Milagros y leyendas del Señor de la Vera Cruz, patrono de Potosí

La imagen está catalogada como la más antigua de la Iglesia católica en Bolivia y la segunda en Latinoamérica. Apareció en 1550, en el convento de San Francisco de Asís.
martes, 18 de septiembre de 2018 · 00:04

Laura Paz Leaño España / Potosí

Los testimonios de los milagros de nuestro Señor de la Vera Cruz son historias que nos llevan al pasado. Por el año 1749, Potosí se vio azotado por una peste con la que los habitantes, contagiados, los más fuertes, apenas llegaban a vivir 24 horas; mientras que los más débiles no soportaban ni tres horas con el mal. Se dice que la peste hinchaba los pies y el estómago, hasta provocar la muerte. Ante la gran cantidad de muertos, muchos pensaron abandonar Potosí, rumbo a Chuquisaca, pero nadie podía salir de la ciudad, ya que al menor intento de movimiento empezaban a sentir dolor. Entonces la gente comenzó a pensar que se trataba de un castigo divino.

Ningún auxilio médico valía, tampoco cuanta medicina se encontrara o se preparara. Se dice que la peste paró sólo cuando los potosinos reconocieron que se trata de un castigo divino.

Se organizó un peregrinaje por las calles de la ciudad. Iban por delante más de 5.000 indios, formados en dos hileras: unos llevaban cruces muy pesadas en los hombros, otros arrastraban grandes troncos atados a sus pies descalzos. Les seguían otros que se azotaban el pecho y la espalda con cordeles que terminaban en clavos o puntas de hierro y quienes estaban atados de brazos a un pesado madero que cargaban encima de la nuca.

Arcos de plata en el ingreso al templo de San Francisco.

Por detrás los seguían como 2.000 españoles, en dos hileras también, con los pies desnudos y las manos atadas atrás y sus cabezas cubiertas con cenizas. Al medio caminaban unos 500 españoles que se “disciplinaban”. Les seguían la comunidad de los padres franciscanos y otros religiosos de las órdenes que habitaban en Potosí, todos con velas encendidas. Acompañaban al Señor de la Vera Cruz, quien volvió a mirar a sus hijos con ojos de misericordia. Fue la única manera de parar la peste que agobiaba la Villa Imperial, dicen los testimonios que se registraron en el Potosí del siglo XVIII.

Otro testimonio cuenta que por el año de 1805, una terrible sequía castigó a Potosí. La calamidad sólo se pudo remediar cuando se sacó en procesión al Señor de la Vera Cruz. Él puso alivio, escuchando el clamor de la gente, y apenas retornó a su templo, empezó a caer una lluvia abundante, salvando así a su pueblo creyente.

En 1870 nuevamente la milagrosa imagen salió a las calles para salvar al pueblo de la inundación, cuando las tropas de Melgarejo abrieron las compuertas de una de las lagunas, en medio de una gran desesperación de la gente.

En Potosí también se cuenta que entre 1879 y 1932 (guerras del Pacífico y del Chaco), “cuando la injusticia y la ambición de las naciones vecinas obligó al país a verse envuelta en llamas de la guerra, el Señor de la Vera Cruz salvó muchas vidas, curando a graves heridos y restituyendo a varios soldados, y otros sufridos prisioneros, de los que no se sabía si seguían vivos o muertos.

Muchas familias imploraban clemencia al Señor de la Vera Cruz con lágrimas de dolor, queriendo saber qué fue de aquellos a los que lloraban. El Señor les devolvió la tranquilidad y felicidad cuando sus familiares retornaron a sus hogares.

Cuántas historias, leyendas y mitos se tejieron en el transcurso del tiempo sobre nuestro Cristo, el patrono de Potosí, cuya imagen llegó hace 468 años.

El altar donde se encuentra el Señor de la Vera Cruz.

Llegada con los españoles

Las primeras imágenes religiosas llegan a esta parte del mundo con los conquistadores españoles y se las cree poseedoras de milagros y poderes. Aunque no siempre tienen valor artístico, poseen un valor testimonial histórico. Estas imágenes son símbolo de espiritualidad y, por lo mismo, objeto de veneración, lo que ha permitido su supervivencia en el transcurso de la historia nacional. Los talleres de artesanos produjeron gran variedad de imágenes, la mayor parte de autores anónimos.

Para entender la magnitud del significado de tan grandiosa escultura como es la del Señor de la Vera Cruz, tenemos que entender el origen del arte colonial, la fe y, sobre todo, la devoción religiosa de la época colonial en Potosí. Es por eso que el arte colonial, también llamado arte mestizo, se desarrolló en América durante los siglos XVI, XVII y XVIII.

Durante este período, el territorio del nuevo continente estaba dividido en colonias dependientes del Imperio Español, lo que permitió el paso del arte barroco de España al Nuevo Mundo. El arte colonial floreció bajo la influencia del barroco y las ideas católicas.

La presencia de la Iglesia

La Iglesia católica tenía interés en demostrar a las colonias su poder y grandiosidad; por eso el arte jugó un papel determinante para difundir las ideas religiosas, a la vez que le sirvió para combatir las creencias y prácticas de las religiones indígenas.

El arte colonial abarcó diversos campos: arquitectura, pintura, imaginería, retablos, platería, hierro forjado, entre otros, pero la escultura es el arte que mejor representa ese período. Cuando se habla de escultura, no se habla sólo de tallado en madera; también hay trabajos en marfil e imágenes de estuco.

Ya que los primeros españoles que entraron en América traían imágenes y crucifijos, éstos serían modelos a imitar por los primeros escultores locales, en los centros urbanos coloniales.

La gran mayoría de la escultura colonial en Hispanoamérica estuvo vinculada a la historia religiosa. Con el propósito de darles mayor realismo, y siguiendo la tradición de la imaginería española, a las imágenes se las adornaba con pelucas, trajes a la medida, joyas y otros accesorios.

El altar del templo de San Francisco que guarda la imagen.

La imagen más antigua

No cabe duda alguna que un ejemplo de la máxima expresión de la escultura y arte colonial del siglo XVI hasta hoy es nuestro Señor de la Vera Cruz. La escultura, que está catalogada como la más antigua de la Iglesia católica en Bolivia y la segunda en Latinoamérica, apareció una noche de 1550 en las puertas del convento de los hijos del seráfico San Francisco de Asís, en Potosí.

Muchas versiones rodean el misterio de cómo y por qué apareció esta imagen en la Villa Imperial, cuál era el mensaje que nos traía en una época llena de maltrato e indignación. Tal vez pudo ser el llamado de aquellos hombres que necesitaban de un consuelo para poder entender por qué la falta de libertad en sus propias tierras y por qué los hombres que llegaron, acompañados de caballos y armas tenían sed de sangre.

Es algo difícil de entender que una imagen tallada en madera maguey, que irónicamente se la conoce también con el nombre de “el árbol de las maravillas”, hubiera servido de objeto para tallar semejante obra, que perduraría hasta nuestros días.

Pensar que ni los frailes más expertos pudieron armar al Cristo que encontraron en un cajón de madera de cedro en forma de cruz, ni los más prestigiosos talladores y esculturas podían entender qué manos celestiales pudieron tallar con tal perfección la imagen de nuestro Cristo crucificado.

Hasta que un día aparecieron en las puertas del convento dos hombres que se ofrecieron para poner al Cristo en la cruz y lo único que pidieron fue no ser molestados.

Al cabo del segundo día, cuando los frailes se disponían a aprovisionar de alimento a estos dos hombres, se dieron cuenta de que ya no había nadie en la habitación, pero grande fue la sorpresa al ver al Cristo ya asentado en la cruz, que los esperaba para tomar su lugar en el templo, en el cual sería venerado. En ese momento, los frailes pensaron “esos no eran hombres, eran ángeles disfrazados”.

Antiguamente se tenía la costumbre de sacar la imagen en procesión, todos los años, cada Viernes Santo.

Los religiosos le peinaban y arreglaban el cabello y la barba. Los cabellos que quedaban en el peine se repartían como reliquias para aquellos que lo merecían. Lo que más sorprendía a los frailes era el hecho de que el cabello jamás disminuía; al contrario, éste volvía a crecer.

Laura Paz Leaño es socia de número de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí (SIHP)

La medalla que conmemora la aparición de la imagen.

La fe en el Cristo de 468 años

La imagen del Señor de la Vera Cruz es portadora de un discurso, es un medio privilegiado para entender qué pasaba en la época de la Colonia. Lo que importa en la imagen no es la materia sino lo que se le añade. Me refiero a la devoción de los creyentes que prevalece después de 468 años. Sudó cuatro veces para anunciarnos que algo malo acontecería en la Viña Imperial:

La primera vez, en 1580, cuando con la abundancia de riqueza de Potosí también vendrían innumerables pecados; la segunda, en 1624, poco antes de batirse las fatídicas guerras civiles de los vicuñas; la tercera fue, en 1626, ocho días antes de que se desbordara la laguna de San Idelfonso. La cuarta y última ocasión en la que sudó el Cristo fue en el año 1672. El fray Dionisio de Aramayo describe el hecho: “Con gran asombro para los hijos del seráfico que moran en el convento de San Francisco, notamos que el Cristo empezó a sudar desde las doce del día hasta después de las cinco, quedando desde entonces la cabellera pegada a su sacratísima cabeza. Le nacieron canas, con admiración y testimonio de venerables sacerdotes que vieron y palparon, yo declaro que saqué con mis propias manos dos canas de su sacratísimo rostro”.

La cruz verdadera donde murió Jesús

La Vera Cruz o “cruz verdadera” es considerada la más santa de las reliquias cristianas y es considerada la cruz en la que se crucificó a Jesús. Cuenta la historia que fue descubierta por la emperatriz Flavia Julia Helena Augusta, esposa del emperador Constancio I y madre de Constantino el Grande.

En una excavación supervisada por Helena, que se realizó en el siglo IV d.C, el 14 de septiembre, se encontraron tres cruces y tres clavos, escondidos en una antigua cisterna.

Se supone que estas piezas correspondían a las cruces en las que Cristo y los dos ladrones murieron. A este evento se le conoce como invención de la Cruz y hace referencia al hallazgo de estos restos. En 1950, la aparición del Señor de la Vera Cruz de Potosí fue conmemorada con una medalla.

La pieza fue trabajada en la sección acuñación de la Casa Nacional de Moneda. El cuño grabado fue hecho por el artista Agustín Giráldez.

Declarado Patrono de la Villa Imperial

La declaratoria de Patrono de la Villa Imperial fue dada en el Palacio Consistorial de la ciudad de Potosí el 26 de marzo de 1973.

El acto concentró a las principales autoridades políticas administrativas, eclesiásticas, militares, políticas, judiciales, educativas, personalidades del hacer cultural y la ciudadanía católica de la Villa Imperial.

Participaron en el acto el prefecto del departamento de entonces, el general René Gonzales Torres; el obispo de la Diócesis de

Potosí, monseñor Bernardino L. Fey; el presidente de la Corte Superior del Distrito Judicial de Potosí, René Berindoague, y el presidente de la Sociedad Geográfica y de Historia Potosí, Armando Alba Zambrana.

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