Relatos de la ciudad de La Paz de entre los años 50 y 80

La abogada Mercedes de Urioste rememora su vida en la ciudad paceña y la urbanista Olga Paredes explica acerca de la arquitectura en décadas pasadas.
sábado, 19 de enero de 2019 · 00:04

Naira Abal  / La Paz

¿Cómo habitamos esta ciudad? ¿La recorremos sólo en la nostalgia por nuestra naturaleza migrante o aprendemos a disfrutarla con sus sinsabores, con sus paros, con sus marchas, con sus árboles talados y sus edificios a los que poco o nada les interesa el espacio público? ¿O tal vez sólo habitamos una ciudad-hotel?

Hay dos puntos de vista casi equidistantes para referirnos a la arquitectura de La Paz. Por un lado, tenemos un punto de vista patrimonialista en el que defendemos las edificaciones que narran los cambios que ha vivido nuestra sociedad y, por el otro, discutimos la importancia de la habitabilidad de las personas. ¿Cuál elegimos? Una edificación patrimonial o la posibilidad de que más personas vivan “cómodamente” en lugares céntricos de la ciudad? No es tan sencillo.

Los cambios  en la sociedad  se expresan en la arquitectura.

En ciudades grandes se trabaja hace ya varios años los índices de habitabilidad de la ciudad para entender también las necesidades de la expansión del territorio y para planificar el crecimiento de forma ordenada. Además, esto ayuda a evaluar la calidad de vida de los habitantes, para poder mejorarla.

Al hablar de habitabilidad urbana, hacemos referencia a dos perspectivas: a la vida en el interior de cada vivienda y a la convivencia con el exterior. Esto supone el acceso a escuelas, hospitales, medios de transporte, parques, avenidas y la manera en la que cada ciudadano y ciudadana usan los espacios públicos. (Fuente: https://bit.ly/2RYotZy Pág. 3)

En este punto debemos hacer referencia al rol del ciudadano, a cómo ejerce su ciudadanía y cómo vive el espacio público. Una consulta casual podría derivar en la creencia de que en La Paz no se usan los espacios públicos por el particular clima, pero esto se desmiente rápidamente visitando nuestras calles. Se hace evidente que seguimos viviendo el espacio público como un lugar de protesta, pero también existe un goce, un gusto en recorrer la ciudad y no sólo en el intercambio material y económico. ¿Quién no ha visto un grupo de baile de danzas folklóricas o de k-pop en las plazas, estudiantes conversando en una calle, niños en los parques y parejas en los miradores?

 Hoy  en día ya no hay tantas edificaciones náuticas como en los años 50 por las remodelaciones de los edificios en las décadas posteriores.

Pero nuestra interacción en el espacio público, sólo es una parte -aunque muy compleja- de la habitabilidad. Además, se pueden determinar varios ítems a considerar, por ejemplo el estado de las aceras, la accesibilidad a personas con alguna discapacidad, la proporción de árboles con respecto a la cantidad de habitantes y de vehículos, los murales o el arte urbano que son parte del paisaje, la calidad del aire, los niveles de contaminación lumínica y sonora que vivimos.

Y hacia el interior se evalúa la habitabilidad a partir de los criterios con los que son construidos los nuevos edificios: si recibimos luz, cuál es el espacio necesario para vivir con comodidad, incluso el espacio que se destina a áreas de servicio, lo que también dice mucho de nuestras concepciones sociales. De otra forma, serían inexplicables los minúsculos espacios destinados a las trabajadoras del hogar, de las que poco o nada se discute.

La arquitectura dice mucho más de nuestra sociedad de lo que usualmente entendemos, no sólo limitándose a lo patrimonial, sino también a los hábitos de las personas y su forma de concebir la vida, que se traduce en los cambios de cada ciudad, de cada hogar.

La Paz ingresó a la modernidad con la implementación de los adoquines. Como nos comenta Eduardo Machicado, el principal promotor y director de la Fundación Flavio Machicado: “A partir de 1920, una vez que ya se había desarrollado la urbanización de Sopocachi, se generó un cambio para el Centenario de la República y fue el presidente Baptista Saavedra, quien inició lo que se llamó La Junta impulsora de la pavimentación de La Paz. 

La topografía  de la ciudad exige construcciones de pasajes que conecten las construcciones casi verticales que son parte del paisaje.

  Fue Julio Mariaca Pando quien hizo la primera experiencia con el adoquinado de la calle Comercio, la primera calle que se adoquinó y que lamentablemente fue destruida posteriormente por Raúl Salmón”. 

En esa época el adoquín se consideraba como un principio (de modernidad) que se había generado por el desarrollo de las grandes ciudades como París, Londres, Nueva York y Buenos Aires.  

En nuestro caso, la Cantera de Comanche cobró un rol importante porque la piedra comanche fue el material con el que se empezó a adoquinar todas las calles. Esto también permitió la inversión para la construcción de edificios públicos importantes, como explica Machicado.

Mientras los arquitectos, Adán Sánchez, Julio Mariaca Pando y Emilio Villanueva cambiaban la fisonomía de la ciudad con los conocimientos de su educación en el exterior, se transformaba, a la par, la estructura de los hogares y la vida de los habitantes paceños. 

La abogada Mercedes de Urioste, que nació con una mirada atenta a los detalles de lo que sucedía en su entorno, nos comenta cómo fue vivir estos cambios.

La arquitectura  náutica o Art Decó fue una corriente muy popular que se originó en los años 30 en EEUU.

Mercedes de Urioste rememora

“En El Prado yo vivía en una casa que era de (Mariano) Melgarejo, una casa colonial que después se desmontó para hacer un edificio. Esa casa, que era de mi abuela, tenía unos espacios que eran caballerizas, que eran unos arcos de piedra -era una mampostería de piedra-, encima venía la casa y la abuela había hecho de la parte de abajo, tiendas que alquilaba.

 Tenía área de animales, las caballerizas en las que había burros, entrada de pongos, de alimentos, grandes alacenas, grandes despensas, mucho espacio para el personal de servicio, nunca había una empleada, siempre había siete u ocho. Es decir, había más gente en la mesa de la cocina que en la mesa de la casa. 

Los cuartos eran inmensos, los techos eran altísimos, el salón estaba todo el tiempo oscuro, por la cortina de terciopelo grueso que teníamos pero además, las ventanas estaban cerradas con ventanillas de madera. Ahora me doy cuenta que era porque el sol de La Paz destroza todo y que se tenía que abrir el salón cuando se ibas a usar, en lo posible de noche.

Después -continúa el relato- vivimos en una casa en la avenida 6 de Agosto que era también muy grande, pero con unas modernizaciones. 

El comedor en El Prado era una mesa para 24 personas. En el comedor de la  6 de Agosto, la mesa era sólo para 14 personas, 16 si la estirabas, pero había un comedor de diario para la familia en la cocina, ya no había espacio para caballos. Sin embargo había una gran alacena, cuatro habitaciones para la gente de servicio. Nosotros éramos una familia grande, entonces teníamos una niñera, teníamos una ‘a la mano’ (persona que hace todo lo que se necesita), teníamos una empleada, un mozo y un jardinero.

Todos ellos vivían en la casa, entonces había una habitación para cada uno, algunos vivían con su esposa o con toda su familia. Era un regimiento de gente, por lo que también se necesitaba una cocina muy amplia, en la que podías preparar comida si tenías invitados. En esa casa ya había un living de paso, una sala de estar, un cuarto de piano y un salón pero ya no un salón como en la casa colonial. 

Posteriormente, nos fuimos a un departamento que era un piso de un edificio de la calle Guachalla y Ecuador. Todo había cambiado, el factor económico había cambiado.  Entonces, ya no teníamos una ‘a la mano’, ya no teníamos una niñera, planchadora, lavandera etc. 

Solamente quedaba la cocinera, que se había casado y se había ido a vivir afuera; el mozo que, además de mantener limpia la casa, se ocupaba de que la ropa llegue de vuelta a su lugar y una lavandera.

El comedor de la casa tenía una mesa para 12 personas, había una sala en la que se podía poner 40 invitados aproximadamente y había solamente un escritorio y cuatro cuartos. En esa casa tocó que los mayores de seis hermanos se fueran a estudiar, hasta que mi madre se quedó sola, enviudó, entonces partió el departamento para tener una renta.

Después se trasladó a un departamento moderno, en el que se piensa que la empleada doméstica es un murciélago que debía dormir colgando los pies. Tenía espacio para una camilla de 60 centímetros de ancho, que medía 1,60 centímetros, sino no cabía. De mesa de noche debía usar el inodoro y se tenía que sentar en él para poder ducharse. En ese momento aún existía el servicio doméstico porque las ‘doras’ (la lavadora y la secadora) llegan después de los años 80. 

Hasta el año 90, los bebés usaban pañales de tela que se tenían que lavar y colgar y, si no se secaban, había que colgarlos en el living, en el comedor o plancharlos. Además,  teníamos  una niñera que dormía en la casa. A esa altura yo ya estaba casada, tenía hijos y ya no había espacio”.

El relato de Mercedes es muy completo y nos permite entender muchos aspectos de la vida en La Paz entre los años 50, los  70 y  80. Este aspecto doméstico pocas veces se discute y no existen muchos estudios al respecto en nuestro contexto.

Entonces, la ciudad entraba en la modernidad, los hábitos de las familias cambiaban en función, no sólo de las necesidades, sino también de las posibilidades y las fachadas de las casas de la élite paceña, como sus propietarios, adoptaban las corrientes que llegaban del exterior. 

Es así, que aún tenemos en la ciudad casas con estilo Art Nouveau, Art Decó y edificios minimalistas, aunque ya casi no existen casas coloniales. 

Machicado nos comenta que el Art Nouveau era el estilo predominante en Sopocachi y en los tardíos setentas llegó a la ciudad lo que en Latinoamérica se conocía como arquitectura náutica. 

La arquitecta Olga Paredes explica que estas edificaciones son parte del Art Decó, es decir que sus líneas son curvas y sus ojos de buey son característicos. 

“Recién demolieron una en Miraflores, la mayoría las han remodelado, pero se reconocen por sus balcones que parecen proas y sus barandas circulares”, comenta Paredes.

En ocasiones, el peso de lo cotidiano, que se nos hace rutinario, no nos permiten ver estos cambios o disfrutar del espacio público sin que medie algún plus a la experiencia, como un desfile o una feria. Sin embargo, la ciudad está llena de estas historias y tal vez es momento de volver a ellas para entender los cambios en nuestra sociedad y, con algo de suerte, vislumbrar hacia dónde nos dirigimos. La ciudad no se narra sola, es necesario que empecemos a poner nuestra voz.

Este trabajo fue elaborado con apoyo del fondo “La Paz a través de nuevas miradas” que impulsa el Observatorio La Paz Cómo Vamos y la Fundación para el Periodismo con  apoyo del European Journalism Centre

 

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