La primera sangre, la persecución de los revolucionarios de 1809 en Yungas

Después del levantamiento del 16 de Julio de 1809, los patriotas fueron perseguidos por indígenas dirigidos por religiosos. El autor relata el dramático fin de dos de los revolucionarios.
martes, 10 de julio de 2018 · 00:04

Luis F. Sánchez G. /  La Paz 

Al principio de la caminata cuando –después de la derrota– huían de Chicaloma con dirección al río Solacama, no le dolía la pierna. Tal era su estado anímico de adormecimiento ante el peligro inminente. Ahora, sí. La constante caminata orillando el cauce del río y trajinando las laderas de esa serranía de piedras lajas, negras, cortantes y  filosas han acabado con la anestesia del susto. 

¡Cuidado!... ¡Epa!..., una galga rodante pasa muy cerca, seguida de otras más pequeñas. ¡Malditoooos!... ¡Demonioooos! ... Son los gritos que provienen de las alturas. Así ha sido casi toda la noche: acoso permanente de los indios fanatizados por los curas. Hace apenas un día que Julián, el fiel ayudante de José Gabriel de Castro, ha sido dejado casi exánime, oculto en el chume, por el agotamiento y las fiebres. Ahora le duele la pierna al gallego. 

¿Y cómo no va a ser así, si llevan tantos días –incontables– caminando? Huyendo, primero de los cazadores arequipeños de Pío Tristán y ahora de los indios que, al mando de curas y frailes yungueños, quieren hacerse con sus cabezas para ganar indulgencias ante el obispo La Santa, el excomulgador. 

Hace dos jornadas que dejaron sus monturas tras salir del caserío de Tajma Bajo, para cruzar a lomo de bestia el caudaloso río. Tuvieron que hacerlo así porque Castro no sabe nadar, algo raro en un exmarino. Ahí quedaron las mulas después del cruce, arreadas con dirección a Chulumani para despistar; mientras ellos orientaban sus pasos río abajo: hacia Pasto Pata y Esmeralda. 

Buena medida, ya que las bestias son demasiado visibles y generan mucha bulla, de querer escabullirse por las sendas de ese trópico que cada vez se muestra más hostil con ellos. 

Caminado un trecho a la luz de la luna clara se encuentran con un indio que lleva a la espalda un atado de leña. 

La ejecución  de Pedro Domingo Murillo,   en enero de 1810.

Interrogado el hombre, indica: 

- Maqui puriti, janiwa jayaquiti…

Victorio Lanza, que habla un fluido aymara, se hace explicar bien la ubicación y deja pasar después al sujeto que camina primero y trota después, como huyendo de ellos. 

“Seguro que sabe quiénes somos. Ojalá no nos delate”, piensa. “Quizá debí convencer a José Gabriel que se vaya con mi hermano, cuando Gregorio vino de mensajero obligado hasta Chulumani, para que se amparase bajo las promesas de amnistía de Goyeneche”, continúa cavilando. Cierto. Cree que fue un error no hacerlo. Ahora el gallego estaría a salvo en La Paz, y él también, porque habría podido huir fácilmente lanzándose al río. Él sabía nadar muy bien, pero no así su compañero que ahora le está hablando:

- ¿Dónde dijo que es su choza, Victorio?

- “No está lejos” ha dicho el tipo; pero yo calculo que a una legua hacia el norte, siguiendo el borde del río, Gabriel –y notando las fatigas del otro–. ¿Te duele?... –voltea luego la mirada hacia atrás– ¡Hey!... ¡Uno de ustedes que ayude al comandante Castro! –ordena a los tres harapientos hombres que les acompañan armados tan sólo de lanzas, porque tuvieron que enterrar sus tercerolas en cualquier lugar al carecer de pólvora.

- ¡Coño!... Ve a abrazar a tu abuela, pendejo –grita el que cojea, Castro, a quien pretendía ayudarle a caminar. El ruido del río de claras aguas permite aún esas licencias de volumen–. Victorio, adelántate con ellos, yo les daré alcance después –pide en voz alta, casi gritando.

- No, Gabriel. Iremos todos juntos –le responde Lanza,observando los sanguinolentos pies desde hace mucho, descalzos, del gallego.

Tal deficiencia ha demorado la marcha del reducido grupo de sobrevivientes del desastre de Chicaloma. Por esa lentitud es que ha sido tan fácil para los fanáticos curas del obispo y los indios a su mando, seguirles. Hostigándolos día y noche. 

Ahora que cruzaron el río Solacama la velocidad es asunto de vida o muerte. Sólo así podrán agrandar la distancia con sus perseguidores y, con algo de suerte, hacer que se cansen o pierdan su pista. Aún así, las miradas de los improvisados lanceros son nerviosas, dirigidas hacia ambas márgenes del río y los enormes peñascos de su lecho que dificultan la visión, y también a las alturas circundantes, cuyas empinadísimas laderas parecieran no permitir tráfico humano alguno. 

De pronto: ¡Cuidado, agáchense!... grita alguien. Tarde. La pedrada alcanza en la sien a uno de ellos, cuyo grito: ¡Aghhhh!, es en realidad estertor de muerte súbita. Como a una orden, los otros dos arrojan sus lanzas y desaparecen entre las piedras con dirección a “diosabedonde”; pero opuesta a donde se dirigían. 

En 1809 se estableció una Junta Tuitiva  y Murillo fue elegido como su  presidente.

¡Demonioooos!... ¡Malditoooos!..., resuenan otra vez los gritos de la indiada superando al bramar del río. “Malditos”, “endemoniados”, han sido los epítetos más usados contra ellos desde la excomunión mayor, el anatema lanzado contra todos los patriotas por el obispo, para aislarlos con mayor facilidad.

- Estamos solos –dice Castro. 

Por vez primera, su voz deja percibir su enorme desaliento.

- Vamos. Apúrate… ¡No tenemos tiempo, ya está por clarear! –le apremia Lanza, ayudándole a incorporarse y caminar precipitadamente. Aunque famélico por el hambre y las fatigas, Victorio posee aún fuerza suficiente en los músculos para ayudar a su compañero.

¿Sería una hora de caminata? Algo así. Muy posible, porque el sol está ya dejando ver sus primeros rayos en el cielo azul, sin nubes. Al llegar a la pequeña choza, hay un riachuelo de aguas claras a pocas varas. Beben, desesperados. Parece más bien un arroyo. Castro está tendido en el suelo, agotado. Podría ser un buen lugar para descansar si no fuera porque están en una cacería. Una cacería en la que ellos constituyen la presa.

- ¿Te duele? –pregunta otra vez Lanza, mecánicamente y en voz baja, porque hace bastante que han dejado de escuchar los gritos de los indios.

-  Ya no.

-  ¿Quieres descansar un rato? 

No obtiene respuesta.

El Comandante Castro ha quedado casi sin aliento. Aceza. Es, pues, un descanso. Una parada impuesta. Se niega a ingresar a la choza, prefiriendo reposar ahí mismo. La circunstancia es aprovechada por Lanza para apartarse un poco y, haciendo uso de su sombrero, comenzar a escanciar agua fresca sobre su cabeza barbuda y todo el cuerpo sudoroso. 

Castro, por su parte, permanece tendido. Está observando las mariposas que abundan en el lugar a esa hora matinal. Enormes y bellas, de colores increíbles y variados. Por puro instinto quiere atrapar una, grande y de color violáceo que se torna azul con el sol. Se levanta con las manos en alto, hasta da unos pasos… y la captura con la mano izquierda, ahuecándola, para no aplastarla… 

De pronto, un golpe seco, y el hombre se arrodilla. 

Ha sido un warakazo el que le ha alcanzado en plena frente, sin ruido o grito alguno, ni antes ni después. Por atávico impulso busca de nuevo el agua. En un cercano recodo el agua cristalina forma un charco sin turbulencia, por su alejamiento de la corriente principal. Hasta allí gatea el gallego para observarse la herida. La sangre fluye a borbotones por ella e instintivamente trata de taparla con su mano derecha. 

Es el momento que se le aproxima, asustado, Lanza.

-  ¿Estás bien, Gabriel?... ¡Debemos huir!, le grita. 

Nada. Castro le observa con la mirada perdida. Está desvariando.

-  Mira, Victorio… –alcanza a decir, mostrándole la mano ensangrentada por completo–… Mira, es mi sangre… Mi garantía… –señala la escarlata Cruz de Lorena que ha alcanzado a pergeñar sobre una piedra, y pierde el sentido. 

-  ¡Adiós compañero!… ¡Que se salve la patria con nuestra sangre!... –exclama Lanza, seguro de la muerte inminente de ambos.

-  ¡Jutam!... ¡Jutam!... ¡Por aquíiii!... –resuenan los gritos de los indios muy cerca. 

-  ¡No dejen que se metan en el río! –es la voz de unos de los curas.

Un cuadro que muestra  la ejecución del protomártir de la Revolución del 16 de Julio.

Dos grupos aparecen corriendo, desde distintas direcciones. Vienen armados de lanzas, cuchillos y sendos garrotes. Mientras les rodean, jadeantes, Victorio sólo atina a sacar su rosario del bolsillo: Pater noster, qui et in caelo; santificatur nomentum. Adveniat reguntum…, alcanza a decir. Es su postrera oración antes del sacrificio.

-  ¡Fiat voluntas tua! –culmina el verdugo ensotanado la oración, mientras observa los mazazos sobre las cabezas de ambos jefes revolucionarios.

No hay gritos o gemidos que broten de ellos. Sólo las estentóreas órdenes en aymara y las tantas veces, esos días, repetidas maldiciones en castellano de los indios: ¡Malditos!... ¡Demonios!

Como por milagro, después de la matanza, se abre la mano izquierda de uno de los cadáveres, dejando escapar a la bella mariposa capturada minutos atrás. Con ella vuela hacia la gloria el alma del gallego, don José Gabriel de Castro.
 

 

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