Miguelina, la lustrabotas que da la cara

No conoció a sus padres, pero sabe que tiene un hermano. No quiere regresar a Coroico, donde nació, porque teme no encontrar noticias de su familia.
domingo, 06 de octubre de 2019 · 00:04

Ivone Juárez  / La Paz

“No me cubro la cara porque no tengo nada que ocultar ni de qué avergonzarme. A los lustrabotas nos tildan de gente mala y no es así, por eso no me cubro la cara, para que sepan quien soy, soy Miguelina”, dice con voz firme la mujer lustrabotas tal vez de más edad en la ciudad de La Paz.

Miguelina Laruta tiene 58 años y hace 40 que es lustrabotas. Desde hace un par de meses que tiene un nuevo lugar para dejar brillantes los zapatos de las personas que aceptan su servicio: al inicio de la avenida Las Américas, de Villa Fátima, en la puerta de las oficinas de Entel.

 Fotos: Marco Aguilar / Página Siete

“No tengo patente. Es difícil hacer ese trámite y me dijeron que ya no existe, que no dan más patentes, por eso hablé con los jefes de la empresa y felizmente aceptaron que me quede trabajando aquí afuera”, explica la mujer, envuelta en incontables prendas de vestir que la abrigan; además del gorro de lana que cubre su cabello, al parecer sujeto en un moño, y que revela algunas canas.

Aun bajo el frío que entumece al comenzar la mañana, Miguelina es una diestra para el lustre, esos 40 años de experiencia no son para menos. Con una mano toma el cepillo, con la otra la crema de zapatos neutro y comienza a lustrar, sin sobrepasar ni un poco el calzado. Golpea con el cepillo la punta del zapato, señal que hay que poner el otro pie sobre su  banquito de madera, y ella habla, cuenta su vida, sin pena, sin vergüenza. 

Nació en Coroico pero no recuerda desde qué edad vive en La Paz. Sólo le dijeron que sus padres la entregaron a una tía. Tampoco sabe qué edad tenía entonces; sólo recuerda que tenía nueve cuando huyó de la casa de su pariente, asustada por el maltrato que recibía.

“Dice que mis padres me entregaron a esa tía.  Nunca supe de ellos. La vida en la casa de mi tía era muy dura, mucho sufrimiento, por eso decidí salirme. Tenía sólo nueve años, pero en ese tiempo no vi otra salida más”, cuenta.  En la calle, sola y desprotegida,  Miguelina encontró  peligro y “cosas malas” –como ella dice–, de las que no sabía cómo defenderse. “Por eso caí en cosas malas, estaba en andanzas. Yo cometí errores, viví muy rápido”. 

Así Miguelina llegó a su adolescencia,  sin ningún apoyo. Vivía gran parte del tiempo en la calle, donde  se encontró con una mujer que, sin conocerla, le cuestionó si pensaba “vivir siempre así”. Ella no revela el nombre de aquella mujer, sólo repite las palabras que  le dijo y que le marcaron la vida: “¿Vas a vivir así siempre? ¿Qué va a pasar  cuando tengas esposo, hijos? ¿Los vas a llevar por este camino?”.

 “Yo la evadía y le contestaba que no sabía lo que iba a ser de mi vida, pero era verdad, yo no sabía qué iba a ser de mí”, continúa.

Pero esa mujer no se daba por vencida, siempre la encontraba en la calle y le hacía la misma pregunta. “Era una mujer cristiana”, se anima a revelar Miguelina.

“Al principio no le hacía caso, pero luego comencé a meditar y pensé si de verdad yo quería lo mismo para la familia que quería tener y decidí reencausar mi vida y lo logré.  Conozco a mucha gente que no logra salir, que dice ‘no puedo’. Se dejan dominar por los vicios, pero no es decir ‘no, no puedo’; hay que tener fuerza y voluntad para salir adelante. Yo puse fuerza y voluntad y dije: ‘Voy a salir, lo voy a lograr’. Y lo logré”, afirma la mujer mientras termina su trabajo y deja el zapato que lustró tan brilloso como un espejo.

Con el nuevo rumbo que eligió para su vida, a sus 16 años Miguelina comenzó a trabajar. Primero vendiendo  cigarrillos, después lustrando zapatos. “Ahí comencé a cambiar mi vida”, asegura. Ser lustrabotas le dio a esta mujer la esperanza y la oportunidad de cambiar su destino. Primero conoció a su esposo, con quien imaginó que podría lograr sus sueños, y lo logró, pero al principio no fue fácil.

“Nos separamos un tiempo y yo me fui con mis hijos, me fui con ellos. Primero estuve en Remar, en La Paz,  y luego me enviaron a Cochabamba, ahí estuve un año, hasta que mi esposo me buscó y me prometió que cambiaría; le di la oportunidad y él hasta ahora no la desaprovechó, cambió mucho”, cuenta.

 

Desde entonces se dedicaron a cuidar a sus dos hijas. “No he logrado darles una profesión a mis hijas, pero trabajé de todo, hasta seleccionando basura para que terminen el colegio, igual mi esposo. Así hemos logrado salir adelante”, afirma con  voz firme y fuerte, que a momentos se pone cariñosa, sobre todo cuando habla de sus hijas y de sus nietos.

“Son mi más grande alegría”, afirma.

Otro sentimiento completamente opuesto se apodera de ella cuando se le pregunta por sus padres. Explota en llanto y casi ahogándose en sus lágrimas dice: “Lo más triste de mi vida es que no he conocido a mi papá ni a mi mamá. Cuánto hubiese querido conocerlos. He conocido a mi hermana mayor, pero se perdió. Dice que tengo un hermano en Coroico, no lo conozco”.

Esta gran tristeza la acompaña desde que era niña, desde que tiene memoria.

 Hace unos años,  cuando lustraba zapatos por el mercado de la coca, en Villa Fátima, un hombre le dijo que conocía a su padre. “Oyó mi apellido y me dijo: ‘¿Tú eres Miguelina? ¿El Toribio no es tu papá? Yo le pregunté si conocía a mi papá y él me contestó: ‘Sí,  pero ya ha muerto, pero tienes un hermano que se llama Santiago Laruta Yanarico’. Yo le pregunté si conocía a mi hermano, porque yo quería conocerlo y preguntarle por qué mis papás me abandonaron”.

El hombre se despidió de ella prometiéndole que la siguiente vez que se verían tendría noticias para ella de su hermano, pero nunca más apareció.  “Le di hasta mi dirección, pero jamás vino”, reclama llorando.

La mujer lustrabotas sabe que puede encontrar algún familiar en Coroico, pero  no se anima a viajar al lugar, tiene miedo de no encontrar a nadie.

Pese a ese gran dolor que no se le separa, esta valiente siempre está dispuesta a dar una palabra de consuelo y aliento a las personas, sobre todo  mujeres que llegan hasta donde está, en Villa Fátima, y se sientan a su lado, y la ven trabajar. 

“Siempre hay alguna señora que se sienta aquí, a mi lado, que comienza a contarme que su esposo le pega, o que no le da dinero para la comida de sus hijos. Yo las escuchó y les digo que tienen que trabajar, no esperar el dinero del marido. Les digo: Mirá cómo yo lustro, así te puedes ganar y salir adelante con tus hijos”.

“¡Es que se puede salir adelante!”, insiste con voz firme.

 

Confidencial

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