El golpe de Estado de Todos Santos: a falta de un caudillo, la cabeza de Natusch Busch

El 1 de noviembre de 1979, el coronel Natusch Busch encabezó un cruento golpe de Estado. Nunca antes en tan pocos días falleció tanta gente en Bolivia. La criminal aventura provocó la muerte de 208 personas.
viernes, 01 de noviembre de 2019 · 01:25

Germán Linares Iturralde / La Paz

La madrugada del 1 de noviembre de 1979, el pueblo boliviano fue sorprendido por un golpe de Estado, cuya fisonomía no encuadraba en los parámetros de los tradicionales cuartelazos. Inicialmente no se practicaron arrestos, no se impuso el Estado de Sitio, el Congreso siguió funcionando y ni siquiera el presidente depuesto fue hostigado por los militares.

Cerca de la medianoche del 31 de octubre de 1979, los regimientos Tarapacá, Ingavi y Lanza, acantonados en El Alto por decisión de sus comandantes, comprometidos con la asonada, salieron de sus cuarteles a pertrecharse en lugares estratégicos de la sede de Gobierno. Este cuartelazo había sido adelantado, pues estaba planificado recién para fines de noviembre por el coronel Alberto Natusch Busch y altos dirigentes del MNR.

Después del veto de los militares a Guevara Arze fue Lidia Gueiler               quien  asumió la                             Presidencia.                

De acuerdo a documentos históricos, el presidente Wálter Guevara Arce, semanas antes ya tenía conocimiento de los aprestos golpistas, tanto que para desmontar la conspiración dispuso el relevo del comandante del regimiento Lanza, causal para que la conspiración militar se precipite evitando así que el mandatario interino termine descabezando los mandos militares.

Esta acción militar-civil sediciosa empañó la imagen de nuestro país, ya que en la víspera había concluido en La Paz la IX Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA): los 25 cancilleres americanos, resolvieron adherirse a la causa marítima boliviana, recomendando efectuar negociaciones para que Bolivia obtenga una salida libre y soberana al océano Pacífico.

La criminal aventura golpista, que tuvo como desenlace temprano una matanza de 208 ciudadanos,  duró sólo 16 días, pues el pueblo se levantó valientemente y echó del poder a Natusch, cabecilla del “Sindicato de Coroneles”.

El asalto al poder  

La aparente tranquilidad reinante en las primeras horas del golpe, indujo a cometer varios errores a los militares “sindicalizados” y dirigentes políticos –excepción hecha del socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz, el único líder que condenó públicamente el golpe–.

Circunstancialmente, algunos jerarcas del Movimiento Nacionalista Revolucionario, habían convencido al “Sindicato de Coroneles”, una facción pequeña de militares corrompidos, para que se lanzaran al asalto del poder aprovechando la debilidad del gobierno provisional.

Wálter Guevara Arze, desde su juventud había considerado al marxismo sólo como un método de interpretación de la realidad, sin aceptar la ideología comunista. Hombre de Estado e ideólogo dotado de una vigorosa personalidad nacionalista, demócrata con un sentido profundo de justicia social, muy pronto fue considerado como el enemigo principal por los marxistas enquistados en el MNR, quienes reputaban a la Revolución Nacional como una etapa de transición al socialismo.

El “incómodo” Guevara Arce

El gobierno de Guevara Arze tenía confundidos e incómodos a sectores influyentes de nuestra sociedad. Un hombre de Derecho, que ceñía sus actos a la ley, tratando de garantizar la vigencia del régimen democrático, exigiendo a todos el cumplimiento de las normas en un país tradicionalmente regido por la voluntad y los caprichos de los detentores del poder, era alguien que no inspiraba demasiada confianza en el pueblo, pero sí un gran temor en grupos narcotraficantes que gozaban de privilegios especiales –producto de 18 años de dictaduras militares– y estaban prestos a hacerse del poder.

Alberto Natusch Busch era un militar institucionalista, medianamente culto y de inocultable simpatía por la constitución de un gobierno autoritario de filiación marxista. De ideas contradictorias, sentía admiración por Fidel Castro y mantenía amistad cercana con los narcotraficantes Chamaco Chávez y Roberto Suárez Gómez, que ya empezaban a despuntar en el negocio de la droga.

(De izquierda a derecha) Natusch Busch, Edil Sandoval y Guillermo Bedregal.

Los emenerristas Guillermo Bedregal Gutiérrez, Edil Sandoval Morón y José Fellman Velarde fueron los artífices civiles del golpe militar, con razonamientos equívocos: sostenían que el país podía seguir viviendo de los “coca dólares” y del contrabando y, el Gobierno, de las ya mermadas divisas que generaban la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) y Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB); además que era factible un mayor endeudamiento externo, recurriendo a créditos árabes y de la China Popular, si lograban una imagen internacional antinorteamericana.

El golpe de Estado provocó más de 200 muertos.

El repudio y los muertos

El “Sindicato de Coroneles” y los ministros civiles, perdieron los estribos cuando la ciudadanía hizo público su repudio al cuartelazo: del Estado de Sitio pasaron a la Ley Marcial encubierta y criminal. Decenas de personas murieron cuando los carros de asalto, tanques y helicópteros artillados de la Fuerza Aérea trataron de disolver las manifestaciones.

Para enmascarar la represión militar algunos dirigentes comunistas, conjurados con los golpistas, difundieron la mentira de  que un helicóptero de una empresa privada “dos enloquecidos homicidas” fueron los responsables de los ametrallamientos desde el aire. Pero estaba perfectamente demostrada la falacia e identificado el autor de la masacre: el mayor de Fuerza Aérea Roberto Palenque, socio de Roberto Suárez Gómez.

 

Parte de la dirigencia de la Central Obrera Boliviana (COB), encabezada por el legendario líder Juan Lechín Oquendo, jugó un doble papel en estos sucesos. Su consabida prédica de considerar como uno de sus principales objetivos la destrucción de las Fuerzas Armadas, estaba en contradicción con su empeño de acercarse a Natusch, pactar con él e influir en el nuevo gobierno militar.

La perspectiva de que su declarado enemigo, Wálter Guevara Arze, llegara a consolidar su gobierno y, como él mismo lo insinuara, prolongar su interinato, obligó a Lechín y a sus partidarios a adoptar insólitas acrobacias políticas.

El papel de  Lechín Oquendo

Mientras los dirigentes cobistas, fieles a sus principios trotskistas, celebraban nerviosas reuniones en la sede de la Federación de Mineros de El Prado con sus pares ideológicos de los partidos que conformarían el Comité de Defensa de la Democracia, en palacio, Lechín Oquendo se reunía subrepticiamente con Natusch Busch, proponiéndole un cogobierno paritario que, para justificar la asonada, adoptase medidas revolucionarias como la renacionalización del petróleo y otras de carácter populista, consiguiendo de parte del jefe golpista un cierto asentimiento.

Sin embargo, al transmitir ese acuerdo preliminar a sus bases la propuesta fue rechazada, puesto que la COB se plantaba en la huelga general como única forma de enfrentar la toma del poder por los militares.

Estas informaciones, que por primera vez revelan las correrías de Lechín Oquendo y sus contactos con Natusch Busch en palacio a horas del golpe, fueron guardadas en reserva por los mecanismos de Inteligencia de la Policía Nacional. Nuestras fuentes: estrechos colaboradores de don Juan, quienes con el tiempo devinieron críticos de su sinuoso andar en la política criolla.

El pueblo se levantó para sacar a Natusch Busch

Natusch Busch, derrotado por el repudio popular y por su propia incapacidad gobernante, tuvo que replegarse a sus cuarteles, protegido por tropas especiales y tanques blindados, acompañado de unos cuantos colaboradores, entre ellos, el general Luis García Meza.

Un tanque en las calles del centro de la ciudad después del Golpe

El veto de los  militares a Guevara Arze, determinó el ascenso a la Primera Magistratura, de la señora Lidia Gueiler Tejada, Presidenta de la Cámara Baja.

En su libro Narcotráfico en Bolivia, de próximo lanzamiento en La Paz, el coronel Germán Linares Iturralde, ex jefe de Inteligencia Policial (1980-1995), ofrece un testimonio revelador sobre el golpe de Estado del coronel Alberto Natusch Busch.

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