causante de todos esos males era el diablo.

La leyenda más común dice que  cuando desaparecieron las vetas, el diablo se apoderó de Aullagas y se instaló en la mismísima plaza principal pero, debido a las oraciones de sus habitantes, el arcángel San Miguel —Timoteo dice que el mismísimo Jesucristo— se apareció para enfrentarle. Le derrotó en mítica batalla y lo mató. Su cadáver fue enterrado ahí, casi frente al templo que lleva el nombre del arcángel, y permanece hasta ahora, apenas unos centímetros bajo tierra. 

La tumba está ahí, visible a los ojos humanos, pero la gente de Aullagas ha desaparecido. Se fue hasta la cercana Colquechaca llevándose sus mitos y creencias y, desde luego, a su arcángel San Miguel. 

La diablada

Freddy Arancibia Andrade es el antropólogo que más investigó este tema y, plantándose encima de la tumba del diablo, afirma que ese lugar fue un centro ceremonial del ayllu Aullagas Warakjata en el que se adoraba a la Pachamama, la Madre Tierra, y al Tanga Tanga, la deidad tricéfala de los cerros.

“El sitio que está tras nuestro, el templo del arcángel Miguel era un sitio ceremonial, una waka sagrada procedente desde el periodo de los charka qaraqara. Aquí se adoraba al Tanga Tanga, un dios tricéfalo, lítico, dios de piedra tallada”, dice.

Los indios qaraqara se comunicaban con la Pachamama mediante el zapateo y, en sus rituales, su marcha es un zapateo a medias pero fuerte, vigoroso; es su manera de avisarle a la Madre Tierra que se le está hablando. Y la marcha se convierte en encuentro, en enfrentarse con el hermano para brindar la ofrenda de sangre a Tanga Tanga. Es el origen del Tinku.

Y mientras Freddy habla, comienza a retumbar la tierra. Instintivamente, miramos la tumba para saber si el diablo se levantaba, pero no. La tumba sigue ahí… el diablo no se ha movido. Los que provocan el temblor son decenas de danzantes de tinku que marchan, le avisan a la Pachamama que han llegado.

“Ahora imaginen a esos mismos danzantes vestidos de diablos o de ángeles que marchan y avanzan. No saltan todavía pero marchan así, en un zapateo a medias pero fuerte, vigoroso…”.

La leyenda del diablo liquidado por San Miguel comenzó a rememorarse anualmente cada 29 de septiembre, festividad de los santos arcángeles. Los indios se cubrieron con cueros de oveja y se pusieron a bailar; unos se disfrazaron de diablos, otros de ángeles. Es el origen de la diablada.

De pronto, otros danzarines irrumpen en la plaza de Colquechaca. La mayoría están cubiertos con cueros de oveja y algunos llevan máscaras de diablos. Hay también un cóndor, el mallku, el señor de las alturas. Bailan al son de quenas, zampoñas y tambores. Uno de ellos lleva un zorro muerto alrededor del cuello que es depositado sobre la tumba del diablo en un acto que es burla y conjuro al mismo tiempo. Es para que el maligno no se levante nunca más. En un descanso, uno de ellos se quita la máscara y se presenta. “Soy René Quintana —dice— y éstos son los tinkudiablos”. 

Pero Aullagas se llenó de gente sólo ese día, con motivo de la segunda convención internacional de historiadores y numismáticos. La mayor parte del tiempo es un lugar desierto y desolado. “La ciudad perdida de los Andes”, le llaman.

“Entre 1885 a 1895, en esos diez años, en este distrito y hasta 1904 se cerraron 180 minas de plata en esta gigantesca montaña —agrega Arancibia—. Miles de trabajadores mineros en las calles, en la desocupación, y al mismo tiempo se abrió la era del estaño y el estaño estaba en las montañas de Uncía y Llallagua”. 

Tras el agotamiento de sus minas de plata, Aullagas y Jankonasa se vaciaron de gente. Sus pobladores se fueron primero a Colquechaca y después a Uncía y Llallagua. Con ellos se fueron San Miguel y los diablos. Al finalizar el siglo XIX, grandes grupos humanos se fueron un poco más allá… a Oruro.

La ciudad de piedra se quedó y tanto el templo como sus casas perdieron sus techos, que eran de paja. A Jankonasa la barrieron el tiempo y los saqueos pero Aullagas está allí, incólume. Permanecen de pie el templo, el Banco de Rescates, la casa de fiestas y el pozo de agua que muchos creen que es de la juventud y que han bautizado como “San Rocanto”.  

Y está, también, la tumba que testimonia que un día, en el imaginario popular, el arcángel San Gabriel nos hizo justicia y mató al diablo.

Cómo llegar

Para llegar a Aullagas se debe pasar primero por Colquechaca, la capital de provincia, que está ubicada a unos cuatro kilómetros de la ciudad de piedra.

Aunque todavía no cuenta con infraestructura hotelera adecuada, Colquechaca también es un lugar digno de visitar porque allí están las viviendas de expresidentes como Aniceto Arce, Gregorio Pacheco y del príncipe de la Glorieta, Francisco Argandoña, quien también instaló allí el banco más antiguo de Bolivia. Un atractivo adicional son las monedas del “tapado” que fue encontrado recientemente y que son exhibidas en las oficinas de la Cooperativa Minera Colquechaca R.L.

Para llegar a Colquechaca desde Potosí se puede tomar buses de la terminal interprovincial (conocida como exterminal) todos los días. La mayoría de las flotas que prestan el servicio salen a partir de las 6:00. El tiempo de viaje es de dos horas y media.

Desde Sucre es más complicado porque la flota San Salvador asigna apenas un bus que realiza el servicio solo los días jueves. 

Una vez en Colquechaca se debe acudir a la Unidad de Turismo de la Alcaldía que asigna un vehículo para llegar hasta Aullagas. Desde allí, el viaje dura 10 minutos.

La ciudad de piedra

Aullagas es una impresionante ciudad de piedra, cuya primera vista nos recuerda de inmediato a Machu Picchu y mueve a pensar que los incas pudieron haber tenido algo que ver en su construcción. 

Citando a Waldemar Espinoza Soriano, una publicación oficial de la Alcaldía de Colquechaca señala que “Aullagas y Jankonasa fueron invadidos y conquistados por el inca Tupac Yupanqui entre 1471 a 1482, saqueada toda su riqueza y anexada a la cultura inca, impuesta la política social, el idioma inca, la mitma y mita”, referencia que da cuenta que aquellas eran poblaciones prehispánicas. 

Freddy Arancibia refiere que “los invasores arribaron a estas tierras por el periodo comprendido entre los años 1535 y 1538 e inmediatamente construyeron templos católicos en las poblaciones nativas catequizando por la fuerza a los naturales. Entonces, muy pronto llegaron a las alturas de la provincia Chayanta, donde se yerguen imponentes y azulados picos tocando los 5.200 metros sobre el nivel del mar, cubiertas casi eternamente de frío glacial…”.

Entre 1538 y 1541 son construidos los templos de San Miguel de Aullagas y San Gabriel de Jankonasa. Según Arancibia, su objetivo era eliminar el culto a la Pachamama y Tanga Tanga. Jankonasa ha desaparecido, probablemente por causa de los saqueos, pero Aullagas permanece mostrando cómo se construían las ciudades tanto en tiempos prehispánicos como en los primeros años de la Colonia. “Si bien se trata de una ciudad precolonial, por su trazo y distribución de calles, en la construcción recoge generosamente la herencia prehispánica de su antecesora, Jankonasa, sintetizada en la tecnología de doble pared, siempre en piedra. La doble pared, una interior y otra exterior, era la mejor respuesta del minero de esas épocas para combatir las inclemencias del tiempo”.

 

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