Línea 2: las historias de los veteranos al volante

Con más de 70 años de edad, Lino Linares continúa prestando sus servicios como conductor del Sindicato Eduardo Avaroa. Cuenta que vio crecer a sus pasajeros que hoy ya son profesionales.
viernes, 18 de enero de 2019 · 00:04

Marcelo Martínez / La Paz

Antiguo, poderoso, atravesado por líneas azules, blancas y celestes. Un monstruo con una carrocería evidentemente metálica, así podríamos describir al San Pedro, el Dodge 1970 –con motor Nissan, renovado– que conduce  Lino Linares, uno de los conductores más antiguos y queridos de la patrimonial línea 2.  

Con sus más de 70 años de edad, Linares continúa prestando sus servicios ininterrumpidamente. Y aunque sus nietos son su adoración, se niega a abandonar el servicio, pues lo considera un deber para con la población. “Por suerte la salud nos acompaña”, señala entre sonrisas y esta máxima no sólo se aplica a él, sino también a su San Pedro, quien visita al mecánico cada 15 días. “No podemos arriesgarnos a sufrir accidentes, a nadie le gustaría vivir esa situación”, afirma el propietario, consciente de la responsabilidad que pesa sobre sus hombros. 

La foto de un colectivo  de la línea 2, uno de los más antiguos de la ciudad.

Lino no es el único chofer que   toma en serio y con  responsabilidad su trabajo. Alonso Sarmiento, miembro de la directiva saliente del Sindicato Eduardo Avaroa –el más grande y uno de los más antiguos de la ciudad–, comenta que  todos los colectivos y micros tienen un mantenimiento constante y están remozados con partes y repuestos nuevos, lo que los convierte en “vehículos confiables”. 

Sarmiento pertenece al sindicato desde hace varias décadas, maduró en él y, ahora que está a punto de retirarse, no puede evitar recordar que su padre fue uno de los fundadores allá por 1941. A simple vista, los años pesan en él, pero en cuanto le toca referirse a su micro y a su trabajo en el  sindicato, una energía renovadora se manifiesta en su cuerpo, como si él también hubiera recurrido a un “cambio de repuestos”. 

La responsabilidad del mantenimiento constante para evitar los siniestros parece saltar a la vista en investigaciones como la llevada a cabo por el antropólogo Pablo Soto, quien afirma que porcentualmente, micros y colectivos son mucho más seguros que cualquier otro medio de transporte público en las ciudades de La Paz y El Alto, pues los hechos de tránsito que protagonizan son menores a los que sufren minibuses y taxis. 

     Micro  del  Sindicato Eduardo Avaroa,  línea 2.
Foto:Freddy Barragán / Página Siete

De la mano con la historia

“Nosotros hemos visto crecer a esta gente. Desde escolares se subían a este colectivo y ahora muchos son profesionales”, cuenta Lino mientras se va preparando para dar su cuarta y última vuelta del día. Es cortés y amable con los pasajeros y con sus compañeros, por eso lo respetan, pero su mirada cambia cuando un contratiempo se atraviesa en el trabajo y deja relucir la dureza de su carácter. “Es medio renegón”, sonríe uno de sus compañeros. Mientras  da los últimos toques a su peinado, es imposible no notar el gran cuidado que da a su aspecto en general, sobre todo por el uso de un par de anteojos rayban; en algún momento afirmará que eso es parte del respeto a su trabajo y a los pasajeros.

“Antes cuando había pasajeros se podía dar hasta ocho vueltas, ahora sólo tres o máximo cuatro”, rememora. Los últimos años han sido muy difíciles para colectivos y micros, varias líneas han desaparecido y las que sobreviven no la pasan bien. “Lo que mucha gente no reconoce es que nosotros (colectivos y micros) hemos aportado al desarrollo de la ciudad. Nosotros fuimos los primeros en entrar a zonas alejadas, matoneando nuestros coches en calles de piedra y pendientes tremendas”, resalta. 

Hoy, la ciudad cuenta con el PumaKatari y Mi Teleférico, dos de los sistemas más modernos y exitosos de transporte urbano. Pero, el primer ingreso a varias zonas se dio de la mano de los colectivos.

“El Chauchero”,  primer colectivo de la línea 2 en la ciudad de La Paz. Entró en circulación en 1948.


Algunos recuerdos

Lino cuenta que hace muchos años, una señora que acababa de llegar de Santa Cruz dejó olvidado a su hijo pequeño en uno de los asientos del colectivo, pues el niño se había dormido. Dicha señora tomó la línea 2 en la avenida Perú que está sobre la terminal y se bajó por  Sopocachi. “Lo que llama la atención es que la señora aseguraba a la Policía que el niño se había quedado en un micro verde y los efectivos policiales no se dieron cuenta que ningún micro verde pasaba por la avenida Perú, que sólo pasaban micros azules del Sindicato Eduardo Avaroa. Se armó tremendo alboroto”, cuenta. Cuando el chofer dio parte a la Policía  indicando que el niño se encontraba en la parada del colectivo 2, la madre del pequeño quedó impactada. En aquella ocasión, la señora se deshizo en agradecimientos al conductor, quien no entendía por qué. “Era mi deber”, asegura. Es que si algo se puede notar con gran fuerza, aún en los choferes de micros y colectivos, es un tremendo sentido de responsabilidad y de unión. 

A lo largo de las entrevistas realizadas, conversando con choferes que llevan muchos años en el servicio y con dirigentes de los sindicatos, es posible percibir una gran solidaridad entre ellos. La importancia que   otorgan al trabajo en equipo es llamativa, especialmente porque muchos todavía sienten (o quieren sentir) que esa importancia es compartida con la población. 

Para muestra basta un botón, sentencia el refrán, pero está muy lejos de ser un simple refrán tras el relato de Julio César Téllez, otro de los dirigentes salientes del Sindicato Eduardo Avaroa. Recuerda las varias incursiones de sus motorizados por calles todavía de tierra y piedras, por zonas que apenas contaban con algunos de los servicios básicos, con mal llamadas avenidas que no eran sino lodazales en época de lluvia. Asegura que varias veces los automóviles no eran capaces de sortear las malas condiciones del terreno y terminaban empantanados. Entonces, todos los pasajeros descendían del vehículo y colaboraban empujándolo hasta que finalmente el micro quedaba libre y podía continuar su recorrido. 

“Alguna vez nos ayudaron hasta vecinos. Sabían que era por el bien de todos”, concluye con una sonrisa.

 Escolares y universitarios son de los pocos que todavía usan   micros.

Un trabajo en equipo

Además de las actividades cotidianas relacionadas con su trabajo, los miembros del Sindicato Eduardo Avaroa  organizan anualmente un campeonato de fútbol. “Sirve para desestresarnos”, comenta Julio César. 

Dicho campeonato enfrenta a equipos conformados por los mejores jugadores de cada categoría;  es decir, hay equipos de conductores de micros, otros de conductores de colectivos, de carrys, etc. 

El premio es prácticamente simbólico, en cuestión de montos. Lo  que buscan es desarrollar una actividad familiar y de convivencia. Si bien el campeonato de fútbol es una actividad de esparcimiento, les sirve también para reforzar la unidad que existe entre los miembros del sindicato. Y es que esta unidad no es para tomarse a la ligera. 

En el interior del sindicato se solucionan problemas disciplinarios (los dirigentes sancionan a choferes que tienen quejas de conducta), se vela por el cumplimiento de convenios en temas relacionados con siniestros (muchos prefieren los acuerdos internos porque saben que tanto los dirigentes como otros choferes asegurarán el cumplimiento de los mismos). Se colabora con miembros que tengan problemas de salud y se trabaja por mejores condiciones para todos. Es de esta manera que se logró la construcción de un complejo deportivo, el mantenimiento del edificio que funciona como sede y el inicio de la que promete ser una clínica bien equipada para atender a los miembros de la asociación.

Por otra parte, todos los micros han sido modificados a lo largo del tiempo. Nuevos repuestos y hasta motores han sido adquiridos para precautelar la seguridad en este medio de transporte y esta es una responsabilidad en la que se enfatiza tanto al interior del sindicato, como en el trabajo cotidiano de cada chofer. “Tenemos que adaptarnos a los nuevos tiempos y mejorar nuestros vehículos”, afirma Julio César. “Ojalá la población también nos comprendiera. En más de 20 años no hemos subido el pasaje y seguimos procurando dar un servicio de calidad”, dice. Y aunque no lo dice, puede conjeturarse que detrás de sus palabras está la búsqueda por esa unidad solidaria que en algún momento liberó al micro del lodo y que podría llevar a la ciudad al progreso.

Este trabajo fue elaborado con apoyo del fondo “La Paz a través de nuevas miradas” que impulsa el Observatorio La Paz Cómo Vamos y la Fundación para el Periodismo con  apoyo del European Journalism Centre.

 

 

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