Periodismo: he ahí el enemigo

El sábado se recordó el 94 aniversario de la promulgación de la Ley de Imprenta. Este artículo repasa la historia de la prensa escrita hasta el presente.
miércoles, 23 de enero de 2019 · 00:04

Juan José Toro Montoya (*) /  Potosí

 “Gracias a Dios, no tenemos escuelas públicas ni imprenta; y espero que sigamos así durante cien años; porque la instrucción ha traído al mundo la desolación, la herejía y las sectas; y la imprenta las ha divulgado, así como los libelos contra el gobierno. Dios nos guarde de ambas cosas”. 

Esas frases, intolerables para nuestros días, fueron acuñadas en 1671 por el entonces gobernador de Virginia, Estados Unidos, Sir William Berkeley, y reflejan el pensamiento de una sociedad colonial y enquistada en el oscurantismo. 

Pero, aunque anacrónicas, esas palabras no sorprenden si se toma en cuenta que fueron escritas en un momento en el que las colonias americanas enriquecían a sus gobernantes con comercios tan lucrativos como el mercado de las pieles. Berkeley, que se favoreció con esa práctica, fue finalmente apartado de su cargo luego de una revuelta encabezada por su pariente Nathaniel Bacon. Tras su destitución, el rey Carlos II de Inglaterra comentó que “este viejo loco ha enviado a más hombres a la muerte en ese país desnudo que los que yo maté por el asesinato de mi padre”.

Ante cuadro semejante, es fácil entender por qué Berkeley detestaba la palabra impresa: porque esta era capaz de poner sus negocios en evidencia.

FOTOS: Archivo Correo del Sur

Desde siempre, los gobernantes, y los aspirantes a serlo, consideran a la palabra impresa, y sus derivaciones, como un serio peligro para sus propósitos de enriquecimiento con los recursos públicos. Si el temor a lo que aparecía en los libros era evidente, se hizo mayor con el surgimiento de los periódicos. 

De hecho, cuando Berkeley le hacía mala propaganda a los impresos, ya circulaban el Post-och Inrikes Tidningar (1645), en Suecia; el Opregte Haarlemsche Courant (1656), en Países Bajos; la Gazetta di Mantova (1664), de Italia; The Oxford Gazette (1665), de Inglaterra, y la Gaceta de Madrid (1697), de España. 

El primer periódico de América salió apenas tres años después, en 1700. Se llamó Diarios y memorias de los svcessos principales y noticias mas fobrefalientes en efta Ciudad de Lima, Corte del Perú. Posteriormente aparecieron el Boston Newsletter (1704), la Gaceta de México (1722) y la Gaceta de Lima (1743).

El periódico The Washington Post, que se edita hasta ahora, apareció mucho después, en 1877, pero tiene en su haber el haber provocado la caída de un presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, con su investigación sobre el denominado escándalo Watergate. Como se ve, los periódicos no son simples impresos: divulgan información y, al hacerlo, pueden poner en evidencia a los detentadores del poder, a los gobernantes, a los políticos…

Arma poderosa

Aún sin el auxilio de la imprenta, los americanos utilizaron la palabra escrita para enfrentarse al poder colonial.

Probablemente el caso más emblemático en Bolivia es el de Pedro Domingo Murillo quien, según se desprende del interrogatorio que José Manuel de Goyeneche le hizo a Buenaventura Bueno, era el autor intelectual de los pasquines y libelos que aparecieron en La Paz antes del alzamiento del 16 de Julio de 1809. 

Por eso no es raro que los ingleses hayan utilizado a la imprenta como una de sus principales armas en las invasiones de Buenos Aires y Montevideo en 1806 y 1807. Ya en la segunda invasión inglesa, el general Sir Samuel Auchmuty y el teniente general John Whitelocke tomaron Montevideo, donde el primero ordenó la publicación de un periódico semanal que se editó en inglés y español con el nombre de The Southern Star y/o La Estrella del Sur. Este primer periódico bilingüe era editado por Francisco Antonio Cabello y Manuel Aniceto Padilla y era utilizado por los ingleses para hacer propaganda sobre los beneficios de los que gozarían las colonias españoles si fueran gobernadas por Inglaterra. 

Ya durante la Guerra de la Independencia, un conocido de todos, Simón Bolívar, entendió tan bien el poder que tenía la prensa que su primera preocupación fue procurar una imprenta para su ejército. Luis Ramiro Beltrán fue quien reveló que el Libertador, “por carta de 1817 pide a un amigo en Europa: ‘sobre todo, mándeme Ud. de un modo u otro la imprenta que es tan útil como los pertrechos (de guerra)’”.

Apretar el cuello

Pero si bien la imprenta era un arma en tiempos de guerra, podía ser un incordio para los gobernantes que, obtenida la libertad, tenían que dedicarse a organizar las nacientes repúblicas.

Quizás por ello, y por razones que analizo en mi libro Calumnias, calumniadores y calumniados, el primero en normar a la prensa fue nada más y nada menos que el mariscal Antonio José de Sucre que, desempeñando el mando de la nación, fue quien promulgó la primera Ley de Imprenta que, lejos de lo que pudiéramos suponer, era draconiana e imponía duras penas a los periodistas. 

Esta ley, promulgada el 7 de diciembre de 1826, consideraba un abuso de la “libertad de imprenta” a los “escritos contrarios a la moral o decencia pública” y fijaba sanciones tan severas como el destierro. Sin embargo, pese a su rigidez, esta primera ley impone el sistema de jurados para el juzgamiento de faltas o delitos de imprenta y este se mantuvo en todas las que se promulgaron después.

Andrés Santa Cruz introdujo el nombramiento de jurados mediante el congreso en tanto que José Ballivián promulgó otra Ley de Imprenta, el 13 de noviembre de 1844, que consideraba a los autores de delitos cometidos mediante impresiones “delincuentes por abuso de la libertad de imprenta” y consideraba que era una ofensa atacar “la conducta privada de cualquier individuo, aunque sean ciertas las acciones y las palabras publicadas por la imprenta”.

Así, entre endurecimientos y flexibilizaciones, se llegó a la Ley de Imprenta que sigue en vigencia hasta nuestros días. Fue promulgada por el presidente Bautista Saavedra el 19 de enero de 1925 y mantiene dos de sus columnas fundamentales: que las presuntas faltas de imprenta -ahora extensibles a todo tipo de publicación periodística- sean juzgadas por un jurado constituido por ciudadanos notables y la protección del secreto de la fuente.

A título de actualización, los políticos insisten en modificarla porque eso pondría al periodismo en sus manos. Nada garantiza lo que podría pasar en el momento en que la Asamblea Legislativa Plurinacional controlada por el MAS intente aprobar una nueva Ley de Imprenta, o del Periodismo, o de Medios.

Como se ha visto con apenas unos cuantos ejemplos, los gobernantes, y los políticos, son enemigos de la prensa. No se les puede confiar su legislación.

(*) Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo y presidente de la Sociedad de Investigación Histórica de Potosí (SIHP).

Primera  Ley de Imprenta

  • Capítulo 1  De la libertad y las restricciones de imprenta. 
  • Artículo 1° Todo habitante de Bolivia puede publicar por la prensa sus pensamientos conforme al artículo 150 de la Constitución, siempre que no abuse de esta libertad.
  • Artículo 2° Se abusa de esta libertad: 1° Atacando de un modo directo las leyes fundamentales del Estado, con el objeto de inducir a su inobservancia: 2° Publicando, escritos contrarios a la moral o decencia pública: 3° Injuriando a cualesquiera personas sobre las acciones de su vida privada.
  •      Capítulo 2 De las penas contra estos abusos. 
  • Artículo 3° Los que incurrieren en la prohibición primera del artículo anterior, sufrirán la pena de seis meses a un año de destierro fuera del territorio de la República, y perderán para siempre sus destinos, si fuesen empleados.
  • Artículo 4° Los que abusen de la restricción segunda, serán penados con doscientos pesos de multa.
  • Artículo 5° Los que vulneren el honor y la reputación de algún individuo, pagarán una multa de ciento a mil pesos.
  •  Artículo 6° En el caso, de que se publique un papel infamatorio, no se eximirá de la pena al autor, aun cuando pretenda probar los hechos; y además le quedará al ofendido expedita su acción para reclamar ante juez competente.
  • Artículo 7° Sí algún escritor imputase delitos a algún empleado público, o corporación, en el ejercicio de sus funciones, quedará libre el autor de toda pena, siempre que probase sus aserciones.
  • Artículo 8° La reincidencia en los delitos de que tratan los artículos anteriores, será castigada con doble pena.
  •  Artículo 9° Además de las penas expresadas, se recogerán todos los ejemplares que estén en venta.
  •    Capítulo 3 De los impresores. 
  • Artículo 10° Ningún individuo puede hacer uso de su imprenta, sin dar previo aviso a la policía del nombre del que la administra, y del título que hade llevar; así como poner en sus papeles, el día y año de su impresión.
  •     Artículo 11° Los impresores están obligados a sigilar los nombres de los autores que publiquen sus papeles, cuando así lo soliciten, hasta el momento en que se reúna el segundo jurado. La infracción de este artículo, será castigada con la privación de administrar imprenta alguna por diez años. 
  • Artículo 12° No podrán imprimir escritos que no sean fechados y firmados por persona conocida.
  • Artículo 13° Los impresores que falten al Artículo anterior, serán responsables como autores del impreso.
  •   Artículo 14° Serán también responsables, cuando ignorándose el domicilio del autor llamado a juicio, no den razón exacta, o no presenten una persona abonada que responda de su conocimiento.
  • Artículo 15° Los impresores que vendan uno o más ejemplares del escrito mandado recoger, pagarán una multa de diez a quinientos pesos, según la gravedad.

Mellizo malvado

El periodismo, tal como lo conocemos ahora, nació en la antigua Roma, cuando Julio César, que estaba al mando de la decimotercera legión, intentaba regresar a la ciudad de las siete colinas para asumir su cargo de cónsul.

Los conservadores en el Senado, que eran mayoría, no autorizaron su regreso y le pidieron que antes renuncie a su consulado y licencie a sus legiones. Él envió, entonces, una carta con Marco Antonio para que esta sea leída a los senadores. Estos la escucharon pero luego evitaron que su contenido sea divulgado entre el pueblo.

Ante esta situación, Julio César y sus tropas cruzaron el Rubicón -“la suerte está echada”, dijo al hacerlo- y tomaron la ciudad. Los senadores fueron ejecutados y los que sobrevivieron optaron por huir. Dueño de la situación, el cónsul decidió que todo lo tratado en el Senado sea de conocimiento público así que ordenó que se levante acta de sus deliberaciones. Esas actas eran publicadas en unos papeles que se fijaban en las paredes con el rótulo de Acta Diurna. Con el tiempo, esa publicación incluyó noticias de nacimientos, matrimonios y las novedades que llegaban de las provincias.

Así nació el periodismo, pero César, consciente del poder que tenía -y tiene- la información, revisaba personalmente el contenido del Acta Diurna antes de que esta se pusiera a la vista de la población. Por tanto, el periodismo nació junto a su mellizo malvado, la censura.

El control sobre los impresos se mantuvo a lo largo de la historia. En América, las Leyes de Indias contenían hasta 15 normas referidas estrictamente a los impresos. Por ejemplo, la Ley XV ordenaba “a los virreyes y presidentes que no concedan licencias para imprimir libros en sus distritos y jurisdicciones, de cualquier materia o calidad que sean, sin preceder la censura”.

Actualmente, la censura se ejerce de manera encubierta, ya sea asfixiando económicamente a los medios, presionando para el despido de periodistas, atacándolos públicamente para desprestigiarlos o enjuiciándolos por la justicia ordinaria cuando la ley establece una jurisdicción especial.

 

 

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